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Castillos del Loira, el valle de los reyes
(segunda parte)

Reportaje de Joan Biosca y Mercè Criado

• Villandry

En el Valle del Loira hay un castillo que inspira dualidad de pasiones. Sus incuestionables cualidades arquitectónicas, inspiradas en un diseño de fortaleza militar -a pesar de que jamás fue utilizado como plaza fuerte-, contrastan desconcertantemente con el delicado estilo renacentista en el que fue construido en 1530. Como tantos châteaux de la región, Villandry no podía ser menos y también esconde en su pasado unos cimientos que, tal vez, le confieren un poco ese carácter militar que pretendieron legarle sus constructores.

Asentado sobre las ruinas de una fortaleza del siglo XII, su historia tuvo sus momentos de gloria, y un lento declive hasta que fue salvado de la picota, en última instancia, por el científico español Joaquín Carvallo, que lo compró en 1908. El Doctor Carvallo se apasionó de tal forma por la labor de reconstrucción que se impuso, que acabó por abandonar una brillante carrera científica para dedicarse, en cuerpo y alma, a la reconstrucción de Villandry, en especial de sus jardines gracias al meticuloso estudio de los planos originales del siglo XVI.

Las altas murallas, los profundos fosos de agua y los puentes levadizos que pretenden defender el palacio de invisibles atacantes, se contradicen con la fascinante belleza de los jardines que lo enmarcan. Coliflores, lechugas, coles y un sin fin de verduras de temporada se alternan en los cuidados parterres con setos de rosales y delicadas plantas ornamentales. Jardineros y horticultores se codean sin disimulo para componer uno de los jardines más apasionantes del mundo. Los diferentes rectángulos en que se recrean otras tantas formas de amor, el tierno, el apasionado, el infiel, el trágico… En un juego de poesía botánica que tiene su contrapunto en el jardín de agua, donde ésta es la verdadera protagonista. Es curioso que un jardín acabe por tomar el protagonismo de un castillo, máxime si se tiene en cuenta que el castillo es de por sí uno de los más bellos de Francia.


Chenonceau

El château de Chenonceau tiene el alma femenina. Debe a las mujeres su existencia y también su supervivencia. Conocido como «el castillo de las Damas» en honor a las que -a lo largo de la historia- le han legado la personalidad, el hechizo y el inconfundible aire femenino de su temperamento. Su historia es tan romántica como su aspecto y el entorno en el que se asienta.

Fue construido en 1513 sobre las piedras de un viejo molino que se levantaba a la orilla del río Cher, escondido en la penumbra de un bosque. Catherine Briçonet, esposa del chambelán real, supervisó su construcción. El rey Enrique II regaló el castillo a su amante, Diane de Poiters, que creó un jardín ornamental y construyó el puente sobre el Cher con la intención de edificar sobre él una galería que debía ampliar el castillo. La muerte de Enrique II frustró este proyecto, dejando a la viuda del rey, Catalina de Médicis, vía libre para la venganza contra su rival. Catalina reclamó el castillo, obligó a Diane a intercambiar Chenonceau por Chaumont y edificó sobre el puente la airosa galería que remataba la construcción y, como no podía ser de otra manera, también diseñó un jardín que competía con el que hizo plantar su “defenestrada” antagonista en el lecho real. Mucho después, la inteligente Madame Louise Dupin -por la que perdió la cabeza Jean-Jacques Rousseau-, convirtió Chenonceau en una brillante corte que fue frecuentada por la flor y nata de la intelectualidad de la época y acabó salvándolo de la brutalidad de los primeros tiempos de la Revolución francesa. En pocos castillos debe haber más susurros de pasión y desamor que los que atesoran los tapices que abrigan los muros de Chenonceau.

El château de Chenonceau destaca por su increíble emplazamiento, la airosa gracia de su arquitectura, sus jardines a la francesa, el boscoso parque que lo rodea y la pasional historia que lo embruja, pero también rinde culto al arte en la riqueza de las colecciones que llenan sus salones: Mobiliario renacentista y un importante conjunto de tapices de los siglos XVI y XVII, así como una soberbia colección de cuadros entre los que destacan obras de Primatice, Correggio, Rubens, Tintoretto, Rigaud, Nattier y Van Loo.

Ni siquiera las hordas de turistas que asaltan el castillo cada día consiguen restarle un ápice de encanto a Chenonceau, del que es fácil enamorarse y, paseando por sus salones y jardines, omitir la presencia de aquellos que se extasían en la contemplación de un aparatoso marco que abraza un Tintoretto o se emboban con la cocina que se instaló durante la Gran Guerra del 1914, cuando la galería construida sobre el río por Catalina de Medicis fue convertida en hospital, por obra y gracia, como no, de las mujeres que militando en la cruz roja internacional encontraron, en aquellos tiempos de barbarie, una utilidad humanitaria a aquellas luminosas y pasionales paredes.


Clos Lucé

El château de Clos Lucé no tiene en absoluto aspecto de castillo, aunque sea este uno de los lugares más solemnemente visitados del Valle del Loira. Su arquitectura, después de haber visto Chenonceau o Amboise, no tiene nada de espectacular. Es, comparado con estos, una formidable casa de campo, la residencia de un terrateniente o de un noble venido a menos. Clos Lucé debe su fama a uno de sus inquilinos, el hombre que asombró y alumbró el Renacimiento italiano y que todavía hoy continúa levantando pasiones y alimentando mitos. Leonardo da Vinci.

Leonardo apenas pasó tres años entre los muros de esta casona, ampulosamente denominada castillo, pero a juzgar por el silencio reverencial con que sus salones son visitados por miríadas de “peregrinos”, casi puede afirmarse que el espíritu del genio sigue paseándose por los pasillos y ejecutando juegos matemáticos en los amplios jardines que esconden una colección de artefactos diseñados por el creador florentino. Su etérea presencia es casi palpable. El sótano contiene una gran colección de maquetas realizadas a partir de los diseños que dibujara Leonardo y desde las paredes, un número apabullante de citas del maestro, acompañan a los atribulados visitantes, que apenas se atreven a parpadear ante la omnipresencia de uno de los mayores genios de la historia y una de las personalidades más misteriosas que hayan existido. Murió el 2 de mayo de 1519, y casi 500 años más tarde la humanidad sigue sorprendiéndose por la genial identidad del autor de la Gioconda.

Castillos del Loira, el valle de los reyes (primera parte)
Castillos del Loira, el valle de los reyes (última parte)

Próxima y última entrega:
• Amboise
• Blois
• Chambord
• Cheverny


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