inicio
sumario
viajes
galeria
miradas
flash-news
info práctica
diarios de viaje
links

Sevilla, alma de azahar
Reportaje de Joan Biosca y Mercè Criado

Las rimas y cantilenas populares de paternidad incierta suelen ser estupideces de las que casi nadie entiende el sentido. Ahí va una de las más idiotas que puedan pronunciarse, escribirse o memorizarse: La lluvia en Sevilla es una maravilla. La lluvia, tal vez sea una maravilla en algún lugar del globo terráqueo y en algún momento determinado; recuerdo una tormenta en la costa irlandesa que me caló hasta los huesos dejándome clavado a la intemperie, embobado durante largos minutos frente a un acantilado del que, a duras penas, se sujetaban las ruinas de un castillo. Pero en Sevilla, la lluvia es una calamidad que echa al traste cualquier posibilidad de disfrutar como se debe de esta romántica y a un tiempo vital ciudad. Sevilla es un lugar para pasearse en primavera, a cualquier hora, o en verano cuando el sol cansado de achicharrar a cuantos osan salir a la calle durante el día, se va a dormir y permite disfrutar de sus calles tranquilas y de los cientos de terrazas que salpican toda su geografía. Sevilla es para disfrutarla desde la mesa de una taberna en la calle, con la oreja puesta en las bulliciosas conversaciones ajenas:

"Nene..., -le grita al camarero un habitual de la casa para que todo el mundo escuche su chanza- ...aparte de lo que les echas a los guiris, ¿que tienes pa los clientes escondío en la cocina?"

Sevilla pide a gritos que sus visitantes dejen pasar el tiempo frente a una cerveza fría y un par de buenas tapas mientras estudian un mapa turístico -con la calma que sólo puede obtenerse en estas condiciones- y deciden cerca de qué monumento histórico o atracción turística harán un nuevo alto en el camino y seguirán glorificando el pecado de la gula.  
 


Taberna El Faro, en el Puente de Triana


Patio de los Reales Alcázares

Esta es una ciudad que tiene las puntos de interés tan cerca los unos de los otros que permite pasearla sin necesidad de transporte público. La Catedral, con la más famosa de las atracciones turísticas surgiéndole del interior, esa Giralda –medio alminar, medio campanario- por la que todo el mundo levanta la vista al cielo y bizquea intentando imaginársela vestida de minarete islámico; Los Reales Alcázares, con su confusa y ecléctica mezcla de estilos arquitectónicos, y con tanta historia impregnando sus viejas piedras que acaba confundiendo el más elemental sentido de la cronología; La plaza de toros de La Maestranza, donde afirman que los verdaderos entendidos en la tauromaquia hacen el milagro -durante las corridas de toros- de omitir de sus sentidos la bullanguería de cientos de turistas que lo ignoran todo sobre el tema. Sea uno defensor y aficionado a los toros, o detractor y partidario de la abolición de la, para mí, mal llamada Fiesta Nacional, La Maestranza debe ser visitada aunque sólo sea por un estricto sentido de la estética. Ese histórico coso que en sus calles interiores se levanta incrustado entre los edificios que la rodean, y casi sostienen, y que en su lado más vistoso, el que se asoma al Guadalquivir, exhibe su cara más espléndida, es de una sencillez apabullante. La Maestranza es, arquitectónicamente hablando, casi aérea. No quise durante mi visita imaginarla en pleno funcionamiento, con un toro ensangrentado en las arenas amarillas y unos miles de gargantas exclamando olés. No fue un ejercicio fácil, tal vez por eso salí de la plaza satisfecho y puede que fuese ella la que me confundiese el sentido del equilibrio y me llevase, ya en la calle, a encaminar mis pasos hacia una taberna en la que me zampé una maravillosa ración de rabo de toro ante la que sí exclamé: ¡Olé! Apacigüé la dualidad de pasiones convenciéndome de que, al estar fuera de temporada taurina, el bisho habría sido ejecutado en la intimidad y asepsia del matadero municipal. Engullí la segunda cerveza y, ya con el espíritu y los pies más reposados, crucé el Guadalquivir por el Puente de Triana con la intención de perder definitivamente el sentido del orden en las calles de este popular barrio que, a pesar de la cercanía del bullicioso y turístico barrio de Santa Cruz, ha mantenido una personalidad propia, tanto que no se parece casi en nada a esa Sevilla tomada al asalto por las tropas de turistas que la pasean y la retratan hasta la extenuación.


Calesa frente a la Maestranza

La Catedral y la Giralda

Reales Alcázares
Torre del Oro

Reales Alcázares


Plaza de toros de la Maestranza

El Guadalquivir, al que aquí a nadie se le ocurre llamarlo simplemente río pues nombre propio tiene esta avenida acuática, parte Sevilla en dos mitades. Desde el Puente de Triana se siente uno flotando entre aguas dispares. De un lado el barrio de Santa Cruz cuajado de monumentos históricos y docenas de turistas por metro cuadrado, del otro el más íntimo y gitano de los barrios sevillanos y, a lo largo de todo el puente, centenares de candados colgando de las barandillas de hierro dan fe del amor que muchas parejas han encadenado sobre las mansas aguas en un ritual que acaba con la llave del candado sumergida en el Guadalquivir.


Guadalquivir bajo el puente de Isabel II

Promesas de amor en la barandilla del puente de Isabel II

El paso del tiempo parece haberse detenido en Triana. Aún es posible pasear sin necesidad de escapar de las miríadas de turistas que trotan tras de un guía que grita, intentando hacerse oír por encima de la voz de otro guía que, tal vez, explica lo mismo pero en otro idioma. Triana tiene el aire de un pueblecito que ama la discreción, un pueblecito que ha crecido en la vecindad de una ciudad que adora la voluptuosidad y, en cierto modo, la grandilocuencia. A estos dos mundos los separan, además de las aguas turbias del Guadalquivir, la forma de vivir y sentir. Es a Triana a donde hay que ir si uno quiere olvidarse de la cacofonía de mil turistas mugiendo tras un guía, de las urgencias por llegar antes del cierre al siguiente monumento y del trajín del gentío que a toda prisa se encamina hacia sus quehaceres cotidianos. Aún hay, en este barrio popular, quien afirma irse a Sevilla cuando cruza el Puente de Triana o el más bullicioso de San Telmo, y se sumerge en los barrios que asoman tras la ribera del río. Triana son calles silenciosas con tiendas de barrio, talleres de cerámica centenarios, tabernas con parroquianos de toda la vida, iglesias cuya sencillez hiela la sangre, mosaicos de vírgenes piadosas y cristos sufrientes sobre fachadas de casas anónimas y, sobretodo, paisanos a los que no les importa compartir charla y tiempo y que se explayan explicando las peculiaridades de un barrio que aman.

"Tos los abanicos están hechos en Sevilla -me explica el dueño de una pequeña tienda especializada-, aquí no tenemos na made in China, de esos que venden en la Rambla de Barcelona los indios de los bazares, que ya me lo conozco yo todo aquello."


Abanicos en una tienda del barrio de Triana

Barrio de Triana, callejón de la Inquisición

Cafetería en el interior del mercado de Triana

Iglesia de Santa Ana, en Triana

Iglesia de Santa Ana
Detalles en bronce de una puerta sevillana

Según se llega a Triana desde Santa Cruz, cruzando el puente de hierro de Isabel II, hay cuatro lugares de parada obligatoria. El Castillo de San Jorge y, junto a él, compartiendo pared medianera, el Mercado de Triana; ambos hacen compañía a otra pequeña joya: La capilla de la Virgen del Carmen, conocida por los sevillanos como El Mechero debido a que su campanario octogonal recuerda la forma de un antiguo mechero de yesca. En la acera contraria, enfrentado a los anteriores, se encuentra una de las tabernas históricas más curiosas de Sevilla, el Faro. Es una delicia caminar entre los puestos de venta del mercado de Triana, acodado entre el Puente de Isabel II -o de Triana, que es como lo llaman oficiosamente los sevillanos- y el Castillo de San Jorge. Es un placer salir de él con la receta del cazón en adobo:

"Así es tal y como lo hacía mi abuela -según la vendedora de especias que me ha llenado la despensa de hierbas aromáticas para no menos de dos años."

El Faro ocupa un edificio baqueteado por el tiempo y asomado al Guadalquivir desde sus ventanales y las dos terrazas que lo coronan. El Faro es un lugar perfecto para reposar los huesos y alimentar el cuerpo después de una visita al Castillo de San Jorge, donde el alma nos habrá quedado herida y los sentidos emborronados.


Puente de Isabel II y campanario de “El Mechero”


Mercado de Triana

El mechero

Taberna “El Faro”

Castillo de San Jorge      

El Castillo de San Jorge tiene el dudoso honor de haber sido la primera sede oficial de la Santa Inquisición, ese órgano religioso, político y de extorsión que en 1478 se convirtió en el brazo ejecutor de los intereses políticos y económicos de la corona y la iglesia española. Miles de ciudadanos, acusados de brujería, paganismo, prácticas judaizantes, heterodoxia o de, simplemente, caerle mal a alguien, pasaron por las mazmorras y las salas de tortura de este edificio levantado a orillas del Guadalquivir, y del que hoy apenas quedan algunas piedras que en su silencio transpiran los llantos y la soledad de aquellos que se vieron obligados, por delitos tan extravagantes como incomprensibles, a terminar sus días entre sus muros. Sevilla ha reconvertido los restos del castillo de tan funesta memoria en uno de los lugares culturalmente más interesantes de la ciudad. El didáctico recorrido por la historia del castillo que propone el Centro Temático de la Tolerancia no deja indiferente al visitante, ni posiblemente le cuente nada que no supiese sobre la maldita Inquisición, aunque lo tuviese olvidado en el lugar de la memoria que cada cual tiene para almacenar los despropósitos que nos incomodan. Abruma pasear por las entrañas del castillo acompañado a ratos por el silencio, a ratos por los audiovisuales que muestran escenas de un pasado que para nada es remoto, y echan luz sobre una historia que debemos seguir conjugándola en presente.

Centro Temático de la Tolerancia, en el interior del Castillo de San Jorge

Salí del Castillo de San Jorge contento por haberlo visitado con calma, tomándome respiros cuando la información que me suministraban las instalaciones me abrumaba en exceso, y también desconcertado porque el tratamiento de esta información es, en mi opinión, suave con aquellos que en el pasado jugaron a ser dios en los funestos sótanos del castillo y que hoy sus descendientes, con los genes igual de atrofiados que los curas del siglo XV, continúan haciendo su labor de escoria de la humanidad escondidos tras el sutil velo de presumir de ser los portadores de la verdad y/o del mensaje de un dios que obsesivamente se emperra en permanecer en silencio. Confundido por lo que cuenta el centro de interpretación del Castillo de San Jorge y amilanado por lo que calla, me perdí en divagaciones y, sin ser demasiado consciente, acabé sentado en la terraza de una taberna que apenas se asomaba a la arteria principal de Triana, la calle de San Jacinto. Una cerveza y una ración de chipirones más tarde, conseguí salir de mi abstracción y romper con las ásperas sensaciones gracias a la bocanada de aire fresco que me llegó de la charla de la mesa de al lado donde tapeban cuatro trianeras:
"No hay nada más incómodo en la Feria -afirmaba con convicción una de ellas-, que ir apretá y marcando toas las mollas. A mi hermana el año pasao fue bajarse del caballo y raaaaaaaaaaas, el vestío reventao d’arriba abajo."


Restaurante La Raza, en la calle Entrecárceles

Santa Cruz tiene el trazado perfecto para perderse. Se le nota el aire de la antigua Isbila en los laberínticos callejones que la conforman y en los restos de las murallas árabes que, aunque ya no la protegen de invasiones, si nos siguen recordando que ésta fue una importante capital de Al-Andalus. Es en Santa Cruz donde radican la mayor parte de los monumentos de Sevilla y un sin número de tabernas en las que homenajearnos entre visita cultural y visita cultural, que no sólo de pan (o de cultura) vive el hombre. Sevilla, como todas las ciudades de cualquier rincón del mundo, ha de ser descubierta sin demasiados planes preconcebidos, sin visitas de carácter obligado ni horarios impuestos. Es perentorio vagar por sus calles, sin rumbo ni meta, y dejar que sea la porosidad de nuestra piel quien nos guíe los pasos.

Imposible trepar a la Torre de la Giralda, la lluvia que machaconamente cae desde primera hora de la mañana no ha amilanado al tropel de turistas que se remojan mientras pacientemente hacen cola para entrar... Imposible entrar en La Catedral, la cola cuadriplica la de la Giralda.  Decido que no tengo el cuerpo para emborronarse con el recargado barroco, ni el alma para visitar la sede de la Iglesia después de haber visitado las animaladas que la religión es capaz de hacer en nombre de dios. Sin duda el Castillo de San Jorge ha despertado sentimientos oxidados en mi espíritu. Necesito evadirme del bullicio, del orden establecido, del incienso y las sotanas. Escapo, perdiéndome por el entramado de callejones que se expanden por el barrio de Santa Cruz, y casi sin querer me meto en la laberíntica judería. Pequeña, recoleta, calmada, silenciosa. Vacía de turistas y monumentos, cuajada de maravillosas casas anónimas y pequeñas iglesias en las que también hay cola para disfrutar de los pasos expuestos junto a los altares. Pero son estas colas más festivas y familiares; los sevillanos aprovechan los días previos a la Semana Santa para hacer un peculiar vía crucis en el que los pasos los dan aquellos que, portando cámaras fotográficas en lugar de cirios, caminan de una iglesia a otra para disfrutar e inmortalizar esas obras de arte religioso que sólo se pueden admirar en la calle unas horas al año y, en la intimidad de las iglesias que las guardan, unos días antes de Semana Santa.

Algunos rezan ante las imágenes, los más, sencillamente las admiran o se fotografían para guardar el recuerdo en el disco duro de su ordenador además de en la memoria. Muchas horas y unas cuantas tapas después acabo de nuevo junto a La Catedral, esquivo una docena de ciclistas, sobrevivo al ataque de un par de trenes y me meto en Los Reales Alcázares a disfrutar de unas notas de historia confusamente mezclada por el capricho de unos cuantos reyes. Se me corta la respiración en el Salón de los Embajadores, me desaliento en el dormitorio en el que soñó Isabel II, me sale el espíritu republicano en el patio donde Alfonso XIII hizo construir una pista de tenis, felizmente eliminada; me confundo en los jardines que juegan al eclecticismo más kitsch en algunos rincones mientras mantienen el aire de atemporalidad en otros. Definitivamente, Los Reales Alcázares son una joya para admirar, como los toros, desde la barrera. De lo contrario se corre el riesgo de querer comprender demasiadas cosas a la vez y salir de ellos más necio y no una pizca menos tonto.

Reales Alcázares

Tiene Sevilla tres lugares que enervan los ánimos de la ciudadanía y que su sola mención desata la lengua a defensores y detractores: El inmenso espacio que acogió -a orillas del Guadalquivir-, la Expo Sevilla 92; la remodelación urbanística de la Avenida de la Constitución; y el Metropol Parasol. Los sevillanos son críticos y celosos guardianes de la identidad de su ciudad, y no les duelen prendas a la hora de mostrar su disgusto por la remodelación de la Avenida de la Constitución y la controvertida línea de tranvía de tan sólo dos kilómetros de recorrido –bautizado por las autoridades como el Metrocentro-, que corta por la mitad el popular paseo y que, con la ayuda del carril bici que corre paralelo a los raíles, ha hecho que pasear por la más popular de las avenidas sevillanas sea un deporte de riesgo para los peatones y un calvario para quienes quieren disfrutar de un café en sus numerosas terrazas deleitándose con la contundente visión de La Catedral.


Avenida de La Constitución

Metropol Parasol, Las Setas

Su nombre oficial es Metropol Parasol, aunque los sevillanos, siempre dispuestos a sacarle punta a todo con una media sonrisa socarrona a flor de labios, lo llaman Las Setas de la Encarnación o, simple y llanamente, Las Setas. Las Setas, cuando se vislumbra desde la estrecha, comercial y populosa calle Puente y Pellón, aturde y sorprende hasta el punto que dan ganas de cometer el error de salir corriendo en dirección contraria. A Las Setas hay que acercarse con prudencia y sin ánimo crítico para evitar cometer el error de calificarla precipitadamente. Puede que sea una de esas construcciones que se pueden amar o aborrecer a primera vista, como ocurre con las relaciones interpersonales, pero a poco que se le de una oportunidad y se la vaya reconociendo con la calma que requiere, se la acaba admirando. Su aspecto, al primer vistazo, es un choque frontal contra los sentidos. Uno asoma la cabeza a la Plaza de la Encarnación, con las retinas aún dilatadas intentando captar la luz que a duras penas penetra por algunos de los callejones cercanos, y casi se siente agredido por el sol que explota en la plaza achicharrando cuanto se pone a tiro; busca instintivamente la sombra que dibujan las vigas de madera de la construcción ,y más que una seta, descubre que se ha protegido del infame astro rey bajo una nube artificial que parece tan ligera desde abajo que da la impresión que cualquier ráfaga de viento se la llevará hacia el Atlántico. El insulso centro comercial y las cafeterías que han surgido en la base del Metropol Parasol no deben impedir alcanzar el ascensor que, previo pasar por la exhibición de los restos árabes que la cimentación de la construcción dejó al descubierto, nos elevará en un momento hasta los senderos aéreos que nos aguardan en la cumbre y desde los que se puede disfrutar de la mejor vista global de la ciudad.
El tercer espacio en discordia es, afortunadamente, la única “atracción” que queda un poco a trasmano. Las ruinas de la Expo-92, que veinte años después de su eclosión presentan un aspecto deprimente y abandonado y que, a día de hoy, apenas sirven para que los sevillanos tuerzan el gesto cuando se les pregunta acerca de los inmensos edificios vacíos y el deplorable abandono de toda la zona.

Metropol Parasol, pasarelas aéreas

En primavera y verano las noches sevillanas parecen haber sido diseñadas para disfrutar del intenso olor del azahar que inunda de tal forma las estrechas callejuelas y algunas recoletas plazuelas, que a ratos, los ojos lagrimean por la intensidad del aroma que desprenden los árboles que sombrean la ciudad. Pasear por Santa Cruz a la luz de las farolas, cuando los turistas han escapado a sus cuarteles y el silencio se enseñorea del barrio, te transporta a los tiempos en los que el rítmico sonido de los cascos de los caballos resonando contra los adoquines competían con el rasgar de una guitarra o el quejido de una voz improvisando unas estrofas de flamenco. Dicen los sevillanos que en Santa Cruz ya no quedan tablaos libres del servilismo al turista de tour operador, y que es imprescindible cruzar el Guadalquivir para disfrutar de la pureza del folklore.

Museo del Baile Flamenco

"Para flamenco del bueno tiene que ir a Tablao Anselma, en Triana -me recomienda el camarero de una taberna-. Allí no hay guiris y lo único que quiere la dueña es que los clientes tengan siempre la copita de vino llena."  

Perdido en el laberinto de las calles de Santa Cruz hay un pequeño tesoro que es imprescindible visitar. Se trata del Museo del Baile Flamenco, institución privada impulsada por la gran bailaora y coreógrafa Cristina Hoyos que, en el interior de un maravilloso edificio, se dedica a levantar acta y reivindicar la historia del flamenco. Pasear por sus salas, repletas de vestuario utilizado por las viejas glorias de este pasional arte, de fotografías en las que al fin podemos poner cara a esos gitanos casi anónimos en su fisonomía, o de exhibiciones de arte que centran su creaciones en la expresión plástica del flamenco, son la antesala del plato fuerte de este genial museo: una breve, demasiado breve, pero intensa actuación de un grupo flamenco que, con la ayuda introductiva de Kurt Grosch, director del museo, nos dejarán el cuerpo a tono para salir a pasear esa Sevilla armoniosa que guarda su alma en los callejones, ahora al fin solitarios, del barrio de Santa Cruz.


Guías utilizadas en este reportaje
Editorial: Anaya Touring
Guia_Seviilla_Anaya_1
Guia_Anaya_Sevilla2
Colección: Volver a...
Autor: Prior Venegas, María



cómo ir
dónde dormir


info@fronterasdepapel.com