logo_FronterasDePapel

inicio
sumario
viajes
galeria
miradas
flash-news
info práctica
diarios de viaje
links

Tailandia, Koh Samui
Reportaje de Joan Biosca

En el mapamundi que ocupa media pared de mi estudio es imposible localizar Koh Samui por más que se use una lupa para escudriñar la mancha azul del golfo de Tailandia. Las referencias están claras en cuanto a situación geográfica, apenas a una hora de vuelo al sur de Bangkok y en mitad de un mar que es sinónimo de aguas cálidas y transparentes, playas de arena blanca y cocoteros delimitando la línea del horizonte. Se hace necesaria la búsqueda de Koh Samui en una cartografía más detallada, entonces sí aparece la isla, como una manchita informe que hace despertar la imaginación de quien prepara un viaje desde el sofá del salón.

Koh Samui ha cambiado mucho desde que fue descubierta, a finales de los '80, por los primeros viajeros de mochila que encontraron en ella uno de los últimos reductos libres de turismo en el golfo de Tailandia. Entonces apenas unas pocas cabañas de palma y madera salpicaban las playas, no había ningún tipo de comodidad, las comunicaciones eran más que precarias y la paz y el abandono eran sinónimos asociados al nombre de la tercera isla más grande de Tailandia.

Muy cerca de Koh Samui, Koh Thao apenas alcanza la categoría de isla, puede decirse que es un islote que compendia todo aquello que sirve para lanzar al vuelo la imaginación hacia los estereotipos de las islas salvajes, esas que de niños nos servían para jugar a los Robinsones y a piratas sanguinarios. Hace muy poco tiempo que los pescadores locales comparten paisaje con los turistas, unas pocas cabañas sin apenas comodidades sirven de techo y residencia a los escasos turistas que se dejan caer por aquellas tierras en busca de silencio y naturaleza casi virgen, sin duda el precio de la ausencia de comodidades debe pagarse muy a gusto si lo que se obtiene a cambio es compartir el silencio con el rumor de las olas.

Las cosas, en Tailandia, evolucionan a una velocidad vertiginosa, como si nada tuviesen que ver con el carácter sosegado y calmoso de sus habitantes. A veces da la impresión de que los tailandeses no tienen tiempo de percibir un cambio en su entorno o en sus vidas cuando ya se ha producido otro. Al cabo de unos días uno no tiene más remedio que acabar por convenir que los tais, con la sabiduría ancestral que llevan incrustada en los genes, simplemente miran hacia otro lado cuando algo no les acaba de encajar en su filosofía vital. Puede que el budismo tenga mucho que ver en ello, o tal vez sea, simplemente, una cuestión de estrategia frente a la incomodidad de un ritmo de vida tan ajeno a su naturaleza como lo son la presencia de esos turistas que dejan pasar el tiempo acodados desde la mañana a la noche en la barra de una bar, como si la salvaje naturaleza y el extraño sonido de las lenguas locales no tuviesen nada que ver con el país que están visitando.

La caótica y bullanguera Chawen es el arquetipo de hacia donde, jamás, debería evolucionar el turismo. Pero ese tipo de destino, que parece embutido a la fuerza en un entorno que le es ajeno, parece reclamar la atención de un tipo de turista al que le da igual el país en el que se encuentre siempre y cuando tenga a mano restaurantes de cocina rápida de anagrama internacional y cerveza barata. No obstante merece una rápida visita, aunque sólo sea para percibir con claridad el contrapunto estridente que algunos occidentales exportan sin rubor y que, como no, los tailandeses, explotan sin pudor. Afortunadamente, a un par de kilómetros de su arteria principal, los búfalos se afanan en campos encharcados; los monos trepan a las copas de los cocoteros para recolectar los frutos a las órdenes de sus capataces; los pescadores desembarcan gambas, sepias o peces espada en playas brillantes de escamas y vacías de turistas y, al amanecer, los monjes peregrinan por los caminos intercambiando bendiciones por comida.


más info

logo_FronterasdePapel
info@fronterasdepapel.com | © www.FronterasdePapel.com