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Iguazú, esculturas de agua
Reportaje de Joan Biosca y Mercè Criado

No es fácil encontrar un rincón seco en Iguazú, y cuando lo encuentras suele estar lleno de gente con bidones de agua caliente, bombillas y sonidos de churrup-churrup. Viendo la esclavitud que los argentinos tienen hacia su vicio más público: la ingesta desaforada de litros de infusión de Ilex paraguariensis, comúnmente conocida como hierba mate; observando la alegre docilidad con que acarrean, colgados del hombro, los termos con agua caliente, bombillas y bolsas de la hierba de marras; mirándoles practicar el, para mí, incómodo ritual de chupar de la metálica cañita un sorbo de la acre infusión, para pasarla al siguiente bebedor; me alegré de ser afecto a la cerveza. En uno de esos —más o menos secos y apacibles— rincones intenté disfrutar de unas galletas bajo la atenta e insidiosa mirada de un pájaro que, vestido de negro y amarillo, (como los taxis de Buenos Aires) me miraba atentamente desde una rama. Imagen bucólica donde las haya. Al fin, me dije, un bicho que no acarrea una cámara, ni un termo de agua caliente, ni siquiera arrastra la prisa que condena a tantos turistas en Iguazú (o en cualquier otro lugar del planeta). Escuchaba, lejano, el tronar de unas cataratas de las que, por más que me esfuerzo, no consigo recordar su nombre; escuchaba el cotorreo de unos turistas españoles que, como suele ocurrir con demasiada frecuencia con nuestros compatriotas, ignoran el sabio proverbio: Si no puedes mejorar el silencio, mejor quédate callado. Y, sólo un segundo antes de que el pájaro abandonase su rama, y en una audaz maniobra me robase la galleta que iba a ponerme en la boca, decidí que la banda sonora perfecta para la electrizante excursión por Iguazú no estaba en mi MP3, ni siquiera en el atronador sonido del agua. Imposible abstraerse de los ¡ohs! y los ¡uhs! de la miríada de turistas que atestan senderos, plataformas y escaleras. Imposible omitir, ni aún bajo una catarata de caudal aterrador, el “Hazme una foto aquí”, ni el “Fíjate como me ha quedado esta” (foto, supongo). Desconecté el MP3, le di vacaciones a mi música enlatada y, tomando como estandarte la frase “Si no puedes vencerlos, únete a ellos”, paseé las cataratas de Iguazú durante tres maravillosos días, acompañado por la banda sonora que produce un enjambre de turistas desbordados por sus vivencias en uno de los lugares más bellos del planeta. De manera que, con la ropa húmeda, sin haber conseguido ver en el fondo de ningún barranco las antípodas de Argentina, con el estómago añorando la galleta que me había robado el pájaro negro y amarillo (como los taxis de Buenos Aires), seguí camino. Y eso en Iguazú es mucho. Porque con tanta agua cayendo de arriba abajo o rebotando espumosa de abajo arriba, uno acaba confundiendo los puntos cardinales y las escaleras que ha subido por las que ha bajado.

Una señora sonriente (y empapada) que, a pesar del agua que nos abrazaba, había conseguido milagrosamente mantener su tablet seca, como si la hubiera acabado de sacar de un viaje por el Yemen, caminaba sin dejar de observar el entorno a través de la pantalla. La buena mujer levantaba la pantalla de la tablet, con lo que me protegía de la espuma que proyectaban la catarata de turno, aunque también me impedía el disfrute del paisaje en directo, y riéndose como lo había hecho el pájaro que me robó la galleta, hacía una foto tras otra con aquel artefacto. Entonces dejé de obsesionarme con los termos de agua caliente del mate de los argentinos y me ensimismé pensando sobre en qué momento los nipones habían abandonado su obsesión por reducir el tamaño de cuanto existe en el mundo (incluidos ellos mismos) y les había dado por el camino contrario. Imaginé hordas de japoneses con tablets de 52 pulgadas bajando de su autobús, con sus sombreritos y sus sempiternas y arquetípicas sonrisas y lo práctico que sería viajar con ellos por las cataratas de Iguazú, sin necesidad de mojarse, siempre protegido por una muralla de tablets con aquellas pantallas de colores hiper brillantes. Debí quedarme demasiado tiempo meditando sobre las ventajas de viajar incrustado en un grupo de turistas japoneses, porque perdí de vista a la señora y ya no la recuperé hasta Brasil, desde donde dicen que se obtienen las mejores vistas de conjunto de las cataratas. Y estaba claro que sí, que desde el país de la samba y las garotas de Ipanema las vistas son más amplias y uno se hace mejor la idea del tamaño que tiene aquello; aunque a mí me gustó mucho más desde Argentina, son más reales, te mojas más y si te aburres de mirar el agua siempre te puedes encantar con los que llevan al hombro garrafas de agua caliente de tres o cuatro litros, o más. En cualquier caso, eso de ir a mirar un paisaje desde dos países diferentes tiene su gracia. Puedes lanzarte a la afición nacional española con absoluto descaro: criticar a cuanto bicho viviente te rodee. —Pues desde aquí se verán mejor, pero desde allí se escuchan de maravilla y además están los de los termos de mate. —Sí, pero aquí las hay más gordas. —Lo que tu quieras, pero también hace más calor y hay más mosquitos. —En Argentina como que se lo toman con más calma. — ¿Quienes? ¿los mosquitos o los argentinos? —Debe ser porque psicoanalizan cada gota de agua que se derrama barranco abajo. —¿Los mosquitos? —Pero aquí hay más tontos haciéndose fotos con las cataratas de fondo. —¡Ah!, los turistas —Eso. Pero fíjate que no hay tantos japoneses. —Mira, ¡la señora de la tablet! —Ay sí, que bien, voy a mirar las fotos que ha hecho, se ve mejor Iguazú desde una tablet. —Es verdad, donde vas a parar, ni punto de comparación. —Me parece que con tanta agua me he resfriado. —No exageres. —No exagero, ¡aaaaaaaachuuuuss!. —Ala, no tires las babas a las cataratas que eso debe contaminar. —Más debe contaminar toda esa hierba mate usada que tiran por los rincones los argentinos, o los bolivianos o los paraguayos. —¿Y los brasileños no beben hierba de esa? —No sé, creo que les va más la caipirinha. —Pues no sé si he cambiado bastantes cruceiros. —A mí me quedan un montón de pesos, pero igual en el bar de la entrada no los aceptan. —Esto es como Port Aventura, pero con más agua. —Ya podrían tener una moneda unificada, el crucipeso. —Mira qué mariposa, mira qué lagarto, mira qué catarata. —¿Otra? —¿Pero ésta no es la misma que he retratado hace un rato? —No sé. Tú hazle una foto por si acaso, no sea que nos falte una en el álbum. —Date prisa que nos van a cerrar en Brasil. — Joder, ¿has visto cómo le quedan las fotos a la japonesa de la tablet?

Realmente, pasarse tres o cuatro días por Iguazú merece, y mucho, la pena. Se pueden invertir dos días disfrutando del paisaje en el lado argentino y uno en el lado brasileño, y el día que sobra se puede pasar olímpicamente de las cataratas e invertirlo observando los turistas que pretenden, y no consiguen, visitar esas maravillas en un sólo día. Hay centenares que lo intentan y seguirlos es una de las cosas más divertidas que se pueden hacer en Iguazú. Van al galope, resbalando por las escaleras y los senderos húmedos. De vez en cuando, los que trotan hacia una catarata tropiezan con los que se desbocan hacia otra, entonces las conversaciones que se cruzan entre un grupo y otro son dantescas, desternillantes, apocalípticas. —¿Habéis visto la de Adán? —Ahora vamos. Y vosotros, ¿habéis visto la de Eva? —No lo sé, pero hemos hecho una foto muy chula a una que caía así. —¿Así, como? —Así, como de allá para allí, y se me ha mojado la cámara. —¿Luego vais a Brasil? Pero la respuesta se pierde en un recodo, abrumada por el estruendo de la cascada, no sé si la de Adán o la de Eva.

Claro que más temprano que tarde la conversación será retomada de camino, unos y otros, hacia otra catarata. Tal vez aún en Argentina, donde maldiciendo porque han visitando por tercera vez una catarata que ya habían fotografiado por la mañana y en cambio se han perdido una que la guía dice que es la más espectacular de todas, pero ya no hay tiempo que perder, se debe salir pitando hacia Brasil, antes de que el parque eche el cierre. Deberían abrir hasta la noche dicen unos. Sí, es cierto, pienso yo, y en la entrada tendrían que alquilar linternas.

Cuando se entra en el recinto de las cataratas por el lado argentino, lo primero que se siente es la aceitosa sensación de que uno se ha metido en un parque temático de difícil digestión. Bucólicas y agrestes cabañitas ofertan excursiones y actividades. Tienda de recuerdos. Tienda de helados. Tienda de bocadillos, a precio de estrella Michelin. Tienda en la que recoger las fotos que media docena de profesionales toman desde lo alto de la Garganta del Diablo —el punto más espectacular de Iguazú—, a los turistas que no pueden pasar sin una foto de grupo en la que todos los componentes estén, equitativamente, salpicados por la espuma salvaje de las aguas. Lavabos, cafeterías, restaurantes... Uno, que es de mosquear fácil, acaba muy pronto por preguntarse: —¿Seguro que el autobús llevaba a Iguazú? —Sí, seguro. Unos metros más adelante, si uno ha llegado temprano, o tras una kilométrica cola, si uno es bobo y ha llegado a las doce de medio día en plena solana, se encuentra una pequeña estación, en la que un divertido trenecito te acerca hasta las dos estaciones desde las que iniciar la experiencia de enfrentarse con las cataratas más espectaculares de América. A veces tan espectaculares que alguna zona del parque no puede ser visitada porque, por obra y gracia de un exceso de caudal, como fue mi caso, se ha llevado puentes y pasarelas de algún sector. Para aquellos que prefieren caminar, un sendero enfaja el recorrido del tren, pero visto que para disfrutar del paisaje y las docenas de cataratas tendremos que caminar mucho más de lo que es aconsejable, en mi opinión es innecesario añadirle a los pies más esfuerzos suplementarios.

A última hora del día, cuando el sol deja de fastidiar y se empieza a hacer el remolón, a todo el mundo le entra la urgencia por no perder el último tren. Es entonces cuando hay que relajarse, controlar el reloj para, efectivamente, no tener que bajar al trote hasta la salida en compañía de todos los mosquitos que a aquellas horas salen a cenar, y gozar de la indescriptible Garganta del Diablo enmarcada por espectaculares arcos iris. Es también el momento de sentir envidia de los vigilantes del parque, que permanecerán en aquel entorno cuando el último turista haya desaparecido y el tronar de las aguas sean el único idioma audible. Y justo ahora descubres que no hacía puñetera falta controlar el reloj para no perder el último tren, ya que ésta es una de las funciones de los vigilantes: arrear al despistado ganado turístico fuera de las fronteras de la paz y el sosiego. Para unos es el momento de cerrar los ojos e intentar rememorar la experiencia del día, para otros es la hora de descubrir que en algún lugar han extraviado un niño, o de contabilizar las cataratas que han fotografiado para, desesperados, darse cuenta de que les faltan dos en la colección. Es lo que tiene la hora del cierre, cuando el alma se serena, el estómago protesta por la falta de atención que le has procurado a lo largo del día, los ojos piden una tregua y la planta de los pies se acuerdan de tu santa madre.

El lado argentino, además de la cosa de las cataratas, ofrece timos la mar de prácticos si uno no sabe en qué malgastar su dinero. Uno de ellos es una excursión en un 4X4 por la jungla. Nada, cosa de una horita montado en un coche que cada vez que parece que se va a meter en la profundidad de la fronda, cambia de dirección y continúa por un camino ancho, casi asfaltado, cómodo y sin un sólo bicho a la vista. Los mosquitos, como te pican sin dejarse ver, no cuentan; y el catálogo de animalitos a todo color que lleva consigo el guía-conductor tampoco cuenta. Otra cosa que ofrecen es un paseo en una lancha neumática a remos. La única ventaja de este paseo es que, además de ser más barata que la del 4x4, y de que quien rema es el guía-remero, los mosquitos están tan gordos que si tienes la precaución de llevarte un tupper tienes la cena gratis y te ahorras, una vez en Ciudad Iguazú, caminar hasta los pocos restaurantes dignos de este calificativo que posee la ciudad. Luego hay una excursión que se puede hacer tanto desde Argentina como desde Brasil. Es una acción sólo apta para intrépidos y para aquellos que hayan tenido la precaución de llevar consigo unas cajas de antigripales. El tema consiste en montarse en una lancha neumática y salir zumbando hasta meterse en los rápidos, a medio metro de donde cae el agua atronadoramente desde lo más alto. Llega un momento en que la humedad es tan alta que es imposible respirar y uno ya no sabe si hay más agua dentro de la lancha que fuera. Realmente merece la pena el paseo, se hace corto. Lo malo es que el agua está inexplicablemente fría y entre eso, el remojón, la ropa empapada y el rato que tardas en secarte en cuanto, a toda prisa, te desembarcan en la orilla mientras simultáneamente meten, también a toda prisa, al siguiente grupo en la lancha, ya has pillado un resfriado de órdago que, sin duda, te acompañará los siguientes diez días. En Iguazú el resfriado es lo único que sale gratis.

A la salida del parque, por el lado argentino, sólo hay la parada de autobuses; sin embargo a la salida por el lado brasileño, además de la parada de autobuses, si uno se toma la molestia de caminar cosa de un kilómetro, tropieza con un aviario espectacular. Aclaro que al salir de la zona urbanizada por el parque lo primero que uno ve es, de frente, una autovía de cuatro carriles sin tráfico; a la derecha a una familia indígena, estratégicamente situada debajo del fuselaje de un helicóptero de reclamo publicitario desde cuya magra sombra manufacturan e intentan vender recuerdos a los turistas. Luego, un poco más a la derecha, justo enfrente del aviario, un señor muy simpático que vende bebidas frías, incluida agua de coco. No hay que preocuparse por este señor de aspecto bondadoso ya que, sea a la ida o a la vuelta, acabará haciendo negocio con cuanto turista se aventure a cruzar la autovía. La visita al aviario puede llevar tanto tiempo como uno quiera, depende de si además de ver los pajaritos el turista en cuestión quiere ver también las cataratas por el lado brasileño, comprar la artesanía a los abúlicos indígenas y dar un paseo en helicóptero por este lado de las cataratas.

Del lado brasileño no lo sé, porque instalé el campo base en el lado argentino y no puedo dar información de cómo es la ciudad o pueblo desde el que se va a las cataratas desde Brasil, pero desde Argentina la cosa se desarrolla desde un pueblo anodino, polvoriento y soso; atestado de turistas, restaurantes infames, tiendas de recuerdos, perros maltrechos y hoteles para todos los gustos y presupuestos. Tiene esa población un banco en un extremo, una excelente pastelería en medio y una oficina de información turística en el otro extremo. Usar el cajero automático es voluntario, lo mismo que la pastelería, aunque debería ser obligatorio; en cuanto a la Oficina de Turismo, si yo fuese el ministro de turismo de Argentina —cosa que, por alguna extraña razón que desconozco, no so—, calificaría el lugar de interés nacional, pues compendia en unos metros cuadrados el mejor ejemplo de que los argentinos son unos impenitentes bebedores de mate. Si no que se lo pregunten a las cuatro, ¿o eran cinco? funcionarias que entre churrup y churrup de la pipa intentan, mecánica y poco convincentemente, hablarte de la ausencia absoluta de atractivos turísticos de la ciudad. Es lógico, teniendo la maravilla que la naturaleza les puso a unos pocos kilómetros. Las autoridades del pueblo deben pensar que nadie caerá en la cuenta de que las calles están llenas de agujeros por los que, si te caes, acabas saliendo en las antípodas. Además de agujeros, Ciudad Iguazú cuenta con un restaurante excelente: “El quincho del tío querido”, si a uno le gusta la buena carne amenizada con música en vivo, y unas docenas de restaurantes (profusión de pizzerías) en los que casi es un milagro salir de ellos con vida. También tiene un maravilloso, limpio y puntual servicio de autobuses que enlazan la ciudad con las cataratas y con Brasil y, adosada al edificio de la terminal de autobuses, una lavandería que funciona con precisión y eficacia alemana. ¿Qué más se le puede pedir a una ciudad que sólo sirve de almohada en la que recogerse después de haberse pasado el día de éxtasis en éxtasis? Sí, ya sé: menos cráteres en las aceras, mejor oferta gastronómica, menos lagunas en la calzada después de la lluvia, más farolas alumbrándote el camino al hotel, menos perros abandonados, un par más de cajeros automáticos y que la pastelería no cierre nunca sus puertas.


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