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Bretaña, entre la realidad y los mitos
Reportaje Joan Biosca

Bretaña puede recorrerse geográficamente de la mano de un buen mapa de carreteras, puede ser viajada con un libro de historia como guía, con un tratado de mitología artúrica, o incluso, con una colección de libros de dibujos infantiles. El resultado siempre será el mismo. La región nos sorprenderá a cada instante, en cada recodo y con cada paisaje. Podemos saltar de las elocuentes piedras milenarias de Carnac a las suaves arenas de las playas que salpican el litoral cercano. De los bosques umbríos y silenciosos de Broceliande a los acantilados del norte, donde el mar se estrella contra las colosales rocas de la Costa del Granito Rosa. Podemos perdernos en la memoria de los tiempos en pueblos medievales y dejar vagar los pensamientos en los ondulados prados que salpican toda la geografía bretona. Bretaña es la patria de la leyenda del rey Arturo y el mago Merlín y también el lugar en el que viven Asterix y Obelix. En esta región, los mitos, la fantasía y la realidad se dan la mano con tanta naturalidad que, a veces, uno no sabe muy bien donde empieza una y termina la otra. En estos casos lo más aconsejable es dejarse llevar por el entorno y la magia que fluye de él. Bretaña es un país que te permite saltar de la realidad a la ficción sin esfuerzo, un lugar que es a la vez presente y pasado.

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Carnac es uno de los silencios más elocuentes de la prehistoria europea. La clase científica elucubra explicaciones sobre qué son y representan los más de dos mil menhires y dólmenes que -alineados en perfecta formación en medio de los prados de la comuna de Carnac- conforman los alineamientos de Ménec, Kermario, Kercado y Kerlescan. Teorías hay más de una. Es lo que suele suceder cuando se tropieza con el abrumador silencio de las piedras y el largo paso de los siglos. Hay quien recorre los alineamientos agarrado a un libro de arqueología, como necesitando que la ciencia le sitúe, le ponga norte y coto a la perentoria necesidad de permitir que las ideas fluyan libremente en mitad de un espacio que no necesita anotaciones al margen. La verdad es que no se necesita libro alguno que nos hable de conjeturas académicas ni de cálculos del peso de las rocas que allí se levantan inescrutables. Los arqueólogos apuntan diferentes teorías para intentar echar algo de luz al inaudito fenómeno creado por la mano de unos individuos de los que nada, o bien poco, sabemos. Por toda Bretaña encontramos esta clase de vestigios pétreos, reposando en la amplitud del llano de Carnac, muy cerca de la costa, o escondidos en el interior de un tupido y silencioso bosque. Tropezamos con túmulos junto a una carretera de segundo orden, despistados dólmenes a la entrada de una granja o menhires solitarios en mitad de un prado sembrado de lavanda o colza. Dicen que son obra de las gentes del Neolítico y que los utilizaban para marcar lugares sagrados, o enterramientos de ilustres conciudadanos, o como calendarios, o como “agenda” que recordase algunas efemérides… Teorías, ya hemos dicho, hay más de una, y cuando la ciencia no se pone de acuerdo, nada mejor que dejar que la imaginación nos acompañe en la descubierta del pasado o, porqué no, nuestros viejos compañeros de ocio infantil: Asterix y Obelix, esta versión francesa y cómica de don Quijote y Sancho Panza que viven en la fronda de cualquier bosque bretón comiendo inmensos jabalíes y acarreando menhires de un lado para otro.

En esta región francesa uno puede saltar de épocas sin el menor rubor y marcharse del paleolítico al medioevo sin apenas apercibirse del paso de los siglos. Un par de horas de carretera separan cinco mil años de historia. Y, entre un extremo y otro, se puede cabalgar por el espacio atemporal del mito Artúrico.

En el frondoso y salvaje bosque de Broceliande se han ubicado, por causas nada claras, los avatares de los personajes a los que, incluso genios de la psicología como Jung, dedicaron mucho tiempo a estudiar las fuentes arquetípicas de unos héroes creados por y para el mito. Arturo, Lancerote, Merlín, Ginebra, Morgana…, siguen morando en estos bosques, en la Fuente de la Eterna Juventud y en el Valle Sin Retorno, en los senderos que cierran las tupidas ramas de los árboles y en los helechos que crecen junto a los arroyos de este bosque milenario. Aunque haya quien ha acabado por confundir los mitos y sus enseñanzas con la absurda realidad, cuando se camina bajo la lluvia hasta el montón de piedras bajo las que afirman que reposan los restos de Merlín, uno no puede por menos que entristecerse al imaginar la confusión de aquellos que peregrinan hasta este lugar para depositar flores sobre la tumba de un mito. Los arquetipos son inmortales porque nadie sabe a ciencia cierta de donde surgen, aunque sí intuyamos su finalidad o Jung casi la desvelase.

Pasear por los bosques bretones de la mano de personajes tan densos hace que, cuando tropezamos con dólmenes prehistóricos, vestigios celtas, o ciudades medievales, se los sienta como una vaharada de presente, un soplo de realidad tranquilizadora. Es lo que tienen los mitos cuando uno ha dejado atrás la época de jugar a buenos y malos, que te acabas confundiendo y de ello sólo puede salvarte la certeza de la propia ignorancia histórica. Tal vez por esa confusión de realidades es muy agradecido topar con pueblos surgidos “sólo” mil años atrás, como Rochefort-en-Terre, para mí, sin ninguna duda, uno de los pueblos más bonitos de Francia. Pasearlo por la noche, cuando la amarillenta luz de las farolas rompe las sombras y el silencio se hace amo y señor del entorno, es como recibir un baño de romántica realidad. Uno puede respirar tranquilo y olvidarse de los mitos o de las razones que tuvieron nuestros antepasados para levantar centenares de colosales piedras.

Si el interior bretón es un continuo encuentro con la historia y las leyendas, la costa de esta región atlántica es un perpetuo coqueteo con los paisajes. La costa bretona se estira más de trescientos kilómetros en los que el paisaje varía continuamente. Desde los acantilados y el fragor del viento en Finisterre o la Costa de Armor, a la suavidad de líneas de las largas playas de la Bahía de Saint Briac, donde -durante la marea baja- se puede pasear por la playa acompañando cada uno de nuestros pasos por el crujido de las conchas marinas depositadas sobre la arena. De todos los litorales posibles que ofrece Bretaña hay uno que hipnotiza a cuantos se acercan a él. La Costa de Granito Rosa no deja a nadie indiferente. La visión de las colosales rocas rojizas es única cuando la luz del atardecer las hace brillar en una gama inaudita de tonos rojos, rosas, amarillos, anaranjados… Tanto es así que después de pasearla con calma, uno no puede por menos que tener la tentación de determinar que el rosa no es el color predominante. Pero, uno de los hechizos de este litoral consiste en que los colores nunca son los mismos. Cambian continuamente en función de la reverberación de la luz, hasta el punto que si pudiésemos invertir un par de semanas en explorar la zona, ningún color de la gama cromática valdría para denominarla.

Todo este litoral debe ser recorrido con la calma que el bucólico entorno obliga. Y por el camino ir descubriendo fortalezas como Fort de la Late, en el Cap Frehel, abrazada por los faros que puntean el litoral y colgada sobre el mar con el aspecto de estar esperando la inminente incursión de piratas o la invasión de los belicosos normandos, los vecinos del norte de Bretaña que, en tiempos, no le ponían ningún reparo a irrumpir a sangre y fuego en las poblaciones costeras bretonas. En el siglo XXI las invasiones no son cruentas, pero no son menos multitudinarias. Estas modernas incursiones vienen de la mano de los turistas, mayoritariamente franceses, que llegan a este litoral con el ánimo de disfrutar de la naturaleza y, como no, la buena mesa. Port Haliguen es el sinónimo de población tranquila que da la espalda a la invasión turística; Perros-Guirec pone el ejemplo de la ciudad que hay que visitar si uno anda a la búsqueda de variedad de restaurantes o de un puerto con el ambiente adecuado para recuperarse de una excursión demasiado intimista en los bosques del interior. A lo largo de su paseo marítimo se alternan bares y restaurantes para todos los gustos y presupuestos. No hay más que echar un vistazo a lo abigarrado de su puerto para deducir que se ha llegado al lugar adecuado para olvidar que nos encontramos en uno de los litorales más bucólicos de Francia. Marisquerías, creperías, sidrerías… En este puerto es imposible mantenerse a dieta de marcha o de calorías. La pequeña población de Ploumana'ch y su abrigado puerto natural son una base inmejorable para salir de exploración por la Costa de Granito Rosa y, por el camino, palidecer de envidia con las casonas que se esconden entre rocas y pinares, mimetizadas con el entorno y manteniendo siempre la mirada en el horizonte del Atlántico.

En Bretaña el clima es tan cambiante como el paisaje o cómo los intereses que pueden movernos a recorrer la región. En un solo día, con un poco de suerte, podemos disfrutar de las cuatro estaciones. Es más, incluso es posible que en un solo día, con un poco de suerte, podamos disfrutar de las cuatro estaciones más de una vez. Sol, lluvia, viento, tormentas, nieblas, más sol… En esta región de la Francia atlántica todo parece posible. Tal vez sólo baste desear con empeño aquello que nos apetece, pero… cuidado con los deseos, a veces se hacen realidad y podemos encontrarnos con la sorpresa con que toparon quienes siguieron a Morgana, para beber en la fuente de la eterna juventud: jamás encontraron la salida del Valle Sin Retorno.