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Bujara, la lenta arena del reloj
Uzbekistán: Cuenta la leyenda (3)

Texto y fotos: Eduard Balsebre

“Vive felizmente con las de ojos negros

que el mundo no es nada más que viento y fábula.

Alégrate de lo que has conseguido

y no recuerdes el pasado.

Para mí aquel rizado y perfumado cabello,

para mí aquella cara de luna que es de raza de ángeles.

Afortunado es el que utiliza y obsequia,

desafortunado el que no utiliza y no ofrenda.

Este mundo de anhelo es como el viento y la nube,

acerca el vino, ¡pase lo que pase!”


Este breve poema inundaba el dostarkhan (mesa elevada del suelo decorada con coloridas alfombras) donde yacíamos reposando. Mis anfitriones, un padre y sus dos hijos que acababan de llegar de trabajar del campo, me canturreaban estos versos de Rudaki (858-941) -el gran genio y fundador de la literatura persa, poeta oficial de la corte de Bujara que loaba con sus cantos a la naturaleza, a la nobleza y a los ideales del ser humano-, mientras degustábamos con profundo placer un abundante y sabroso plov, el plato nacional de Uzbekistán. La versión culinaria típica en las casas de Bujara es el Mayizli Plov compuesto de arroz, zanahorias amarillas, cebollas, pasas, comino, ajo, pimienta o azafrán y al que, ocasionalmente, se le puede añadir carne de cordero o de vaca.

Así es el atardecer en la milenaria Bujara: familias tayikas reunidas en el Labi-Hauz (traducido literalmente: “alrededor de la piscina o del estanque”), en largas conversaciones que se mezclan con olores y aromas, restaurantes y salones de té ( tchaï-khana) rodeando el estanque donde se bañan los niños saltando alegremente desde los árboles que dan sombra a toda la plaza. Un murmullo de vida recorre el centro de la ciudad y fluye hacia el interminable laberinto de calles estrechas y paredes blancas, de casas que relucen anaranjadas con los últimos rayos de luz del día, de bazares cubiertos rebosantes de mercancías (alfombras, sedas, lanas, objetos de cobre, joyas y orfebrería) o de majestuosas mezquitas y madrazas de cúpulas azules.

La exquisita hospitalidad de esta ciudad, que durante siglos ha sido hogar de judíos, zoroastrianos, musulmanes y sufíes, nos descubre un mundo de historias, relatos y leyendas. Con un suave gesto de la mano, Abduali, el padre, me muestra los edificios y monumentos que nos rodean: al norte del estanque se encuentra la madraza de Kukeldash (1569), que hace años fue la mayor escuela coránica de toda Asia Central; delante de nuestros ojos, al este, aparece la madraza de Nadir Divanbegi (1622) con las representaciones de dos majestuosas aves ataviadas con los colores blanco (símbolo de la paz), celeste (del cielo y del agua) y verde (de la naturaleza); y al oeste se alza la khanaka -centro espiritual sufí- de Nadir Divanbegi (1620).

madraza de Nadir Divanbegi

detalles de los mosaicos de la puerta principal de la madraza de Nadir Divanbegi


madraza de Nadir Divanbegi: vista general y detalles de sus mosaicos

A pocos metros aparece la curiosa estatua del Mulá Nasrudín, un personaje mítico de las enseñanzas sufíes, protagonista de breves historias de la tradición oral y la cultura popular de grandes territorios de Asia y Oriente Próximo. Sus relatos cómicos contienen alguna reflexión expresada en forma de parábola y a menudo cercana al humor absurdo:

“Cierta mañana, Nasrudín envolvió un huevo en un pañuelo, se fue al centro de la plaza de su ciudad y llamó a los que pasaban por allí:

- “¡Hoy tendremos un importante concurso!”, dijo. “Quien descubra lo que está envuelto en este pañuelo recibirá de regalo el huevo que está dentro”.

Las personas se miraron, intrigadas. Nasrudín insistió:

- “Lo que está en este pañuelo tiene un centro que es amarillo como una yema, rodeado de un líquido del color de la clara, que a su vez está contenido dentro de una cáscara que se rompe fácilmente. Es un símbolo de fertilidad y nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos. Entonces, ¿quién puede decirme lo que está escondido?”

Todos los habitantes pensaban que Nasrudín tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que nadie quiso pasar vergüenza delante de los otros. ¿Y si no fuese un huevo, sino algo muy importante, producto de la fértil imaginación mística de los sufís? Un centro amarillo podía significar algo relativo al sol, el líquido a su alrededor tal vez fuese algún preparado de alquimia. No, no, aquel loco estaba queriendo que alguien hiciera el ridículo.

Nasrudin preguntó dos veces más y nadie se arriesgó a decir algo impropio. Entonces, abrió el pañuelo y mostró a todos el huevo.

- “Todos vosotros sabíais la respuesta”, afirmó, “y nadie osó traducirla en palabras. Así es la vida de aquellos que no tienen el valor de arriesgarse: las soluciones nos son dadas generosamente, pero estas personas siempre buscan explicaciones más complicadas, y terminan no haciendo nada. Sólo una cosa convierte en imposible un sueño: el miedo a fracasar.”



Con la sonrisa en los labios seguimos conversando mientras disfrutamos del té caliente. Labi-Hauz suma a su encanto un elemento tradicional de la religión y cultura islámica, el uso de las aguas del estanque como un espejo donde se reflejan de día la belleza de los edificios, y de noche la infinidad de los cielos, de las estrellas y de los astros. El Corán habla del agua como una muestra del orden y la armonía espiritual, como una bendición que cae del cielo, como el origen de la vida y del ser de todas las cosas. El agua es, en fin, símbolo de la pureza y, en consecuencia, instrumento habitual de la purificación antes de la oración. No en vano dijo Ibn Arabi (1165-1240), el mítico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí:

“El agua es ella misma espíritu, puesto que da vida de sí [...]. El agua es el origen de la vida en todas las cosas. Debes saber que el amor es el secreto de la vida y fluye por el agua, que es el origen de los elementos y de los principios [...]. Nada hay en ella, nada, que no esté vivo [...]; el agua es el origen de todo.”


En pocas horas Bujara, conocida como “la perla del Islam” o “la ciudad sagrada de Asia Central” -gracias al pasado esplendor de sus 360 mezquitas y 80 madrazas donde la leyenda decía que, desde ellas, el sol brillaba hacia arriba-, me había ofrecido tradiciones, cultura, aromas y sabores milenarios. Me despedí de Abduali y sus hijos citándonos para el día siguiente a la misma hora y en el mismo lugar, y decidí que no sería mañana cuando visitaría el complejo de Poi Kalyan, con su impresionante minarete, la mezquita de Kalyan (1514) y la madraza de Mir-i-Arab (1539), el mausoleo de Ismail Samani (892-943), la ciudadela Arq, el Hammam de Bozori-Kord o los espectaculares bazares cubiertos de Taqi-Sarrafon (de especias y hierbas), Taqi-Telpak Furushon (de alfombras y telas) y Taqi-Zargaron (de joyas y orfebrería). Ahora sabía que Bujara era el alto en el camino donde, como en un antiguo reloj de arena, el tiempo avanzaba más lentamente, y así me dirigí, despreocupadamente, por las estrechas callejuelas, llevado por las últimas palabras de mis nuevos amigos:

“Cuenta la leyenda que el gran sabio, médico y filósofo Ibn Siná (Avicena), nacido en Bujara, quiso vencer la muerte y alcanzar la inmortalidad. Preparó para ello cuarenta productos diferentes que su discípulo debía administrarle, en un orden preciso, en el momento mismo del paso de la vida a la muerte. El discípulo comenzó a cumplir con ardor su tarea y advirtió asombrado que, a medida que inyectaba los medicamentos prescritos en el cuerpo inerte de su maestro, éste perdía su rigidez y rejuvenecía notoriamente, el rostro recobraba sus colores, la respiración recomenzaba. Faltaba por administrarle la última ampolla, cuando el discípulo, impaciente, no pudiendo dominar su alegría la dejó caer al suelo y el líquido misterioso se derramó en la arena…” 

Iluminado por las tenues luces de las farolas, me sorprendí mirando el brillo de la arena callada bajo mis pies...

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