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Venezuela

 

Parque Nacional de los Roques

Por Joan Biosca

La pequeña avioneta zigzagueó sobre el mar describiendo un arco en la vertical de un cayo solitario; el islote, anillado por una brillante playa de arena blanca y medio sumergido en unas aguas de colores casi imposibles, era un buen anticipo de lo que esperaba en aquellas lejanas costas. Atrás quedaba la bulliciosa Caracas, sus amplias avenidas y su perpetua congestión de tráfico. El Caribe había mutado el color y la personalidad, del gris apagado de la costa capitalina, con más aspecto de océano frío que de mar tópico, había pasado al azul intenso, salvaje y profundo. De pronto, tras 40 minutos de vuelo, bajo la sombra de las alas asomó un sarpullido de islas que parecían haberle brotado al Caribe de la nada. Manchas ocres y verdes moteaban un mar que parecía estar en pleno carnaval cambiando de color a cada instante, jugando a embadurnarse de turquesa o azul cobalto para pasar enseguida al blanco burbujeante de la espuma sobre las playas. El Parque Nacional de los Roques me recibía con traje de gala.

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El piloto dio un último giro a la izquierda y enfiló la minúscula pista de aterrizaje del Gran Roque. La pista nacía en la arena de la playa y moría, apenas un kilómetro después, en el borde de una laguna. Desde el aire, el aeropuerto tenía más aspecto de calle solitaria que de pista de aterrizaje. El término ciudad no define un lugar como el Gran Roque. Tan sólo cuatro calles y un par de plazas alfombradas con arena coralina e iluminadas por los estridentes tonos de las fachadas de sus casas. El Gran Roque es una población que se siente isla y alardea de ello, abierta a los cuatro vientos, volcada en la playa que lo circunda y suavemente abrazada por la montaña más alta del archipiélago, apenas una loma que en su discreta cumbre ostenta la mole decrépita de un viejo faro de piedra, una atalaya perfecta para disfrutar de la puesta del sol y de paso contemplar la totalidad de la isla de un solo vistazo.

EL Gran Roque tiene apenas 1.200 personas censadas, principalmente pescadores, funcionarios y profesionales del turismo;  un solo vehículo a motor -el de recogida de basuras- y un kilómetro de asfalto en toda la isla: el de la pista de aterrizaje.  Con estos breves datos uno se hace a la idea de lo que le espera en cuanto aterriza: naturaleza en estado puro. La vida en la única isla habitada del Parque Nacional de Los Roques transcurre sin grandes sobresaltos. Sus habitantes, convencidos de vivir en el paraíso, lo proclaman sin rubor y lo viven con calma, con el sosiego que da ese mar cálido de intenso turquesa y la brisa salada que disimula al implacable sol caribeño. 

El Gran Roque se despereza lentamente al amanecer, cuando los primeros taxistas se dirigen al embarcadero a la espera de clientela que trajinar de una isla a otra con sus lanchas, y los pescadores preparan sus sedales o pescan sebo en las aguas de muelle. La llegada del primer vuelo que enlaza Caracas rompe por unos segundos el silencio y actúa casi como un despertador que pone en marcha a la ciudadanía, las calles toman vida;  grupos de niños camino de la escuela, algunos turistas desayunando en los porches de las posadas o revisando su equipo de buceo y un lento goteo de gente que, con calma y una sonrisa en el rostro, deambula con decisión y sin rumbo fijo. Luego, todo queda de nuevo en silencio, cada cual se ha ido a sus asuntos y, teniendo en cuenta el entorno marino por el que están rodeados, eso quiere decir que la población se ha vaciado en el mar y se ha desparramado por las islas del archipiélago a la búsqueda de su paraíso particular. 

“Vivimos en el paraíso”, repiten hasta la saciedad los habitantes de estas islas. Tal vez ese eslogan -sin paternidad oficial- sea una realidad más tangible a medida que se exploran los confines del parque y se descubren los motivos que han convertido a Los Roques en la Meca de los submarinistas y en el Edén de los conservacionistas. Las prístinas aguas del ecosistema esconden la mayor diversidad de peces del mundo. Fondos con visibilidades de hasta 30 metros en los que se enseñorean las barracudas, meros o rayas; cuevas en las que anidan langostas, sábalos y caracoles porcelana y, por todas partes, alimentándose entre los bosques de coral, cardúmenes de peces loro, corocoros o peces ángel. Bajo el agua un catálogo de especies marinas y sobre la arena, tal vez un parasol, una cerveza fría y el continuo chapotear de los pelícanos en la orilla como telón de fondo.

Los Roques son un escenario natural que se enmarca a sí mismo. La cuestión, el día a día en el archipiélago, consiste en decidir en qué fondo teatral quiere cada cual regalarse la jornada. En cual de las 50 islas desea perderse para jugar a Robinson Crusoe; navegar dejándose llevar por el viento; explorar fondos marinos o, por qué no, zumbar laguna arriba y abajo sobre una tabla de surf para, al caer la noche, regresar al mágico refugio del Gran Roque y disfrutar de una buena cena y una copa arrullado por el mar.

 

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