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Fronteras de Papel revista de viajes |
Yemen, un viaje en el tiempo
Por Joan Biosca
Yemen, a vista de pájaro, aparece como un espejismo de tonos ocres y tiempos pasados, de cuando la vida giraba en torno al comercio de una sustancia de aroma embriagador, el incienso. Las caravanas que enriquecieron la región han desaparecido de estas tierras que fueron bautizadas por los romanos como Arabia Félix, pero el perfume de especias perdura como un recuerdo etéreo y el sueño oriental sigue habitando en sus ciudades amuralladas. El comercio hizo posible la creación de reinos de leyenda como el de Saba y hermosas ciudades como Shibam o Kaukaban. Sin embargo, ninguna refleja el espíritu de aquellos tiempos como la vieja, extraña e inquietante Sana’a, la capital del país.
Lo que el viajero hace al atravesar Bab-el-Yemen -la única puerta que aún conserva la vieja muralla que enfaja la ciudadela- es retroceder varios siglos en un solo paso y adentrarse en un particular sueño hacia mundos de fantasías orientales y cuentos olvidados. Yemen conjuga con un anacronismo poco usual su pasado con un futuro que se le ha echado encima. Un horizonte de antenas parabólicas coronan las viviendas construidas en adobe utilizando técnicas de hace mil años y difunden -vía satélite- todo aquello que los custodios del Corán pugnan por erradicar. La confusión está servida.
Los pasos me extravían por el zoco, y pienso que la Arabia Feliz es un territorio de hombres. Rostros curtidos rumiando inmensas bolas de Qat -un estimulante yerbajo acre al que los yemeníes se han aficionado hasta la adicción-. Por todas partes masculinas manos de hombres navegan ociosas por las cuentas del rosario, turbantes a la sombra de un café y semblantes sosegados exhalando volutas de humo desde una narguile. Mis manos se van solas de excursión descubriendo productos de sabor extraño o utilidad imposible de descifrar; los ojos se me pierden por tenderetes rebosantes; el olfato se extravía en un aire saturado de aromas extraños. Por fin, frente a un vaso de té, tomo consciencia de que me hallo en un país de digestión difícil por la magia de estar anclado en una época que hace mil años que dejó de existir. Al anochecer la sensación de atemporalidad se acentúa peligrosamente cuando Sana’a se desdibuja en un sueño de sombras que tiñe de luces tintineantes la ciudad antigua. Las cristaleras policromas de la medina filtran la trémula luz de faroles de gas o de velas, confiriendo al barrio el aspecto de un gigantesco calidoscopio. Casi puede oírse el susurro de aquella vieja cantinela de los cuentos infantiles… Érase una vez un lugar, hace mucho mucho tiempo... Esto es Yemen, un lugar de hace mucho tiempo. Un paisaje donde liberar la más infantil inventiva de cuentos sobre alfombras voladoras y lámparas habitadas por genios.
Así me lo irán revelando sus paisajes infinitos, los farallones coronados por viejas torres de defensa que parecen querer elevar antiguos gritos de guerra, sus pastores vagando en medio de la nada o sus poblaciones fantasmas, como Ambram, esa ciudadela polvorienta que da la impresión de que nunca fue una ciudad joven; o Thula, un decorado encaramado sobre un promontorio rocoso, emulando desfiladeros en sus calles y confundiéndose –con sus colores terrosos- en fraternal mimetismo con su entorno. Eso mismo pensaré en Shibam, por cuyo mercado de camellos hubieran podido aparecer los 40 ladrones y Alí Babá, sin que ello hubiese provocado la sorpresa de nadie.
De la Arabia Feliz, quedan someras pinceladas enturviadas por el perezoso latir de la vida fuera de los mercados. El rescatado “Purdah” en las mujeres y el estrépito de los Kalashnikov retumbando en las montañas, son esbozos de un cuadro de difícil comprensión y que no hará más que ayudarnos a confundirnos en ese particular viaje por el tiempo al sentir continuamente que se está penetrando en la santidad de un mundo perdido.