Brujas, aquelarre flamenco

Joan Biosca

Brujas no debe su nombre a las misteriosas mujeres que en la edad media surcaban el cielo montadas en escobas. Son los numerosos puentes, brugges en flamenco, que vuelan sobre los canales de esta ciudad quienes le han legado el nombre. Aunque, eso sí, nadie puede negarle a la romántica capital de Flandes Occidental la magia de las míticas hechiceras.

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Brujas tiene el encanto de las ciudades que duermen en los sueños y las fantasías y es al anochecer, cuando las miríadas de turistas se esconden en sus hoteles y los restaurantes echan el cierre, cuando esta pequeña ciudad renace con el arcano hechizo de las Brujas y los aquelarres. Las aguas de los canales se tornan negras, menos mansas y casi brumosas a poco que dejemos volar la imaginación y los cascos de los caballos, que han pasado el día trajinando turistas por todo el centro histórico, resuenan amplificados por el denso silencio de la noche flamenca.

La historia de Brujas reclama sueños de pasión. Nació por el rapto de una doncella, cuando en el siglo IX el conde Balduino I -que ostentaba el taxativo alias de “Brazo de Hierro”- se enamoró de Judit, hija del rey Carlos, que presumía de un alias poco adecuado para un rey “el Calvo”. Balduino, para evitar que el padre de la enamorada acabase con el ardor de la pareja de la forma que se hacían antes estas cosas: a sangre y fuego, construyó una fortificación en la que encerrar su amor a buen recaudo. Ahí, en esta empalizada, nació Brujas. Por eso al anochecer su aire es romántico y visceral, lo lleva en los genes.

De día cambia, pierde la magia, el encanto que le es propio por derecho histórico. A la luz del sol esta ciudad es divertida, como si la luz solar le alterase la personalidad o como si jugase a los enredos con sus visitantes. Turistas provenientes de los cuatro puntos cardinales que pasean en calesa, se sumergen en museos, patean calles recién barridas, se retratan frente a edificios históricos, navegan canales ruidosos, irrumpen en chocolaterías y tiendas de antigüedades o se meten entre pecho y espalda unas jarras de las merecidamente famosas cervezas belgas.

De día Brujas huele a turista y cachondeo, a cerveza y mejillones al vapor, a boda en el ayuntamiento y motor de lancha. Sin duda, esta ciudad juega al escondite con sus visitantes. Se pone la cara sonriente y desenfadada que los tiempos reclaman y se deja seducir por quienes la visitan por unas horas.

Es por la noche, retirados a sus cuarteles los turistas que la tomaron durante el día, cuando la verdadera alma de Brujas surge, revitalizada, como si se hubiese nutrido de la energía de sus visitantes. Es en el silencio y el vacío nocturno cuando la luna y las farolas se reflejan en los canales, que el alma de Brujas reaparece con la pasión que la hizo nacer. El espíritu de los enamorados Balduino y Judit susurran en el agua bajo los puentes y en el eco de los pasos retumbando en los adoquines de las callejuelas; La ciudad toma el mando del aire que respira y embruja con artimañas de aquelarre a quienes se arriesgan a pasearla más allá de la media noche. De la hora de las Brujas. Qué más da que a los flamencos les guste que su ciudad se llame Brujas en honor a sus puentes, eso es de día. Por la noche, la ciudad se llama Brujas en honor a las viejas damas que, en la edad media, y a la luz de la luna, surcaban los cielos montadas en escobas.

 

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