|
(...) Pero no menos surrealista que el descubrimiento de que, en un país conocido con el estúpido apodo de “la playa de África”, además de playas, y por encima de ellas, ¡tenía habitantes! Había ido a aquel extremo del mundo a ver todas esas playas de las que hablan los reportajes de prensa turística y me las encontraba llenas de humanidad, y lo que era más extraño, de una humanidad que según mis referencias antropológicas debería haber estado mucho más hacia el (...). |
|
|
Este vasto mar de arena, con su aire de infinitud y permanencia, es en realidad un universo en movimiento continuo, un movimiento oculto en su mayor parte al ojo del visitante circunstancial. Los campos de gigantescas dunas, de cientos de metros de altura, a diferencia de las que se pueden encontrar en algunas partes del cercano Kalahari, son dinámicas, es decir, el viento las transforma con el pasar del tiempo, las esculpe en una amplia variedad de (...).
|
|
|
Aquel atardecer, mientras bajo las últimas luces del día los cisnes navegaban cansinamente las quietas aguas, el Charente recordaba todo lo que fue, lo hacía del mismo modo que, seguro, lo había hecho durante siglos. Sin inmutarse por los sonidos que, de tarde en tarde, le llegaban desde las cercanas carreteras comarcales, ni por las visitas de quienes aprovechaban su quietud para pasear por sus orillas o arrumacarse bajo los árboles que le abrazan. Él, que fue desde (...). |
|