Wroclaw, una sorpresa en la Baja Silesia

Joan Biosca

Wroclaw, situada al sudoeste de Polonia, es la capital económica, cultural e intelectual de la Baja Silesia. Edificada a los pies de los Sudetes y a orillas del río Oder, con su entramado de canales y afluentes tributarios, se expande por doce islas unidas por 120 puentes que engarzan la población confiriéndole una paradójica personalidad insular. Su centro histórico está considerado como uno de los diez más bonitos de Europa, y su dramática y vieja historia le dan la pátina de los lugares intemporales. 

 

Si tuviésemos que hacer un listado de todas las ciudades que llevan adjunto a su nombre el calificativo de la Venecia del norte, la Venecia del sur, la Venecia de aquí o de allí... No acabaríamos nunca. Es como si al añadirle el alias de la romántica villa italiana cualquier ciudad ganase puntos en el sobrecargado y, a veces, cargante, ranking turístico urbano. A Wroclaw también le han colgado el eslogan... Y, como ocurre con tanta frecuencia, no le hacía ninguna falta. Seamos claros, Wroclaw no se parece en nada a Venecia. La capital de la Baja Silesia es una pequeña joya engarzada por canales, ríos y afluentes. Unida por nada menos que 120 puentes, es una población sosegada por el influjo de las aguas y abstractamente consolidada en un territorio, tan acostumbrado a los giros históricos y bélicos de Europa, que ha acabado por amalgamar la personalidad centroeuropea y el dinamismo de una ciudad eternamente joven, perpetuamente reconstruida. Por más que la bombardeen, la transfieran de fronteras o le cambien la significación política, sobrevive con la atmósfera vital e informal que le dan sus universidades históricas y la acumulación de más de cien mil estudiantes. Wroclaw se levanta sobre 12 islas en un cruce del río Oder. Se tiene constancia de su nacimiento cuando tras ser una simple empalizada que pretendía proteger un importante lugar de comercio, Wratislaw -Rey de Bohemia- hizo construir un castillo para garantizar las fronteras y las transacciones económicas. Ahí nació Vratislavia o Wratislaw.

 

Una mirada histórica

Sería trágico enumerar los sucesivos cambios de manos y avatares que orbitaron sobre la ciudad. Baste decir que sobre ella guerrearon el Imperio Austriaco y Federico el Grande de Prusia, que no dejó pasar la oportunidad de asentar sus reales en la población, tras arrebatársela a los austriacos. Napoleón, en su imparable avance hacia el este de Europa y la conquista de su soñado Imperio, también ocupó la plaza hasta que en 1813 el alzamiento popular de la entonces llamada Bratislavia dio inicio a la guerra de la independencia alemana contra Napoleón. Definitivamente dentro del mapa de Alemania, Bratislavia mutó el nombre por el de Breslavia. En la primera mitad del siglo XIX inició un imparable crecimiento industrial que la llevaría a convertirse en una de las más importantes capitales alemanas de la época. En poco tiempo sus escasos 90.000 habitantes pasaron a casi medio millón; la explotación de los importantes recursos naturales de Silesia fueron el motor que propulsó la población. Pero en una ciudad que lleva la tragedia en sus genes, la pujanza y la tranquilidad no duran demasiado. Así, tras la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial, éstos se vieron forzados a ceder buena parte de Silesia a la recién creada Polonia. Las cosas continuaron más o menos tranquilas hasta la llegada de Hitler a la Cancillería Alemana y la invasión de Polonia que desencadenó el inicio de la II Guerra Mundial.  

 

Un paseo en compañía de duendes

Vista desde la frialdad de un mapa, Wroclaw se ve cuarteada por las aguas; su casco histórico nació en una isla que ha dejado de serlo a fuerza de secar canales, aunque existe el proyecto de anegar de nuevo el canal que la abría al río Oder y permitir que el Centro Histórico recupere su aspecto insular. Más allá del casco antiguo la ciudad se estira saltando sobre meandros, esquivando brazos de ríos, brincando sobre puentes. El día de mi llegada Wroclaw lucía gris, fría y desértica. Los 5º bajo cero y la nieve acumulada en algunos tejados umbríos no invitaban al paseo, y eso se notaba especialmente en la zona más vital de la población, la amplia Plaza del Mercado, epicentro del barrio viejo, con su bello Ayuntamiento gótico ejerciendo de punto de encuentro y eje alrededor del que se desarrolla la zona más viva de la ciudad. Pasaban junto a mí algunos peatones apresurados por el frío, embutidos en capas y capas de ropa.

 

Quienes no parecían tener frío, y a todas vistas les daba igual la climatología, eran los duendes de bronce que salpican las calles de la ciudad. Escondidos tras las rejas de una ventana, simulando una cárcel imaginaria; empujando una pesada esfera de granito; sentados en la entrada de un restaurante, armados de cuchillo y tenedor; reposando en la puerta de una minúscula casita, en un rincón de una plaza en cuyo centro se erige un monumento a los caídos en la 1º Guerra Mundial -aquélla que se suponía que debía acabar con todas las guerras-. Los pequeños duendes de bronce se han consolidado como un símbolo de la ciudad. Después de conocer su historia no sorprende en absoluto que esta dinámica capital haya hecho de esos gnomos su ejemplo y estandarte.

La Alternativa Naranja fue un movimiento contestatario -famoso en los años 80- que surgió como protesta, forzosamente tímida pero imaginativa, contra la declaración de la ley marcial en Polonia y el absolutismo comunista. Cientos de ciudadanos se manifestaban paseando su muda reclamación de democracia, vestidos con ropa de color naranja. Wroclaw, en recuerdo y homenaje a aquel movimiento que tenía por símbolo un duende, ha salpicado su geografía con esos minúsculos monumentos. Hay que andarse con ojo para no tropezar con ellos y bajar la mirada al suelo continuamente para no perder la pista de su ruta. Un ejercicio romántico y divertido para recorrer el pequeño centro histórico de la ciudad. Dicen que la municipalidad los situará en breve en un mapa turístico, pero, a la velocidad con que brotan las esculturas no será una labor fácil de mantener al día.

 

 

Para los aficionados a la arquitectura religiosa, Wroclaw tiene mucho que ofrecer. Basta un paseo hasta Ostrów Tumski (isla de la Catedral), para descubrir la Polonia católica hecha de piedra y ladrillo. Parece que en esta isla cada manzana esté ocupada por una iglesia gótica que le disputan a su impresionante Catedral de San Juan –que se eleva al cielo con sus afiladas torres gemelas- el espacio de este breve territorio. En las cercanías de la Plaza del Mercado está la iglesia gótica de Santa Isabel, en la que se hayan los sepulcros de los patricios de Wroclaw, y muy cerca de ella encontramos la iglesia de Santa María Magdalena, que contiene uno de los más antiguos y bellos pórticos románicos de Europa Central. Aunque los horarios lectivos son un inconveniente para los turistas, es muy recomendable acercarse hasta el edificio barroco de la Universidad de Wroclaw y disfrutar, en su interior, de las impresionantes pinturas de la Aula Leopoldina. Sin olvidar el monumento más recurrente de la ciudad, aquél que, escondido entre los callejones que separan diferentes áreas universitarias, cuenta la historia de un estudiante y, al mismo tiempo, la del autor de la escultura. En definitiva puede decirse que es un monumento a la ludopatía ya que, tanto el estudiante adinerado que perdió toda su fortuna en una noche, como el artista que la esculpió en bronce, se arruinaron por obra y gracia de los naipes. A ambos sólo les quedó como posesión terrena el florete. Y de ese modo desafía el frío invierno la escultura, un hombre joven vestido únicamente con una espada...

 

La cálida noche de invierno

La búsqueda de los enanos me llevaba apresuradamente de paseo, con frecuentes paradas en alguna de las muchas cafeterías que se esconden en callejones o calles poco transitadas cerca de la zona universitaria, donde entrar en calor abrazado a una taza de capuccino. Iniciado el invierno el sol cae a una velocidad vertiginosa, y poco después de las cuatro de la tarde la ciudad queda bajo el embrujo de la amarillenta luz de las farolas, algunas aún de gas, que iluminan y crean sombras por igual. Wroclaw entonces queda ensimismada y la Plaza del Mercado se convierte en una isla que acoge a quienes se disponen a disfrutar de la noche y convierten la gran plaza en punto de encuentro.

 

Bajo el reloj de sol del Ayuntamiento, junto a la escultura preferida por los niños -un divertido oso de bronce que juega a ser fuente-, esperé la llegada de mi anfitrión, Kuba, que debía llevarme a descubrir la vitalidad de una ciudad que parecía dormida. El frío era intenso y una fina llovizna me ayudaba a pensar si no sería mejor idea dirigirme al hotel y esperar la hora de la cena, sentado en un butacón leyendo a Conrad narrar un viaje por lugares mucho más cálidos. Kuba se presentó puntualmente y de inmediato me puso a galopar por las entrañas de tabernas y bares musicales que, de no ir acompañado por él, me hubiese sido imposible encontrar. Algunos se escondían en callejones penumbrosos, al final de una larga escalera que descendía hacia un sótano iluminado por velas. Otros camuflaban su existencia tras una puerta metálica que parecía esconder el tesoro de Fort Knox y que en realidad guardaba un cálido ambiente sólo apto para parejas enamoradas.

Alguno tenía la puerta tan pequeña que me daba la impresión de que acabaría entrando en el hogar de alguien y, cuando me preparaba para tropezar con una abuela haciendo calceta, me di de bruces con un amplio local que fabrica su propia cerveza, y que no disponía ni de un milímetro en la barra para apoyar el codo por un segundo. Kuba tenía urgencia, yo resoplaba tras él. Entrábamos en restaurantes donde uno puede zamparse un menú pantagruélico por sólo cinco euros o en otros que son tan baratos que nadie reconoce haber comido en ellos... En el penúltimo lugar que entramos descubrí la razón de la prisa de mi anfitrión. Aquella noche se celebraba la eliminatoria de los octavos de final de la copa de Europa entre Polonia y Bélgica. Media docena de pantallas planas y un video-wall mantenían la atención de la clientela; sobre las mesas litros y más litros de la excelente cerveza local y, en el aire, el griterío de doscientas gargantas que celebraban anticipadamente el triunfo de su selección nacional. Bufandas blancas y rojas, sonrisas brillantes y algún que otro gesto obsceno frente a la cámara. Aquello era un estadio de fútbol embutido entre cuatro paredes. Acabamos celebrando los dos goles de Polonia, no recuerdo con cuantas cervezas, y al finalizar el partido mi cuerpo me pidió una tregua. Por más que Kuba insistió en mostrarme algunos locales más, opté por una retirada con la convicción de que aquella ciudad está mucho más viva que lo que la calle, a simple vista, quiere señalar. El camino hasta el cercano hotel lo hice en silencio y sin prisa, disfrutando del aire frío y de la mágica luz que reflejaban las farolas en el adoquinado.

 

Montañas nevadas y castillos misteriosos

La carretera trepaba entre campos cubiertos de nieve. Era una cinta negra enmarcada por el blanco inmaculado de la reciente nevada que se adentraba en un paisaje que, con la ayuda de la leve niebla y el humo azulado que ascendía desde las chimeneas de las granjas, invitaba a la contemplación desde una ventana, cómodamente instalado en un butacón, disfrutando de una copa de vodka y la lectura que me acompañaba en aquel viaje. Esta era, en cualquier caso, una fantasía recurrente. El ritmo impuesto por la oficina local de turismo no dejaba espacio a tomar copas mirando el paisaje, y mucho menos a acompañarlas con un libro frente a la chimenea.

 

Nos hayamos en las montañas Karkonosze, rayando los tres mil metros de altura, y auténtico paraíso del turismo activo y  del esquí. Pesca en lagos o ríos, senderos para perderse entre bosques de abetos, paredes sólo aptas para ser escaladas por expertos, rutas hípicas y pistas para trotar a bordo de una bicicleta de montaña se esconden en el breve mapa de esta región. El día de mi estancia en la zona, el verbo esconder era el más adecuado de todos, ya que la niebla que bajaba desde las cumbres camuflaba el paisaje tornándolo, a una vez, mágico, agreste y silencioso. Los lagos, ricos en pesca, estaban helados, y de vez en cuando las fumarolas procedentes de las aguas termales jugaban a un más difícil todavía con la imaginación del viajero, que debía intuir lo que se agazapaba entre los frondosos bosques.

 

Así me sorprendió el castillo de Ksiaz, cerca de la pequeña población montañesa de Walbrzych, enseñoreándose del paisaje desde lo alto de un promontorio rocoso. Construido en el siglo XIII es el tercero en tamaño de toda Polonia y, aunque los bellos pabellones que lo llenan -entre los que destaca la barroca Sala de Maksymilian, o las 12 terrazas ajardinadas que lo circundan en un sobrecogedor entorno-, son por sí mismos un buen motivo para acercarse hasta este impresionante castillo, son las leyendas y la historia las que hacen moverse a los visitantes en silencio, y con la memoria puesta en tiempos no demasiado lejanos de la historia contemporánea. Cuenta la leyenda que el castillo le fue regalado por un emperador alemán a un pobre hacendado que descubrió unas extrañas piedras negras que ardían y echaban chispas al ser arrojadas al fuego. Claro que esto es sólo una leyenda sin base científica, pero, como todas las leyendas, cuando uno visita un castillo siempre es más adecuado y agradable ser anfitrión de la fantasía que de la realidad. En el Castillo Ksiaz eso es especialmente cierto.

Ksiaz pasó, a lo largo de su historia, por muchas manos. Su árbol genealógico es tan rocambolesco como el de cualquier castillo que se precie de las piedras con que ha sido erigido, y de las batallas y confabulaciones que se han librado dentro de sus muros y en la profundidad de sus sótanos. A Ksiaz no le hacen falta historias de fantasmas para resultar aterrador, ya que el mayor monstruo de la historia trazó bajo las raíces de sus cimientos los siniestros planes que debían alterar el curso de la historia. Adolf Hitler pretendió, y casi consiguió, crear la bomba atómica bajo las entrañas de Ksiaz y, delante de este horror, no hay fantasma que pueda competir.

 

Al día siguiente, tras pasar la noche en un hotel de montaña, muy cercano a las pistas de esquí que las máquinas estaban preparando para el inicio de la temporada, regresé de nuevo a Wroclaw, ya entrada la tarde. Una tenue nieblilla desdibujaba las fachadas de las casas y convertía la luz de las farolas en halos amarillentos. El frío era tan intenso como en las montañas, pero eso no me importaba demasiado, quería perderme por callejones al encuentro de alguna de las tabernas que había visitado un par de días antes. Me apetecía despedirme de la Baja Silesia con un gran vaso de cerveza local y escuchando el murmullo de la parroquia hablando sosegadamente en polaco. Pero no tuve suerte o el suficiente sentido de la orientación. En cambio, mientras descubría un nuevo duende en una esquina, escuché las notas de un piano que se escapaban de una puerta entreabierta. Cerveza, una barra de añeja madera y un pianista bajo la luz de las velas jugando a convertir a Chopin en notas de jazz fueron mis tranquilos compañeros de aquella última noche en Wroclaw.

  

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