India del Sur, un entorno sin equilibrio

Reportaje de Joan Biosca

Tenía el mapa de India desplegado en el salón de mi casa, mientras afuera el viento de Levante traía pesadas nubes de lluvia. Desgranaba los nombres de ciudades de aspecto imaginado con unas pocas descripciones rescatadas gracias a la Lonely Planet; un montón de información práctica sobre dónde comer y dónde no dormir. Cotejaba lo leído con lo conocido de otras zonas de India, comparaba datos del sur con recuerdos del norte y poco a poco sentía que me iba acercando a un destino largamente pospuesto.

 

 

Mumbay aturde. Es una ciudad que sólo puede ser comparada consigo misma. El caos humano y arquitectónico es tal que cuesta digerirla y es quimérico comprenderla. Ruidosa, contaminada hasta el emponzoñamiento, sumergida en un casi perpetuo torbellino circulatorio; con una densidad de población tan abrumadora como imposible de cuantificar. Cuajada de carteles de películas de producción nacional y de bazares en los que sumergirse a explorar y dejar que el olfato estalle en la mezcolanza de olores y los ojos bizqueen en la profusión de colores imposibles. El oído, si hemos sido precavidos, lo habremos dejado a buen recaudo en un rincón penumbroso del hotel. No se le coge el ritmo con facilidad a esta extraña mezcla de ciudad colonial, capital occidentalizada y mentalidad oriental. Esta es una ciudad que vive con urgencia, como si el futuro estuviese a punto de convertirse en una parte del añejo pasado. Mumbay es la meca del cine indio y el gran escaparate de las contradicciones, casi la cuna de los contrapuntos sociales y económicos.

 

 

 En la playa de Hají Ali, los habitantes de Mumbay se defienden del caos de su ciudad paseando al atardecer sobre las arenas de Chowpatty. De día una contaminada playa y al anochecer una bulliciosa feria, un paseo cuajado de tiovivos, vendedores de cocos, estafadores y cuentistas de toda edad y condición. Chowpatti se convirtió, también para mí, en un lugar donde respirar al acabar el día. Perder la mirada en el horizonte, oler el mar de Arabia y escuchar las risas de las familias que allí se congregan.

Según las guías, nadie en su sano juicio se bañaría en esta playa. En mi opinión nadie en su sano juicio pasará por Mumbay sin recorrerla al atardecer, disfrutando de la hipnótica visión del inmenso disco rojo solar sumergiéndose en el océano. Contra este fondo galopan, en la marea baja, carros tirados por caballos y jinetes solitarios. Pasean parejas de novios seguidos a poca distancia por sus carabinas. Hacen negocios los traficantes de humo ilegal. Los guaperas locales intentan ligar con las turistas y a veces lo consiguen. Los paisanos dan rienda suelta a las últimas horas de luz entre casetas de tiro al blanco, limpiadores de oídos, monos saltarines de sonrisa siniestra, puestos de comida y norias movidas a mano por intrépidos trabajadores que, trepando por el entramado de hierro a más de 15 m. de altura, impelen al artefacto suficiente velocidad para arrancar gritos de placer a niños y jovencitas.

 

 

Todos los atardeceres Chowpatti se convierte en una feria de familias endomingadas y cuando el último haz de luz desaparece, se encienden mecheros de petróleo por toda la playa. El sarpullido luminoso que le brota a la playa compite con la miríada de luces que oscilan en el mar, donde la flota artesanal intenta arrancarle al contaminado océano unos cuantos peces. Al sur, mucho más al sur, espera Kerala y Goa y aún más lejos Trivandrum, Estados en los que la contaminación aún no se ha enseñoreado del mar y en los que todavía es posible perder el norte en playas solitarias al arrullo de ojos de mirada acuosa. Soñar siempre ha sido fácil en la India, tal vez demasiado fácil.

 

La costa de Kerala

Caía la tarde cuando alcancé mi destino. Nueve horas de tren y dos de rickshaw me depositaron en una playa atestada de barcas y olor a pescado seco. Las quebradizas callejuelas del pueblo pesquero, que me había sido recomendado la noche anterior por un circunstancial compañero de viaje, transmitían el ambiente irreal que sólo tienen los lugares que habitan en la imaginación. Su iglesia católica, amarrada a la playa y pintada como un arco iris, semejaba un fallero templo hindú. A lo lejos, sobre un promontorio, una encalada mezquita parecía surgir de otra galaxia apuntando con su minarete un cielo que empezaba a perder brillo a toda velocidad según declinaba el día y las sombras se alargaban. Los niños, en ensordecedora algarabía, jugaban entre las tumbas de un cementerio que se extendía entre tablas de pescado puesto a secar. El pueblo jugaba en el aire, hacía requiebros con la capacidad de comprensión. Lo cigarrillos se vendían por unidades; la comida se servía gratis sobre la arena, y viajaba desde las ascuas de las barbacoas a las manos del viajero sobre una hoja de platanero; los niños seguían jugando entre RIPS y cruces de madera cuajadas de salitre; los pescadores jugaban a cartas a la espera de la siguiente jornada; las niñas jugaban a madres con improvisadas muñecas, o con sus hermanos menores; el mar jugaba con todos ellos. Las mujeres comadreaban a la puerta de las casas o en la fuente pública, y mientras llenaban sus tinajas una siniestra bandada de cuervos, que se recreaba graznando en todas direcciones, ponía la banda sonora. Sucumbí a la magia de un pueblo que apenas tenía nombre. Me embobé con los juegos de naipes, aprendí a pasar el sedal por un anzuelo, jugué con los niños y enredé con las madres. Fumé con los ancianos y me extasié oliendo el océano, como todos ellos. Vizhinjam era un pueblo que olía a pescado y mar, un pedacito del pasado que apenas nadie ha advertido que existe. Un retazo virgen en mitad de un bosque de palmeras y montañas de cocos. Mereció la pena el viaje. Fue un feliz encuentro con Kerala y la aseveración de que por India no se debe viajar con rumbos delimitados, simplemente dejarse perder y descubrir que los paraísos perdidos se pueden encontrar en los rincones más insospechados.

 

 

Kerala, los Backwaters

La espalda desnuda del barquero brillaba de sudor, a través de ella se podían repasar antiguas clases de anatomía. Tenía la piel enjuta, requemada por el sol. Mi barquero me recordaba los dibujos que colgaban en las aulas, junto a la pizarra, cuando yo tenía la edad de aprender el pomposo nombre de unos cuantos huesos.

Paseaba por la borda empujando la pértiga, iba y venía de proa a popa, de popa a proa, agachándose con parsimonia para sortear la ramas más bajas.  De vez en cuando se limpiaba el sudor de la cara con el trapo que utilizaba como turbante. Respiraba con serenidad y dejaba escapar por su sonrisa la poca dentadura que aún le quedaba. Sus ojos brillaban como los de un chiquillo travieso y feliz.

 

 

Me acomodé en el suelo, sobre las sucias tablas de la canoa, inspiré profundamente y metí en mi nariz tal confusión de olores que por poco me atraganto. Olía a verde y a mar, a vegetación podrida y a charca, a fruta madura y a humo de leña. Mi nariz se confundió mientras el sol jugaba al escondite tras las ramas de los cocoteros. Un águila rompió el aire y el silencio con su aleteo. Un martín pescador la observaba de reojo desde una rama que rozaba las aguas encalmadas. Metido en un túnel vegetal, flotando entre lentejas de agua, el tiempo parecía haberse detenido. Mujeres lavando ropa, pescadores revisando sus extrañas artes de pesca, que parecen como gigantescas telarañas suspendidas sobre el agua. Niños bañándose entre juegos, recolectores de cocos apurando las últimas luces del día. Mi barquero iba saludando a sus vecinos, hablaban con apenas un susurro, como temiendo romper la quietud; con alguno apenas intercambiaba unas palabras, con otros mantenía inacabables conversaciones que se iban extinguiendo lentamente, en el aire, y que morían en un suspiro sin eco, tal vez mañana, pensé, la charla continuará en otra orilla, como si nada la hubiese interrumpido.

 

 

Tal vez porque había pasado demasiadas horas metido en un autobús para llegar hasta aquí, disfruté especialmente el placer de dejarme mecer sin prisa por ese laberinto acuático del que uno nunca está demasiado seguro si se perderá en dirección al océano o acabará enredado en una madeja de canales, en mitad de una ciénaga sólo apta para la vida si se es mosquito. Kerala vive abrazada al agua. Se vive junto al canal o el mar, frente a la laguna o el arrozal. De vez en cuando nos detenemos para descansar y tomar leche de coco que nos ofrece algún vecino. A veces mi barquero detiene la canoa para mostrarme unas matas de café o de vainilla; para mi barquero cualquier excusa es buena para saludar a otro vecino y retomar una vieja charla que quedó flotando en el tiempo. A medida que el sol declina, por los pequeños puentes que unen el galimatías de canales cruzan ciclistas cargados de verduras y bananas. Grupos de escolares uniformados y con cara de merienda irrumpen bulliciosamente por los senderos. La gente va regresando a sus casas; una pareja de campesinos intenta convencer a su búfalo para que salga del arrozal a medio sembrar, la certera piedra que le lanza una mujer anima al rumiante a dejarse de barro y regresar al corral. Un niño juega a vaqueros con una familia de patos. La jornada va terminando con esa regularidad que sólo tienen las formas de vida sencillas en las que la supervivencia es de por sí un hito que no está al alcance de todo el mundo. En los canales más amplios nos cruzamos con las largas y negras barcas de pesca que se abren paso gracias a los motores fuera borda; tienen aspecto de pirata peliculero estos pescadores encaramados en la proa, casi flotando sobre la espuma.

 

 

He cumplido con el ritual de “explorar” los backwaters de Kerala; un complicado entramado de canales que une aguas dulces con el mar de Arabia. Amplios corredores que desembocan en lagunas o estrechos pasillos con apenas unos centímetros de profundidad. Fluidos lodosos o cristalinos, remansos salpicados de lentejas de agua y lirios. Aguas nadadas por extraños peces y culebras.

Con un fondo verde de agreste vegetación, esta región lleva su propio ritmo de puentes, vados y aldeas con menos habitantes que casas. Poblados sombreados por cocoteros y plantas de café, perfumados por la vainilla o el clavo. Habitados por pescadores que al atardecer lanzan a los canales sus extrañas redes, parecidas a telarañas, llegadas de China hace tantas generaciones que ya nadie se acuerda.

 

 

Los backwaters son una forma de vivir. El silencio es el dueño de la región. Un silencio liviano, sensual, sólo roto por el sonido de los remos al penetrar en el agua o, en los canales menos profundos, por el leve chapoteo de las pértigas.

Mi barquero apenas era una sombra cuando acabó la excursión. Anochecía cuando desembarqué en una pequeña aldea; el aire olía a lluvia y humo. En el interior de las casas brillaban tenues algunas bombillas proyectando una luz amarillenta sobre la vida cotidiana de sus habitantes. Murmullos alumbrados por un par de cigarrillos, fuego esparciendo olor a comida. Me hubiese gustado quedarme un rato más en la barca, sentado en la oscuridad respirando el aire pegajoso, pero no pudo ser. A mi barquero le esperaba su familia y a mí un autobús. Me costó abandonar los Backwaters y continuar el viaje.

 

 

Por las playas de Goa

Acababan los 60´ y Goa se convertía en el lugar de Santo peregrinaje para los hijos de las flores. Los hippies instalaron aquí su paraíso no encontrado. Aún queda algún superviviente de aquella dorada época de amor libre y marihuana. En esta costa de cocoteros y arena blanca el tópico contrapunto occidental se funde con el tópico exotismo local, con el mar de Arabia como fondo del decorado. La mayor parte de los pueblos, que en aquellos años representaron el paraíso para una generación de occidentales, quedaron absorbidos por la industria turística. Pero aún es posible encontrar lugares donde sentirse alejado de todo símbolo de occidente, de todo ese rastro que el viajero, a veces, pretende dejar atrás. Me asaltan nombres que me resisto a descubrir por temor a que se rompa el sortilegio de lo que parece un secreto entre el azar y yo, aldeas que resultan más una experiencia que un destino. Lugares de los que hay que callar el nombre, rincones a los que hay que preservar, aunque sólo sea por mantener la conciencia tranquila, en un intento por evitar que su paisaje se llene de hoteles de cinco estrellas y sus callejuelas de niños pidiendo bolígrafos.

 

 

Algunos lugares deben permanecer anónimos para continuar existiendo. Sitios que seguramente anidan más en el corazón que en la memoria. Niños sonrientes, pescadores mudos. Trenes cargados de una ciudadanía ávida por meterse diez horas de viaje entre pecho y espalda. Estaciones locales con ajetreo de terminal de aeropuerto internacional. Sombras desperezándose en la madrugada de un andén ferroviario con el eco del vendedor de té como sonido de fondo. Aquí estriba la principal experiencia de un viaje por el sur de India. En la gente que uno encuentra a lo largo del recorrido. Apasionados peregrinos en busca de la bendición divina. Familias de vacaciones. Tullidos y mendigos de toda edad y condición. Ancianos cargados con paquetes que contienen toda una vida. Supervivientes profesionales. Occidentales intentando dar la vuelta a su vida por la vía de la mística y gurus dispuestos a mostrarles el camino hacia la luz a cambio de unos billetes. Ociosos vendedores, ociosos espectadores. Atribulados hombres de negocios, calmosos artesanos. Mezclarse en este caos, en este circo humano, es una experiencia inolvidable. India es un espejismo de sí misma. La India no tiene equilibrio, ni con ella misma ni con sus visitantes. O te atrapa y no sabes por qué, o te rechaza, y para ello si que encuentras un millón de motivos.

 

 

más info

www.fronterasdepapel.com

fronterasdepapel@gmail.com