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Burundi: herencia de guerra
Texto y fotografías: David Martínez


Siete días en Bujumbura

“Burundi, un pequeño país situado en el corazón de África, se desangra en el verano de 1995. La guerra civil entre hutus y tutsis llena de muerte esta antigua colonia belga. El odio, la venganza y la sed de crimen se cruzan con la piedad, la generosidad y el ansia de supervivencia en medio de una región donde la vida vale muy poco.” De esta manera describe el galardonado escritor mallorquín Eduardo Jordá en su novela "Pregúntale a la noche" la situación de Burundi en plena guerra. Años después, el conflicto de Los Grandes Lagos pertenece a la historia, un capitulo sangriento y vergonzoso que actualmente recorre el camino de la democratización y de la paz. Un proceso que como casi todo en África transcurre lentamente.

Es impactante para un europeo adentrarse en las condiciones de vida, el pulso y el ritmo de la capital, Bujumbura, un enjambre de calles de tierra, atestadas de suciedad y de vehículos que circulan en todas direcciones, con el sonido constante del claxon y una carencia casi absoluta de señales de tráfico que viene secundada por un número parejo de accidentes. Hasta tal punto es caótico el tráfico que los taxis de la capital son llamados "Bagdad" porque, según comentan entre risas las malas lenguas, montarse en ellos es tan suicida como ir a Iraq. A ello se suma el hecho de que por todas partes hay militares armados, vigilando, patrullando ametralladora en ristre, lo cual hace casi imposible fotografiar la capital. Gigantes carteles publicitarios de Coca Cola abundan por toda la ciudad contrastando con otros que previenen a la población sobre los peligros del SIDA o que promueven la paz. Y, como parte de la globalización actual, en Bujumbura también es posible adquirir un sinfín de variopintos productos en los comercios chinos. La pobreza es extrema y lo mejor es intentar pasar desapercibido, o al menos intentarlo. Por muchos esfuerzos que haga el visitante en este sentido, escuchará la exclamación ¡Musugu! a cada paso: significa "hombre blanco" en kirundi, el principal idioma en Burundi.

 

Mallorca y Burundi

Son muchos los esfuerzos humanitarios que se han realizado desde Mallorca para paliar la situación de Burundi, a través de intelectuales, órdenes religiosas y también de organizaciones no gubernamentales como Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, Manos Unidas, Unicef y Veïns sense Fronteres, entidad mallorquina esta última, fundada por Jaume Obrador, trabajador social y ex religioso que ha sido un destacado defensor de los derechos humanos en Burundi y Tanzania y que dedica su labor a la causa de Los Grandes Lagos. Recientemente, y reforzando el estrecho vinculo de compromiso entre la isla y el pequeño país en forma de corazón, el Obispo de Mallorca Jesús Murgui ha visitado las misiones religiosas en Burundi durante una semana, supervisando el trabajo humanitario de los muchos curas mallorquines que actúan en el país africano, como es el caso de los presbíteros Bartomeu Barceló, Pere Mascaró y la religiosa Antónia Campaner. Desde su llegada, el Obispo Murgui gratamente sorprendido ante la organización y las numerosas actividades que se realizan en las parroquias de Burundi, especialmente en Bujumbura, la capital, y en Gitega, la segunda ciudad más importante del país, ha realizado numerosas misas y eucaristías en diferentes localidades con el principal objetivo de apoyar la inestimable labor de estos religiosos procedentes de Mallorca. Loables esfuerzos para apoyar a un país en el que las generaciones más jóvenes ni siquiera conocen el significado de la palabra paz, pero en el que, poco a poco, se van consiguiendo pequeños logros en el camino hacia la convivencia entre las dos etnias rivales. Lamentablemente la situación actual en Burundi no se encuentra totalmente estabilizada y la seguridad es frágil, produciéndose sucesos como el de el pasado día uno de enero de 2008 en el que una cooperante francesa de la ONG Acción contra el Hambre murió tiroteada después de un ametrallamiento de su vehículo en la localidad de Ruygi, al este del país.

 

Bujumbura: situación actual

La tensión es palpable en sus calles pues no hace ni cinco años que terminó realmente la guerra en Burundi, pequeño país africano que fue sacudido por la extrema violencia desatada entre dos etnias rivales, causada por un odio ancestral tan enraizado que los burundeses son educados en él desde la cuna. Hutus y tutsis se exterminaron a machete, escribiendo una de las páginas más terribles de la historia de África y protagonizando uno de los genocidios más cruentos del mundo contemporáneo. Las secuelas del conflicto de Burundi, que por su larga duración y su lejanía ha quedado relegado en la memoria del llamado primer mundo, siguen patentes en la población civil del país africano. Se da pues la paradoja de que, siendo una guerra olvidada porque ya no es noticia y porque no vende periódicos, las heridas no cicatrizadas, la pobreza y la inestabilidad que aún padece la población burundesa son palpables. Como siempre ocurre en los conflictos bélicos, las víctimas de esos terribles enfrentamientos no tienen voz y, en ocasiones, tampoco piernas. En grados de sufrimiento, los niños y las mujeres se han llevado la peor parte de esta página negra, sin olvidar a los Pigmeos, etnia especialmente castigada y que aún vive en la más absoluta marginación.

El índice de traumatización en Burundi a causa de la guerra es alarmante: niños y adultos con los nervios destrozados son atendidos en diversos centros especializados en traumas y en discapacidades causadas por la guerra, así como en hospitales psiquiátricos de orden católico, como por ejemplo el centro para enfermos mentales Kamenge, situado en Bujumbura, la capital del país.

Burundi está entre los cinco países más pobres del mundo, según los informes más recientes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y, a pesar de su reducido tamaño (menos de 28.000 kilómetros cuadrados) es uno de los lugares más densamente poblados del continente africano. Por desgracia, dada la escasez de recursos naturales propios y la devastadora acción de la guerra, sus casi seis millones y medio de habitantes dependen en gran medida de la ayuda exterior para subsistir. La pobreza extrema, la inseguridad en las calles y el azote constante del sida (que se ceba muy especialmente en África) son algunos de los principales problemas que aquejan a los ciudadanos burundeses.

Actualmente y desde 2005, el país está viviendo un proceso de democratización, a pesar de que aún continúa operativa una guerrilla rebelde que amenaza la estabilidad política, especialmente en la Bujumbura rural, donde se producen ataques y donde las carreteras se cierran a partir de las cinco de la tarde por los militares. Y aunque el actual presidente, Pierre Nkurunziza (ex líder rebelde hutu), ha sido elegido por los ciudadanos en las urnas, la seguridad se sigue manteniendo a punta de metralleta, con abundante presencia militar y policial. A pesar de ello la población tiene más esperanza que nunca en una completa estabilización.

 

La violencia armada en Burundi

La guerra civil que asoló el país entre 1993 y 2003 ha afectado principalmente a la capital, Bujumbura, ciudad que fue escenario de episodios de gran violencia entre barrios cada vez más segregados y armados, causando la huída de una parte de la población, que pasó a convertirse en desplazada y tuvo refugiarse en países vecinos, como Tanzania. Los ataques rebeldes en Bujumbura continuaron después del supuesto cese del fuego del 2003. Aunque en amplias zonas del país la seguridad ciudadana ha mejorado notablemente estos últimos años, en Bujumbura sigue dándose una situación de peligro mayor que en otras regiones, puesto que los intentos de desarme no han sido demasiado efectivos en la capital. Se estima que alrededor de 100.000 armas pequeñas, como revólveres, pistolas y granadas, siguen proliferando por todo el país y que la inseguridad y la violencia urbana generada después del conflicto ha llevado a los ciudadanos de Bujumbura a armarse para su propia protección. Entre los años 2004 y 2007, se han tratado numerosas heridas entre la población producidas por balas, armas cortantes y minas antipersona. Según relata el fotoperiodista Gervasio Sánchez en su libro "Vidas minadas", Burundi está bajo sospecha de seguir utilizando minas, a pesar de haber firmado el tratado de Ottawa, que exige el compromiso de no utilizar, almacenar, transferir o producir minas antipersona.

El sistema judicial tampoco es muy alentador pues, entre otras deficiencias, en Burundi el sistema no ofrece garantías adicionales a los menores y, según las leyes vigentes, la edad de responsabilidad criminal es de 13 años. Actualmente no existen alternativas a la encarcelación de los niños, y tampoco se ofrecen servicios que ayuden a los menores una vez son puestos en libertad. Según informes de la ONG Human Rights Watch, basados en entrevistas a más de 100 niños y fiscales y al personal de centros penitenciarios burundeses, abundan los casos de abusos psíquicos y sexuales de menores por parte de sus compañeros de prisión, así como la escasez de alimentos y las condiciones sanitarias deficientes, además de darse una completa ausencia de cualquier tipo de educación organizada dentro de las cárceles.

Dicho informe denuncia que "los niños son a veces torturados para que hagan confesiones, y la mayoría no tiene acceso a asesoría o representación legal. Son encarcelados con los adultos en celdas superpobladas y mantenidos en condiciones miserables durante meses o incluso años, mientras esperan su proceso". El estudio también recoge testimonios realmente impactantes de pequeños encarcelados, como es el caso de Jean Bosco, ex niño soldado de 17 años que fue acusado de robo: " Es muy difícil dormir, hay cerca de 27 de nosotros en cada celda. Algunos debemos estar sentados toda la noche, no hay duchas separadas para los niños. Es malo para nosotros cuando los adultos están en los baños, yo siempre controlo quién está allí antes de entrar y meterme en la ducha".

 

Tutsis y Hutus: odio ancestral

Podría asegurarse que la historia de las hostilidades entre las dos etnias predominantes en Burundi se inició hace más de quinientos años. Los hutus, habitantes originarios de la zona y dedicados a la agricultura, fueron dominados por los invasores tutsi o watutsi provenientes de países del norte del continente como Uganda y Etiopía. Los tutsi buscaban tierras más fértiles para su pueblo y, con la fuerza de las armas, consiguieron reducir a los hutus, pueblo básicamente pacífico y poco acostumbrado a la batalla, convirtiéndoles en esclavos. Hasta el siglo XIX los reyes tutsi fueron poderosos, pero los combates ínter tribales minaron la autoridad central, posibilitando en 1890 la entrada del gobierno alemán, que se apoderó de Burundi apoyando a los monarcas tutsis, situación que se mantuvo durante el período de colonización belga, tras la Primera Guerra Mundial. Mucho tiempo después, concretamente en la década de los sesenta, se consiguió la independencia, a la cual siguieron cuatro años de extrema violencia hasta que, en 1966, tras un golpe de estado, el entonces primer ministro, Micombero, proclamó la República. En 1971 tuvo lugar una sangrienta purga, que se saldó con la muerte de 350.000 hutus y la huída de otros 70.000.

Con la toma del poder por parte de Jean-Baptiste Bagaza en 1976 se democratiza el país y se trata de neutralizar, mediante la nueva Constitución, la explotación de la mayoría hutu por parte de la minoría tutsi, pero el camino hacia la igualdad entre las dos etnias se ve truncado de nuevo en 1987, cuando Bagaza es derrocado por el mayor Pierre Buyoya. Once meses después, en el año 1988, se produjeron en el norte del país una serie de enfrentamientos, consecuencia de la rebelión de hutus contra los terratenientes tutsi. Los hutus, una vez más, fueron reprimidos por el numeroso ejército tutsi. En las elecciones de 1993, el Frente para la Democracia en Burundi, compuesto en su mayoría por hutus, ganó las elecciones, y su líder Melchior Ndadaye fue proclamado presidente. Sólo tres meses después fue asesinado, provocando este hecho las terribles masacres del 94. Fue un intento de golpe de estado que dio lugar a una de las matanzas más crueles de la historia del país y del mundo entero. Comenzó así la guerra civil, que se prolongó durante varios años, un período en el que se sucedieron nuevas presidencias (tutsis o hutus) asesinatos y golpes de estado que causaron todavía más inestabilidad, represión y violencia entre las milicias hutu y el ejército tutsi. En julio de 1996, Buyoya dio un nuevo golpe de estado autoproclamándose, una vez más, presidente del país.

 

Mujeres y niños: Víctimas del odio

Desde el año 2000 existe un acuerdo de paz cuyo principal objetivo es el reparto de poder entre las etnias rivales, logrado gracias a la intervención de Nelson Mandela como mediador, pero el fuego continuó abatiendo a los civiles a manos de movimientos rebeldes, manteniendo vivas unas hostilidades cuyo único fin parecía ser "la limpieza étnica". Nacieron así las fuerzas de autodefensa integradas por ciudadanos de ambas etnias, que reclutaban a niños, instruyéndoles en el manejo de las armas y enviándoles a combatir a primera línea porque, según su filosofía, si éstos caen en combate no suponen una gran pérdida para los grupos armados. Las llamadas fuerzas de autodefensa, los grupos disidentes y el ejército están acusados de violar, matar, secuestrar, torturar y extorsionar para conseguir sus objetivos. La mujeres y los niños son, como siempre, los principales perjudicados por el violento fanatismo que ha sacudido el país. Los enfrentamientos entre tutsis y hutus han dejado un saldo de cientos de miles de muertos y de desplazados. Al igual que en la vecina Ruanda, los contendientes se emplearon con una violencia que escapa a toda comprensión racional. En el polvorín de los Grandes Lagos, además de las pérdidas de vidas humanas y de las innumerables familias destrozadas, hubo cientos de miles de desplazados que perdieron todas sus posesiones, sufriendo trastornos psicológicos fruto de la convivencia diaria con el peligro, la muerte y la destrucción. A todo esto hay que añadir el regreso de los refugiados, que actualmente van retornando poco a poco a sus hogares y que se encuentran con que otros han tomado posesión de sus campos, o que éstos han quedado desolados por el combate.

 

1- El Obispo de Mallorca Jesús Murgui ha visitado las misiones religiosas en Burundi durante una semana, supervisando el trabajo humanitario de los muchos curas mallorquines que actúan en el país africano.

2- Burundi está entre los cinco países más pobres del mundo, según los informes más recientes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y, a pesar de su reducido tamaño (menos de 28.000 kilómetros cuadrados) es uno de los lugares más densamente poblados del continente africano.

3- El sistema judicial tampoco es muy alentador pues, entre otras deficiencias, en Burundi el sistema no ofrece garantías adicionales a los menores y, según las leyes vigentes, la edad de responsabilidad criminal es de 13 años. Actualmente no existen alternativas a la encarcelación de los niños, y tampoco se ofrecen servicios que ayuden a los menores una vez son puestos en libertad.


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