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Uzbekistán: Cuenta la leyenda (2)
Samarcanda: El rostro más bello
Texto y fotos: Eduard Balsebre


“A veces, en Samarcanda, al atardecer de un día lento y triste, los ciudadanos ociosos van a deambular por el callejón sin salida de las dos tabernas, cerca del mercado de las pimientas, no para degustar el vino almizclado de Sogdián, sino para espiar idas y venidas u hostigar a algún bebedor achispado, al que arrastrarán por el polvo, cubrirán de insultos y condenarán a un infierno cuyo fuego le recordará hasta el fin de los siglos el rojo reflejo del vino tentador.

De un incidente parecido nacerá el manuscrito de las Ruba'iyyat en verano de 1072. Omar Jayyám tiene veinticuatro años y hace poco tiempo que llegó a Samarcanda...”

Este sublime relato del escritor libanés Amin Maalouf me había traído hasta Samarcanda. Hacía pocas horas de mi llegada, y la primera impresión era cercana a la decepción al no encontrar ni un laberinto de oscuros callejones ni tabernas llenas de vida.

Un mundo de leyendas reales o imaginadas se habían formado en mi interior de la mano de Schehrazade, Alejandro Magno, Omar Jayyam, Ella Maillart, Amir Temur (Tamerlán), Rui González de Clavijo, Händel, Marco Polo, Gengis Khan o Jinyong, y ahora unas tempranas dudas comenzaban a asomar en mi ánimo. Era consciente de la dificultad de encontrar en la ciudad del siglo XXI el espíritu de un pasado glorioso de 2.750 años de antigüedad laureado por poetas, letrados y músicos con epítetos como: “Jardín del alma”, ”Espejo del mundo”, “Piedra preciosa del Islam”, “Centro del Universo” o “Perla de Oriente”, pero no quería perder la esperanza...

Mientras oteaba la danza entre el desencanto y la autocompasión, me encontraba reposando de los meses de viaje en el pequeño patio interior cubierto de vides que refrescaban el albergue donde me alojaba, cuando Narim, el hostelero, apareció con una descuidada montaña de papeles que se balanceaba entre sus manos. Los dejó caer sonoramente encima de la mesa y, con una mirada condescendiente, me acercó un raído mapa de la ciudad llamando mi atención.

Sus manos comenzaron a dibujar una melodía de legendarios nombres señalando en el plano monumentos y mezquitas, fuentes y callejuelas, mausoleos y jardines y pronto, en una mezcla de ruso, tayiko y francés, me descubrió el alma de Samarcanda: Sher-Dor, Tilla Kari, Shahr-i-Zindah, Gur-emir, Bibi Khanum, Kazi Zade Rumi, Shirin Bika Aga, Afrasiab, Registán y los omnipresentes Tamerlán (Amir Timur), el gran conquistador nómada que devolvió su esplendor a Samarcanda y su nieto, Ulugh Beg, el príncipe astrónomo y matemático que deslumbró por la precisión de sus descubrimientos.

A cada nuevo nombre aparecía un viejo papel de entre el montón iluminando mi alma viajera y, con el paso de los siguientes días, surgió sutilmente, en pequeños susurros de suaves colores turquesas acompañados del rumor de las oraciones y de los olores de las especias y carnes, una Samarcanda monumental donde las mezquitas y minaretes rivalizaban en belleza con mausoleos y templos.

Al día siguiente, con las primeras luces me dirigí a visitar los restos del gran observatorio astronómico Gurkhani Zij que construyó en el año 1428 Ulugh Beg, nieto de Tamerlán y breve soberano del imperio timúrida.

Aquí destaca el inmenso sextante de casi cuarenta metros de radio que sirvió para calcular la posición de las estrellas en el firmamento, los solsticios o la eclíptica, y para elaborar seguramente el mejor catálogo estelar de la Edad Media, el Zij-i-Sultani, donde se detallan 1.018 estrellas. Pero además, Ulugh Beg calculó con extraordinaria precisión la duración del año sidéreo con un ligero error de sólo 58 segundos.

Paseando mi atención por la exactitud de estos datos de hace casi seiscientos años, sentí una presencia desconocida, era como si en mi interior las leyendas tomaran forma y los personajes presentaran sus credenciales... Seguramente el calor sofocante de la ciudad me llevaba a la fascinación de la Samarcanda leída en mi adolescencia. Los días siguientes los dediqué a visitar una y otra vez dos lugares: la necrópolis de Shahr-i-Zindah y la plaza del Registán.

Unas suaves colinas coronadas por más de treinta mausoleos y criptas y un cementerio musulmán forman Shahr-i-Zindah (“Tumba del Rey Vivo”). Cuenta la leyenda que Qusam ibn-Abbas, un primo del profeta Mahoma, introductor del Islam en Asia Central, estaba orando en este lugar cuando fue decapitado por un infiel, pero sosteniendo su cabeza entre las manos se dirigió a una tumba donde continuó con vida (y aún se comenta que allí sigue) convirtiendo este lugar en su santuario y lugar de peregrinación de los fieles.

Será en el siglo XV cuando llegará a ser la necrópolis de la dinastía timúrida (iniciada por Tamerlán) y de las personas destacadas de la sociedad de Samarcanda como el astrónomo Kazi Zade Rumi, la hermana de Tamerlán llamada Shirin Bika Aga, su sobrina Shadi Mulk Aga o el general de su ejército, Amir Burunduk.

La belleza de los edificios, la hermosa decoración de cada uno de sus detalles grabados en azul cielo, los suaves rezos que cuidan en espiritual melodía el silencio de los mausoleos, hacen de este lugar un paraíso para la meditación y la imaginación. Sentado en una escalinata, a la sombra de un arco de piedra, un verso llega a mis oídos, son las dulces palabras del poeta: “Samarcanda, el más bello rostro que la Tierra volvió jamás hacia el sol". Sorprendido, giro mi cuerpo y busco con la mirada: no hay nadie, sólo el silencio y un refinado olor a vino y a miel que desaparece en los blancos muros... De nuevo, Samarcanda me invita a la leyenda...

Cuando aparecen las luces del atardecer llega el esperado momento de visitar el Registan (“lugar de arena”) y descubrir su grandiosidad imperial. Alrededor de una gran plaza, la que fue el centro medieval de Samarcanda, se encuentran tres impresionantes madrazas.

En el oeste, la madraza de Ulugh Beg (1420) es un homenaje al estudio, a las ciencias, a la filosofía y a la astronomía y, enfrente, observándola con el cariño de los descendientes, se encuentra la madraza de Sher-Dor (1636) con sus dos rugientes leones (o tigres) que iluminan los atardeceres con dorado esplendor. En medio de las dos y rodeando la plaza, la madraza Tilla Kari (1660) despide los últimos rayos de sol desde su delicada cúpula azul.

Y fue así, como en un lento pasear, en observación relajada y sin perturbar el paso sosegado del tiempo, Samarcanda me ofreció un nuevo rostro, lleno de matices, orgulloso de su pasado...

Imperceptiblemente, me sentía atrapado en el paisaje de su alma y me era difícil despedirme de sus leyendas. Quedan para otra ocasión los relatos del pasadizo secreto del Mausoleo de Gur-emir, del origen del cuaderno de blanquísimas hojas de papel chino que vio nacer las famosas “Robaiyyat” de Omar Jayyam, de la vida de Bibi Khanum, la esposa de Tamerlán, de la leyenda del anciano Rey de Samarcanda que quería escapar a la muerte o de las catástrofes que supuestamente ocasionó el arqueólogo Mikhail Gerasimov...

En la última noche de mi estancia en esta ciudad, sentado de nuevo a los pies del Registan, vislumbraba el brillo dorado de sus mosaicos con el secreto deseo de ver aparecer en la puerta de su madraza al espíritu del sabio Ulugh Beg y poder así agradecerle la belleza de su ciudad y la hospitalidad de su pueblo...

Y no lo dudéis, no faltó a la cita pues llegó puntualmente sólo 58 segundos más tarde...

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