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El último tren de Madagascar

Texto: Sergi Formentin – Fotografías: Joan Biosca

En la isla de Madagascar, un tren de otro tiempo une las tierras altas con la costa del Índico en un interminable viaje que atraviesa plantaciones de té, café y bananas, a través de la selva tropical conocida como “el corredor del este”. Como todo en Madagascar, el Expreso Malgache es un tren de otra época en el que se suceden las escenas surrealistas de esta África desconcertante.

Al alba dejo atrás las tierras altas malgaches con sus arrozales en terraza y sus ciudades históricas perdidas entre la niebla. En Fianarantsoa empieza la Madagascar salvaje y el Expreso Malgache se abre camino a través de la jungla. Este es un tren antiguo que construyeron los blancos, pero hoy por fortuna es cosa de negros. En el compartimiento de segunda las miradas relatan historias de otros tiempos, resumiendo a su manera el pasado y presente de Madagascar. Cuando los colonos franceses se dieron cuenta de la importancia del puerto de Manakara, diseñaron el trazado de una imposible línea férrea que atravesara la selva virgen para conectar las tierras agrícolas del centro de la isla, con el Océano Índico. Así nació el “tren del corredor del este”, también conocido como el Expreso Malgache; hoy día el último ferrocarril de pasajeros que sobrevive en la isla de Madagascar.

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Aunque nació como un tren de mercancías, ahora vertebra socio-económicamente una de las regiones más aisladas de la isla-continente. En esta región del sureste habitan más de 100.000 personas que dependen únicamente del tren de la selva. Su transporte, así como el de sus mercancías, está asegurado tan sólo por este asmático ferrocarril, construido por sacrificados obreros chinos a iniciativa de la administración colonial francesa e inaugurado en Abril de 1936. Aunque los raíles datan de 1893, parece ser que se trata de excedentes de un tren construido en Indochina. Existe una conexión más allá del tiempo y del espacio que liga de manera obsesiva Madagascar con las lejanas tierras de Extremo Oriente. Aunque a la cuarta isla más grande del mundo se la considera parte de África, a los malgaches les molesta que les llamen africanos.

Para construir el ferrocarril se emplearon más de 5.000 obreros y se invirtieron millones de francos y cientos de vidas humanas. La malaria y la disentería causaron estragos entre los obreros chinos. Las obras comenzaron en 1925 y tardaron más de 10 años en finalizar completamente. Las malas lenguas decían que jamás se lograría conseguir que el tren atravesase la jungla, pero en Madagascar todo es posible. Finalmente abandono Fiana con tan sólo quince minutos de antelación. En Madagascar uno sabe más o menos cuándo empiezan los viajes, pero nunca cuándo terminan.

El tren de la selva amenaza con un trayecto lento entre las tímidas plantaciones de té de Sahambavy, hasta darse de bruces con la jungla tropical que se estrecha como un claustrofóbico túnel del tiempo y finalmente desemboca en las aguas del Índico. A primera hora, las gentes del vagón están cansadas y dormitan acurrucadas en un rincón sobre los ásperos asientos de plástico. Los niños miran de frente al “vazaha” (extranjero) y los ancianos sonríen con curiosidad. Saco la cabeza por una ventana y veo un mundo distinto. A golpe de silbato el tren se abre camino entre mercados improvisados sobre los raíles, aldeas escondidas en un claro de la selva más salvaje y polvorientas pistas de tierra batida aún encharcadas por las últimas lluvias. Grupos de mocosos nos dicen adiós con la mano. En Madagascar los niños aún saludan el paso de los trenes, en una muestra de que las pequeñas cosas, todavía son importantes en la isla-continente. La locomotora funciona a la antigua y vomita arcadas de humo negro que dibujan siluetas tenebrosas en el aire plomizo del verano malgache.

En cada pequeña estación o apeadero suben y bajan decenas de campesinos cargados con cestos de mimbre, pesadas maletas y antiguos baúles en los que cabe todo. Los bosques del corredor son húmedos y silentes. Uno puede incluso escuchar las voces de la jungla a través de sus interminables silencios. En Madagascar nada es como parece, siempre queda espacio para la sorpresa. Vamos dejando atrás estaciones de vida y a cada parada nos asaltan una legión de sonrientes vendedoras de cangrejos de río, buñuelos de banana, bizcocho recién hecho y las más variadas frutas tropicales. La selva nos va engullendo poco a poco, “mora mora”, a ritmo malgache. Después de Ranomena nos vemos inmersos en una espesa nube de bruma que nos envuelve completamente. Las plantaciones de té han dejado paso a la jungla más salvaje. Entre una húmeda espesura de plataneros el tren avanza lentamente comiéndose pedazos de selva. Toda la isla está considerada un gran parque natural donde la vida salvaje se acepta con la naturalidad de las cosas imperecederas. Saltos de agua que aparecen por sorpresa entre la espesura. De vez en cuando, un improbable valle se abre entre los bosques tropicales. Esta zona posee un microclima que provoca una niebla perpetua. En el “corredor del este” llueve un mínimo de 190 días al año. El té y el café van dejando paso a las grandes plantaciones de banana. Atravesamos el túnel de Andrambovato, de más de un kilómetro de extensión. El interior del vagón se vuelve oscuro. Se escuchan risas infantiles y voces calmadas de malgaches sabios. En esta parte del trayecto los túneles se suceden- en toda la línea férrea existen un total de 48 – hasta llegar al magnífico puente de Mandriampoty, tendido sobre las aguas bravas de una catarata. Pierdo de nuevo la mirada más allá de los cristales; indolentes campesinos antemoro espían nuestro paso desde lo alto de una colina, o apostados entre un bosque de plataneros. Los antemoro habitan el corredor del este. Se trata de una de las etnias más enigmáticas de Madagascar. Descubro sus siluetas dibujadas en el horizonte, envueltos en sus capas y cubiertos por su característico sombrero de fieltro.

Avanza la mañana y el viento fresco nos acerca antiguos aromas malgaches. Toda la isla huele a vainilla y sabe a lluvia. Van pasando las horas y ves pasar a tu lado los rostros de las más variadas civilizaciones; camufladas entre la selva se aparecen las figuras del pasado disfrazadas de presente. Las aldeas cada vez son más pequeñas y están más aisladas en medio de este insondable corredor de bosques impenetrables. Tan sólo el Expreso Malgache se aventura en el vientre de la selva, abriéndose camino de manera improbable sobre el orden artificial de los raíles. Miro de nuevo al interior del compartimiento. Este es un tren del pasado que transporta gentes que significan el presente de la isla y que miran insolentemente hacia el futuro.

Poco a poco va mutando el paisaje. Distintos tipos de vegetación luchan por conservar su espacio natural en esta jungla. Me imagino de nuevo viajando por el corazón de las tinieblas, aunque endulzado todo por el alma malgache. Estas son gentes amables que acogen al viajero con la naturalidad de los pueblos acostumbrados desde hace siglos a ejercer como anfitriones. A partir de Ionilahy seguimos el curso del río Faraony. Ahora el ritmo del viaje se ralentiza y se sobreponen las más pintorescas escenas malgaches. A veces, en la época de lluvias, después de las virulentas tormentas, el río se desborda impidiendo el paso del tren y dejando incomunicadas a las aldeas del corredor. Durante las trágicas lluvias del año 2000, el Expreso Malgache dejó de funcionar durante más de 3 meses.

A mediodía llegamos a la estación de Fenomby. Decenas de campesinos se agolpan en el andén para cargar pesados fardos de lichis que serán vendidos y embarcados en el puerto de Manakara. El lichi es el motor económico de toda la región y el tren se encarga de su transporte hasta las ciudades y puertos del Índico. Nuestro convoy se detiene durante horas para cargar y descargar mercancías. Seguimos avanzando siguiendo el curso del río Faraony, atravesando algunos de los más de 60 puentes colgantes que permiten el viaje. En Sahasinaka, un grupo de hombres semidesnudos portan a una mujer moribunda sobre una estora de mimbre. La suben en el vagón de segunda clase y la colocan cuidadosamente sobre la última fila de asientos. No hay otro medio para llevarla al hospital, el tren puede ser de nuevo la salvación de estas gentes, si más no, la última esperanza a la que aferrarse.

Una vez abandonada la región del lichi la vía transcurre junto a pequeños poblados. El paisaje es cada vez más tropical y sucesiones de palmeras y cocoteros nos anuncian la cada vez más cercana presencia del mar. El mítico “árbol del viajero” saluda en silencio nuestro paso con la indolencia propia de la isla. En el poblado de Mizilo nos detenemos sin previo aviso y dos gendarmes suben al tren custodiando a un prisionero. Tampoco hay otro medio para llevarlo ante el juez de Manakara. Este es un viaje de cosas sencillas, donde hay poco que ver y mucho que observar. Esta es una isla doliente donde los silencios se eternizan y las risas infantiles tienen muchas veces el sonido de la melancolía. Pasada la aldea de Ambila se huele enseguida el Índico. Mis compañeros de viaje parecen nerviosos y se revuelven en sus asientos. Existe una relación extraña entre los malgaches y el océano: todas las fortunas y desgracias de la isla llegaron a través del mar. Lo aman y lo temen en la misma proporción. El convoy avanza renqueante sobre los raíles herrumbrosos, tirando de viejos vagones de carga y pasajeros que desafiamos nuevamente al calor y a la humedad. Los espacios son cada vez más abiertos; la selva ha dejado paso a los palmerales y pequeños bosques de jacarandas se alternan con los cultivos tropicales. Veo manglares y aguas estancadas y sufro por primera vez a los mosquitos que se aventuran a picotear mi piel de “vazaha”. Poco antes de llegar a Manakara, el último ferrocarril de la isla atraviesa la pista de aterrizaje del aeropuerto, en una muestra más de surrealismo africano.

Después de once horas de intenso viaje hemos cubierto los 170 kilómetros que separan las tierras altas del océano. Cuando asoma Manakara en el horizonte, el sol se oculta lentamente por detrás de los palmerales. Este es un viaje introspectivo que invita a la reflexión. Los tiempos de este tren nunca son acelerados y uno cree finalmente haberse descolgado por un improbable agujero negro y haber amanecido en ese continente perdido que imaginaron todas las mitologías.



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