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Grecia
Creta, la Patria del Minotauro

Joan Biosca

El sol parecía tener pereza por esconderse tras la raya del horizonte, el mediterráneo burbujeaba en tonos malvas y las farolas que delimitaban el contorno del puerto empezaban a encenderse alumbrando el camino de los últimos pescadores que abandonaban el espigón con sus cañas al hombro.

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Sobre mi mesa, en el viejo café, una docena de rodelas estampaban el paso de mi vaso de vino en su deambular entre la madera añeja de la mesa y mi garganta sedienta de saborear el acre vino local como despedida y homenaje a la isla que me había embrujado los últimos días. Un plato con olivas negras y ásperas, y los restos del contundente queso de cabra con que me había obsequiado el patrón de la taberna, ponían el contrapunto alimenticio a una tarde etílica de recuerdos y empalagosa de añoranzas.

Me despedía de Creta de la mejor manera posible: Disfrutando en silencio del bullicio de una de esas tabernas sin nombre que salpican los rincones más inverosímiles de la geografía cretense. Para mi ya había dejado de tener importancia el nombre del pueblo en el que me encontraba, sólo contaban los murmullos de la parroquia charlando pausadamente de sus cosas, el trajín del patrón distribuyendo vasos de ouzo o jarras del incontestable vino local, las carcajadas que de vez en cuando atronaban la terraza desde el interior de la taberna y el olor inconfundible de Grecia al mezclarse el aire del mediterráneo con el aroma de la uva que maduraba en la parra que me servía de techo.

Creta es una isla desproporcionada, demasiado grande en apariencia para ser abrazada en una corta estancia, con demasiada historia y leyendas en su haber, con demasiados microclimas; incluso a veces, con demasiados turistas en algunas zonas de su perfil costero. Creta también es un buen lugar para jugar al escondite con uno mismo. Carreteras comarcales que escalan montañas o se desploman hacia calas recónditas; pueblos que aparecen donde el mapa indica que no hay nada; minúsculas iglesias encaladas y resplandecientes ubicadas en lugares imposibles; puertos pesqueros con aromas marinos y barcas descoloridas tomando el sol, y siempre más carreteras desgranando en cada curva un nuevo horizonte montañoso o acantilados sumergiéndose en un mar intenso, sereno e imponente.

En mis oídos resonaba continuamente una frase escrita por Lawrence Durrel: "Creta es uno de esos sitios que te marcan. Su maravilloso paisaje clásico es tan mágico que sirve de empapelado de fondo aún para tus sueños".

Así fui desgranando los lugares a los que debía ir y mezclándolos con los que solo habitaban en la fantasía de los encuentros casuales. Me perdí y erré el rumbo con plena conciencia y satisfacción, salté del norte al sur según me empujo el tórrido viento procedente de Libia o el capricho pasajero por conducir sobre una carretera que parecía querer penetrar en el mar en cada recodo

Salte sin orden ni concierto por lugares como Chania, Ierapetra, Sfakia, o Rehtimnon, que  ponían un poco de cordura a mi deambular y otros, como Heraklion o Elounda, que me devolvían la locura mientras paseaba por sus puertos al anochecer, cuando la luz del Egeo juega con la paleta de colores a imposibles cromáticos.

 

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