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Ecuador
La avenida de los Volcanes

Joan Biosca

Corría el año 1812 cuando Humboldt, infatigable geógrafo y viajero, denominó a esta inhóspita región de Ecuador: La Avenida de los Volcanes. Después de cruzar por la citada avenida sin vislumbrar apenas un par de las imponentes montañas que dieron nombre a esta serrana región, llego a la conclusión de que la climatología ha sido en cierto modo mi aliada a lo largo de este sorprendente viaje.


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La persistente lluvia, la niebla, las repentinas y violentas tormentas son mis compañeras de viaje durante tantos días que, cuando por fin saldrá el sol, lo miraré como a un extraño. La adversidad del tiempo me ha permitido observar las cosas a una distancia que de otro modo, -embobado como hubiese estado con los impresionantes paisajes- me habría sido imposible.

 Ver y descubrir las interioridades de unos pueblos que, ajenos a los tiempos que corren, llevan su propio ritmo. Su cadencia montañesa; donde el frío o la niebla son lo habitual: lugares como Saraguro, Ambato, Zumbahua, Guamote, y otras muchas poblaciones que aferradas a valles y montañas nos regalan los sentidos con sus coloristas mercados y con unas formas de vida que han resistido el paso del tiempo preservándose, milagrosamente,  hasta nuestros días.

Los mercados se llenan de un color hiriente. Colores golosos de luz que se escapa a medio día: refulgen los rojos, verdes, añiles... sobre cuerpos morenos y enjutos, rostros de mirada acuosa y sonrisa dispuesta. Compiten los descarados colores de las capas de las mujeres con los más comunes amarillos de las bananas, o los verdes de un sin fin de verduras que, amontonadas a lo largo de plazas y calles hacen temblar el olfato.

Mientras, hombres y mujeres que tal vez llevan mucho tiempo sin tener noticias ni de sus parientes ni del acontecer de su micro cosmos intercambian noticias. Se comunican embarazos, bodas, óbitos. Se discute de cosechas, se sorbe un humeante y ardiente café de puchero, mientras se mastica un pedazo de tarta.

Poco a poco los aldeanos van agrupándose, preparándose para el viaje de regreso a su aldea, aún más arriba: por encima de esos agotadores 3.000 metros, donde el aire se hace liviano y por la noche es posible tocar las estrellas. Donde las noticias cuando llegan lo hacen con retraso, y es que no tiene ninguna importancia, -allá en las montañas- que los americanos estén invadiendo Irak; que el precio de la gasolina haya aumentado otra vez o que la democracia de algún país vecino esté amenazada por la oligarquía de siempre.

Mañana regresará la normalidad, los indígenas -con resaca de fiesta- volverán a escalar las empinadas laderas donde con no pocos esfuerzos se siembra el maíz. El humo de sus cocinas se abrirá paso entre la llovizna hacia un cielo gris que tal vez no acabe en tormenta.

 

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