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Holanda
El Círculo Dorado; Navegando en el Ijsselmeer

Joan Biosca

 

El día había amanecido brillante, con esa luz dorada tan propia de las costas atlánticas europeas. En el puerto de Enkhuizen, las sombras de los mástiles se estiraban lánguidamente mientras los veleros atracados apenas se mecían bajo la suave brisa. Era uno de esos días de principios de primavera en los que todo invita a dejarse llevar, sin más expectativa que la de disfrutar de lo que la jornada nos regale.

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El aire llegaba impregnado de aromas marinos y, tanto los viejos barcos de cabotaje decimonónicos como las casonas que perfilaban el puerto,  invitaban a dejar flotar la imaginación y sentirse fuera del siglo XXI para penetrar en los finales del siglo XVIII, la época en que las costas que abrazan aquella ciudad holandesa eran lamidas por las feroces olas del mar del norte. Los barcos de madera, que ahora lucían las tablas de las cubiertas relucientes y los cascos repintados, debían tener en aquellos tiempos el aspecto propio de los buques pesqueros y la atmósfera, sin duda, se llenaba de olor a arenque recién pescado y humo de carbón de las chimeneas de las tabernas portuarias.

Pero vayamos por partes, situémonos en lo geográfico, ya que en lo onírico no hay brújula ni norte que sea capaz de marcar la pauta cuando se desboca la imaginación. Se conoce como Círculo Dorado a la ruta que circunvala el Ijsselmeer, el mar interior de Holanda. El calificativo de Círculo Dorado se debe a las riquezas que atesoraron las poblaciones ribereñas durante la época de expansión colonial holandesa. Así, ciudades como Hoorn, Enkhuizen, Makkum o Volendam, crecieron y se expandieron económica y culturalmente al abrigo de los cargamentos llegados de ultramar. Aquellos eran tiempos en los que la navegación comercial estaba íntimamente ligada al colonialismo y, por supuesto, a la aventura. Europa ensanchaba sus fronteras y las especias de Indonesia, las sedas de china, el cacao africano o el café de América, atestaban los almacenes portuarios. En los muelles se mezclaban los olores procedentes de los confines del mundo con los propios: pescado en salazón o ahumado, listo para ser exportado a las tierras del interior de los Países Bajos; perfumadas ginebras y potentes cervezas recién llegadas desde las destilerías de tierra adentro se cargaban en las tripas de los barcos para ser trasladas a otros continentes. Trajín y griterío portuario, relinchar de caballos percherones e imprecaciones de carreteros mezclándose con las maldiciones de los marineros cansados de olas y sedientos de taberna... Claro que, entonces, el Ijsselmeer no existía y a las poblaciones ribereñas las bañaba el iracundo océano Atlántico.

 

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