Notas de un paseo por Vietnam
(primera parte)

Por Joan Biosca

Hanoi, la llegada  

Los gestos hieráticos y la mirada glacial de los policías y la bandera roja con una estrella dorada que cuelga de una pared le dan al espacio el toque definitivo de frontera. El silencio es sepulcral, tanto que ni siquiera se oye el habitual murmullo somnoliento de los pasajeros que, recién vomitados de las tripas del jumbo, se disponen a proseguir la liturgia viajera cruzando la línea imaginaria que diferencia el limbo -la tierra de casi nadie- con el país al que pretenden penetrar. Por alguna ignota razón, los policías de fronteras de cualquier país del mundo parecen salidos de la misma fábrica. Son clones producidos en una cadena de montaje en la que el control de calidad se esmera en producir ojos inexpresivos y gestos mecánicos. Mirada fría al pasaporte; mirada fría al propietario del pasaporte; sello empapado indolentemente en un tampón de tinta azulada o negruzca; estampado brutal del sello contra una página cualquiera del pasaporte; gesto de insolente menosprecio anexo a la devolución del documento que, traducido por la experiencia viajera, equivale, en el lenguaje universal de esos robots uniformados a: ¡Venga, tira p´alante que aun tengo que mirar con cara de mala leche a trescientos tipos más!. Es curioso, en las salas de llegada de los aeropuertos siempre afloran en mí genes tan antiguos que ni reconozco, y que deben remontarse a la época en que mis ancestros pirateaban el mediterráneo saqueando aldeas, violando y asesinando a cuanto bicho viviente se le pusiese por delante. De otra forma no me explico a que viene esa sensación que me arrebata el ánimo y me hace sentir culpable de mil y un delitos con sólo ver la garita en la que se agazapa el policía de frontera.

La carretera que une el aeropuerto con Hanoi es una sucesión de baches, agujeros, cráteres, simas insondables y millares de conductores vietnamitas jugando a la ruleta rusa pero que, en lugar de pistola usan un coche o un camión, o una moto o cualquier otro artefacto capaz de desplazarse sobre ruedas. Uno concluye que en Vietnam los conductores están esponsorizados por alguna maquiavélica corporación farmacéutica. Es imprescindible hacer acopio de pastillas contra el mareo, ansiolíticos y alguna píldora de nitroglicerina por si nos falla el corazón en la entrada de una curva. No vale el truco de dormir, todo está estudiado, los baches y el claxon que los conductores llevan pegado a la mano se encargan de impedirlo.

 

Milagrosamente llego sano y salvo al hotel, abandono mi mochila en el vestíbulo y salgo disparado a la calle. Necesitaba encaramarme a un taburete en la barra de un bar y aniquilar mi estado nervioso a base de cerveza fría. Tiempo habría de pasear Hanoi y descubrir que aun se respira en sus bulevares el aire intemporal de cuando los colonos franceses estiraban las tardes a base de sorbos de Pernod y las noches con tragos de absenta.

No recuerdo el nombre del tugurio en el que acabé sentado bajo el arrullo de un asmático ventilador de techo y el ronroneo de un aparato de aire acondicionado que no acondicionaba nada. Pero jamás olvidaré la belleza de la camarera ni la negociación por conseguir mí preciado tesoro: una cerveza fría. Sin duda Ásia es mágica.

-         Güan Carlsberg cold, plis. In botel.

-         No Carlsber, is finis

-         Okey. Güan “ba ba ba” very cold. (ba-ba-ba es el nombre de la cerveza local más común)

-         Yes

Llega la cerveza, recién sacada de las tripas del microondas.

-         is hot, plis, guif mi a biar cold

-         Güiz ais?

-         No ais, only cold

-         Yes

Diez minutos más tarde, la deliciosa camarera depositaba la misma cerveza sobre la mesa. La espuma había desaparecido, probablemente víctima de una sobredosis de hielo. Tras observar detenidamente jarra y camarera, reclamé, una vez más, otra cerveza, de cualquier marca, en cualquier tipo de continente. Y esa vez, sí. La criatura trajo un vaso, que vacié en mi garganta al mismo tiempo que descubría el sospechoso parecido del amarillo líquido con la, para mí, insufrible San Miguel... mejor me hubiese ido pidiendo cuarto y mitad de camarera.

Desde la ventana del  local contemplaba la provinciana Hanoi, con su hervidero de Hondas llenando el aire de monóxido de carbono y bocinazos. Si los conductores vietnamitas tuviesen conocimiento del pentagrama, Hanoi sonaría como el mayor órgano del mundo. Toda ella tiene el regusto de esas ciudades sencillas que presumen de pasado glorioso. Hanoi se agita a golpe de bocina en las avenidas flanquedas por casonas coloniales y se sosiega a ritmo de Tai-Chi en los parques que plantó de tamarindos la colonia francesa mucho antes de que los vietnamitas se hastiasen de los franceses y les invitasen a salir por la puerta de atrás, a cañonazos, claro. La ciudad hace horario de gallina, se despierta con urgencia al amanecer y languidece a lo largo del día hasta quedar dormida al anochecer, cuando en el barrio viejo los canteros dejan de esculpir lápidas funerarias y no queda luz para activar las células de las videocámaras de los turistas.

 

 Halon Bay, leyendas de dragones alados

 

Aquella tarde la bruma jugaba al escondite con la bahía de Halon; las islas parecían emerger de la nada, mientras que el silencio sólo lo rompía el asmático respirar del motor de la barcaza abriéndose paso entre la madeja blanquecina de la niebla que envolvía rocas y mar, y que le confería a la mítica bahía el aire de atemporalidad que exhalan los lugares que son tanto una leyenda que una realidad. Halon se envolvía en el misterio, se ocultaba del presente y permitía a la imaginación fluir hacia otros tiempos, hacia  la fábula que se narra en las cubiertas de los botes de los gitanos del mar, ese pueblo errante que ha tomado lugares como Halon como espacio para no asentarse, jamás, en tierra firme. Las leyendas que habitan en las brumas nos hablan de antiguos mandarines que para impedir invasiones marítimas, conjuraron a los dragones celestiales para que escupiesen perlas sobre la bahía y así impedir el paso de las flotas enemigas. Esa es la forma poética que explica la creación de las tres mil islas que emergen en Halon.

La noche se apoderó del entorno a la velocidad con que lo hace en estas latitudes, en pocos minutos la lechosa luz que emanaba del sol sucumbió a la penumbra y la bahía se tornó presente sólo por el balanceo de la barcaza, que se acunaba mansamente en mitad de ninguna parte. Hasta nosotros llegaban, amplificados por la niebla, restos de conversaciones procedentes de los botes que son residencia de los gitanos del mar, tal vez algunos de ellos descendientes de los peligrosos piratas que hasta hace muy pocos años se enseñoreaban de estas aguas y que sólo fueron desplazados hacia otras bahías por el encono de las patrulleras de la marina vietnamita. Aun se cuentan, al abrigo de unas cervezas, historias de aquellos tiempos cercanos, puede que sean más invenciones que realidades, pero si uno se siente atrapado en las quietas aguas de la bahía, sin ver más horizonte que la proa de su barco, es fácil que la imaginación se desboque y que los susurros procedentes de los boats home le hagan despegar hacia una época en que sólo los temerarios y los desesperados se aventuraban por estas aguas una vez desaparecido el sol.

 

Notas de un paseo por Vietnam (segunda parte)

Notas de un paseo por Vietnam (última parte)

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