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Sri Lanka, un viaje sin rumbo

Joan Biosca

No podría hablar de Sri Lanka siguiendo una ruta lógica aunque quisiera. Esta isla me acogió con ganas de jugar al escondite y, afortunadamente, ganó la partida. Había planeado escrupulosamente la ruta. Sobre el mapa tenía trazado el recorrido perfecto, las escalas adecuadas y los lugares imprescindibles. La guía de viaje estaba llena de párrafos subrayados y una maraña de post-it amarillos colgaban de su flanco marcando páginas. De nada sirvió tanta documentación. Durante cuatro semanas Sri Lanka me llevó a donde quiso y en el momento que quiso. Si yo deseaba ir hacia el nordeste, pongamos por caso, un puente arrastrado por el monzón, una carretera bloqueada por el ejército, o un despiste de mí conductor, me precipitaban en dirección contraria. Di bandazos por la isla sin ningún orden ni concierto. Y me alegro de ello.


Campesino pedaleando hacia el arrozal en Tissamaharama

La noche de mi llegada la CNN se coló en mi habitación para informarme de que Colombo no era en aquel momento el lugar más idílico de la tierra. Los Tigres Tamiles -el movimiento independentista del norte de la isla- estaban en plena ofensiva terrorista en la capital. A la mañana siguiente la prudencia me aconsejó no acercarme a Colombo. El director de mí hotel me recomendó no viajar hacia Puttalam, al norte: el ejército estaba de maniobras. Y el conductor de mi coche, Khumar, añadió Bentota, al sur, a la lista de no adecuados por el momento. "Tal vez la semana que viene esté tranquilo", aclaró sin aclararme nada. Cerrado el norte por juegos de guerra, el este por el océano Índico y el sur por causas no aclaradas, sólo me quedaba el oeste. El instinto me dictó regalar el mapa de Sri Lanka, que tan cuidadosamente tenía trazada la ruta de mi viaje, a una chiquilla de trenzas brillantes y sonrisa publicitaria interesada por la geografía de su país. Encomendé mi destino al azar y la mítica Ceilán me llevó de paseo durante las siguientes semanas saltando de dirección y cambiando de objetivo día tras día. Descubrí el placer de sentirme absolutamente perdido.

La lluvia torrencial y la niebla se daban el relevo con impunidad, emborronando el país de las montañas. Kandy quedaba a un paso según el mapa, y en la práctica a cuatro horas sorteando montañas, ríos y plantaciones. La carretera ascendía perezosa el enésimo cerro. El viejo Ambassador resoplaba como un búfalo y entre los vaivenes del hipnótico limpiaparabrisas distinguía algunas figuras lejanas moviéndose en los campos. En medio de las plantaciones de té las recolectoras tamiles, oriundas del sur de la india, parecían flotar en un mar verde que se perdía en olas por las colinas hasta difuminarse por completo en la niebla. Recogían los brotes con velocidad de prestidigitador y empacaban, en el fardo colgado de la espalda, suficientes kilos de verde como para hacer crujir el espinazo de un estibador portuario. No creo que estas mujeres supiesen que en sus manos y sobre sus espaldas recaía el peso de explotar la principal fuente de ingresos del país, el legendario té de Ceilán.

Buda yacente de Polonnaruwa

Todas las mañanas, Khumar me detallaba las informaciones y rumores que había ido recopilando desde la madrugada. Desplegaba su ajado mapa de carreteras, y a pesar de sus dificultades por ubicar nuestra situación en el papel, me informaba de la ruta que su jefe le había recomendado por teléfono unos minutos antes; luego pormenorizaba la información escuchada en la radio y los avisos que le habían dado otros colegas; finalmente, con una única frase, bajando el tono de voz y mirando a ninguna parte, expresaba su opinión. En realidad daba igual hacia dónde decidiese viajar cada día. La mitad de las veces Khumar erraba la ruta y acabábamos donde alguien había recomendado no ir; y siempre resultaba que en aquel sitio, supuestamente plagado de insurgentes, nadie había escuchado un disparo en los últimos tres años. Otras veces la carretera escogida o recomendada estaba barrada por desprendimientos o por desbordamientos, o por causas sobrenaturales, y terminábamos durmiendo en los bungaloes de un parque natural que, según todos los indicios, había cerrado sus puertas dos años atrás.

Cascada en las montañas del té, cerca de Kandy
Mujer tamil recolectando brotes de té
Plantaciones de té en las montañas cercanas a Kandy

Aprendí a coger lo que la ruta me ofrecía. Lo tomaba a tragos, ya fuese un campamento minero perdido en la espesura de la selva o una familia de elefantes de paseo nocturno a 30 kilómetros de donde se les suponía. Cambiaba de siglo con cada artesano con el que tropezaba o con cada aldea que repentinamente aparecía en medio de un valle. Khumar debía ser el único conductor de la isla que tenía sentado en el asiento de atrás un limitador de velocidad y, aunque siempre refunfuñaba juntando las cejas cuando nos adelantaba algún camión, acabó acostumbrándose a las paradas imprevistas para observar durante horas a unos recolectores de látex trabajando solitarios en las rectilíneas plantaciones, o la rudimentaria labor de alguna fábrica de azúcar que impregnaba el aire con una niebla empalagosa.

Hombre recolectando látex
Alambique de destilación de aceites esenciales

Buscábamos templos budistas y hallábamos plantaciones de canela en mitad de la jungla, o vetustos alambiques en los que se destilaban todo tipo de aceites esenciales, imprescindibles en la farmacopea ayurvédica, la medicina tradicional cingalesa. Lo que ocurría a los lados del camino pasó a ser la parte vital del viaje. Poco me importaba llegar al Parque Nacional de Yala o pasear por el Templo del Diente, en Kandi. La meta era una excusa para enfilar en alguna dirección concreta y por el camino tener tiempo de atisbar en casas ajenas, oler guisos extraños y deleitarse con el sensual sonido de la lengua cingalesa.

La aldea apareció por sorpresa. Surgió polvorienta y reseca en un claro de campos de caña y arrozales. Apenas diez o doce chozas y un horno para cocer barro formaban el poblado sin nombre. Olía a humo de leña y a curry recalentado. Bajo cobertizos de palma, los alfareros se afanaban en infundir a un mazacote de barro la dignidad de una olla o un jarro; a sus pies se apelmazaban intentos malogrados, proyectos de platos y cazuelas. La mole de Siguiriya se alzaba imponente en el horizonte, enseñoreándose del paisaje, disimulando en la lejanía la decrepitud con que la trataron los años y los enemigos.

Poblado dedicado a la alfarería en las cercanías de Sigiriya

Sigiriya, montaña sobre la que se levantaba el palacio del Rey Kasiapa

Cientos de aldeas anónimas, como en la que me encontraba, fueron necesarias para cobijar al ejército de artesanos y trabajadores que levantaron el palacio sobre la cumbre de la montaña; morada y fortaleza de un gobernante genial y extravagante: Kasiapa. Hace de eso unos quince siglos. Ahora queda bien poco, apenas unos muros y las maravillosas sonrisas de las Señoritas de Siguirilla escondidas en las cuevas de las laderas del monte. Kasiapa disfrutó de un magnifico paisaje durante apenas once años, luego todo quedó en nada. Perdió la batalla definitiva contra un pariente ingrato y su sueño de la cumbre de Siguiriya se evaporó a mazazos. Ahora suben hasta allí turistas sudorosos intentando captar con la imaginación la turbulenta historia que duerme entre los escasos muros que quedan en pie. Tal vez, el lugar más cercano a este remoto pasado se encuentre en la solitaria aldea de alfareros que siguen fabricando ladrillos tal y como lo hacían los que construyeron el complejo de Siguiriya.

Frescos de las famosas señoritas de Sigiriya en las cuevas de la montaña

Después de un par de semanas por Sri Lanka ya no me sorprendían los elefantes acarreando troncos por los caminos o merendando su ración de caña de azúcar frente a una taberna a orillas de la carretera, donde reposaban, tomando té, sus conductores. Mi capacidad de sorpresa por los pacientes paquidermos se había agotado en Pinewalla, en el orfanato de elefantes. En los recintos del parque había visto cachorros de todos los tonelajes, huérfanos o heridos por las iras de los campesinos que, incapaces de modificar los hábitos ancestrales de los elefantes en sus rutas migratorias, acababan por disparar con rudimentarias armas a los que cruzan aldeas y cultivos surgidos donde antes hubo jungla y paso franco.


Orfanato de elefantes de Pinewalla

En Pinewalla cuidan de ellos. Algunos se quedan allí con un más que justificado retiro laboral; otros lo hacen a causa de sus heridas, pero sus principales residentes son los huérfanos. A la hora del desayuno y la merienda una riada de elefantes en miniatura hacen las delicias de los numerosos turistas que se acercan al parque para disfrutar del espectáculo; entonces los cuidadores convierten el orfelinato en una especie de circo al aire libre en el que se suceden las exclamaciones y los aplausos del respetable, extasiado por la torpeza de los jóvenes paquidermos o por la ansiedad con la que se lanzan hacia los biberones que les ofrecen sus guardianes. Muy cerca, en una laguna artificial, algunos elefantes adultos, en diverso estado de salud, rezongan prolongando el baño y el masaje a la piedra que les aplican diariamente los concienzudos trabajadores de esta reserva. La mayor parte de los turistas se lo pasan en grande en su visita a Pinewalla. A mí me produjo una sensación de desasosiego que sólo pude edulcorar pactando un safari por el Parque Nacional de Yala. Ya había visto suficientes elefantes domesticados. Necesitaba escuchar cercano el resoplido de un animal que jamás hubiese sentido en sus patas las cadenas de una plantación ni comido un racimo de bananas de las amorosas manos de un celador.

Orfanato de elefantes de Pinewalla

Ha pasado algún tiempo desde aquel viaje; un periplo que terminó por convertirse en un paseo por los oficios olvidados a fuerza de ser comunes. Compartí polvo, barro y tabaco con los mineros que registran la tierra en busca de Piedras de la Luna. Olí el pescado secándose al sol y me salpiqué con la espuma cargada de escamas en el Índico. Me empalagué de canela y azúcar de caña y, aunque lo intenté, no pude emborracharme con la intratable bebida local, el toddy, una especie de cerveza producida con la fermentación del agua de coco. Recorrí pueblos ribereños donde al atardecer se cuece el pan en hornos de alfarería y los canales se convierten en baños públicos. Acabé ahumado de gente anónima, de sonrisas francas y de simplicidad.

Talla de madera
Hilando fibra de coco para hacer cuerda
Hombre cargando un bote
cerca de Colombo
Arrozal
Minero buscando piedras semipreciosas
Artesano tallando madera

Campesino preparando bastones de canela

Ahora, mientras escribo este artículo, las escenas cotidianas de aquellos días se me amontonan en la memoria. Entro de nuevo en las cabañas de los agricultores, me río otra vez en los canales cercanos a los pueblos junto con las gentes que al atardecer me ofrecían su mejor sonrisa y su pastilla de jabón, por si quería darme un baño con ellos. Hoy, aquellas semanas siguen acompañándome con cada taza de té y con cada noticia sobre el convulso juego de intereses y sangre que tiñe el norte de Sri Lanka y, mientras con la imaginación mezclo el humo de mis cigarros con el recuerdo acre del tabaco cingalés, evoco a las Señoritas de Siguiriya que continúan, como todos los cingaleses, sonriendo a los visitantes de un país que, a pesar del presente, sigue confiando en el futuro.


Familia tomando un baño en el canal de Dambulla
Peregrinas en el templo de Aukana
Joven orando ante el buda de Kataragama
Mujer de Dambulla
Recolector de látex



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