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La tribu perdida y el hombre invisible
País Zafimaniry (Madagascar)
Texto: Sergi Formentin - Fotos: Joan Biosca

Al alba, las primeras luces del amanecer luchan por dejarse ver entre la bruma matutina. Se escuchan los ahogados cantos de algunos gallos atrevidos y se vislumbran antiguas siluetas de mujeres enfundadas en coloristas lambas tradicionales. Un murmullo enlatado se desvanece entre las nieblas primerizas de la mañana. De lejos, se diría que los duendes de los bosques subtropicales se desperezan.

Hay siempre un poso de melancolía en los rostros zafimaniry que cruzo en mi camino. Me observan con ojos curiosos y sonríen de manera apocada. Nadie sabe muy bien quiénes son, nadie sabe muy bien qué hacen aquí. Pero eso poco importa ya en el siglo XXI, los zafimaniry siguen viviendo como antaño, sin que les importune demasiado, al contrario, creo que en el fondo les enorgullece, el hecho de ser considerados los últimos animistas de la isla de Madagascar.

Mi historia es la historia de un hombre invisible, alguien que fue desapareciendo poco a poco engullido por la niebla del atardecer. Pero  no deja de ser una

historia, y como todas las historias personales, no debería ser importante más que para mí mismo, pero juzgo necesario referirla a grandes rasgos para que pueda llegar a entenderme con mi propio yo cuando, recuperada mi imagen, me observo de nuevo en ese espejo roto que me muestra las huellas del pasado, las marcas de una vida corta pero larga e intensamente vivida.

Después de media vida viajando la mitad más uno del planeta, decidí vivir en los desiertos de África. Ese continente sangrante,despedazado, intenso, que me ofrecía un mundo brutal, auténtico, primitivo…y una vida de aventuras, de sensaciones, de recuerdos…
Ese fue mi paraíso durante años. Fueron esos los buenos tiempos, una época de viaje continuado, de desafío incesante, de reto inacabado, de aventura incontrolada. Surqué todos los desiertos africanos, atravesé luego sus selvas, navegué a través de sus tenebrosos ríos, comercié   mil   veces   con  sus habitantes, desafié de vez encuando a sus gobernantes, y   después,  cansado de dar mil yuna vueltas por el vientre de esa ballena de nombre África, me retiré entre las montañas del Hoggar argelino, a esperar una nueva llamada de la aventura, o si más no, a la muerte.

Yo conocía Madagascar de mis tiempos de reportero, de cuando aún no estaba enfermo de fiebres africanas, de los tiempos viejos en los que vine a cubrir un reportaje sobre las “desavenencias”, vamos a llamarlo así, entre el antiguo dictador Ratsiraka y el actual presidente Ravalonamana. Esa fue entonces una Madagascar distinta, veloz, intensa, si cabe aún africana.   Luego   vinieron      otros  reportajes,   un  tren  imposible  que atravesaba las selvas del este de la isla,   una   tribu    perdida   en    los

confines del extremo sur… Pero poco más que recuerdos borrosos me quedaban en la memoria y debo confesar que en esos momentos, Madagascar no significaba nada.

La desgracia o la fortuna de la vida me hicieron enamorarme perdidamente de “ella”. No sabremos nunca cómo ni por qué, no lo había hecho nunca antes. La mala suerte quiso que “ella” habitara en Madagascar, y fue desde el principio amor y desamor, encuentro y desencuentro en una orgía continuada de esperanzas y desengaños. No era feliz en mi África adorada, la seguía teniendo a “ella” en lo más profundo de mi corazón, enquistada también en mi mente herida, su recuerdo fugaz era más bien un fantasma, un espectro que aparecía todas las noches para recordarme cuál era mi lugar, cuál era tal vez mi destino. Sentía la llamada de la enésima  aventura. Esta quizás  la última, una aventura basada en el amor que iba a convertirme en un hombre invisible.

Así fue como un día lo dejé todo en mi África adoptiva, abandoné mi mundo, mis amigos, mi sustento, los paisajes imposibles de ese desierto sangrante y ambiguo que me aterraba y fascinaba por igual. Renuncié a la incomodidad de África, renuncié a la aventura cotidiana y me perdí sin más equipaje que una bolsa de mano, en las entrañas de esta isla surrealista a la búsqueda de un amor imposible.



Así llegué, vi y vencí, como un moderno Julio César, aunque sin estar dispuesto ni predestinado a entrar en los anales de ninguna Historia. Al contrario, estaba desapareciendo lentamente, engullido por mi propia aventura. Yo llegué en silencio, descendí por el mapa de la isla de manera discreta y di de bruces con estas montañas y bosques donde se ocultaba una tribu de sombras, de siluetas recortadas entre la niebla matutina, una tribu que descubrí entonces que se llamaban Zafimaniry.

Zafimaniry…Misterio…Pueblo de esforzados ebanistas en un país sin apenas ya bosques. Zafimaniry, prefieren seguir en su génesis, viviendo aislados de todo y de todos. Su historia es como un continuo canto al pasado, un lamento entrecortado  que  relata   pasajes  difusos de  una vida  errante  desde  los  lejanos  mares  de Indonesia, a través de

las costas de la India, por los pedregales del Cuerno de África, por la costa suahili y finalmente por capricho de los hados, en las remotas Tierras Altas malgaches. Huyendo de peleas pero guerreando con todo y con todos. Cada vez más lejos, huyendo de la civilización para encontrarse a sí mismos, huyendo tal vez de su propio fracaso. Hasta hallar sin saberlo sus montañas perdidas en medio de la nada, entre la meseta superpoblada y la selva más espesa y peligrosa, entre las amables alturas meridionales y las salvajes costas del Indico. Siempre en tierra de nadie, entre dos mundos, sin pertenecer a nada ni a nadie, un eterno limbo de espera; el tránsito hacia la esperada muerte. Tal vez fueran un pueblo invisible.
Un viejo jefe de clan me observa desde su indiferencia. Tendrá ahora más de ochenta años, se emboza en una manta rijosa y me escudriña con sus ojos aguileños. Balbucea alguna cosa incomprensible para sus adentros, con voz de ventrílocuo, después, con la sencillez de las cosas nunca aprehendidas, me invita a entrar en su desgastada choza de madera y caña. Mundo surrealista éste. Mundo de espíritus, de duendes, de fantasmas, de reveladores sueños, de plegarias lanzadas con la esperanza de ser escuchadas por esos invisibles ancestros capaces de comunicarse con la siempre sabia madre Naturaleza. Cultura   en   movimiento.   La  vida

prosaica de esta etnia se da de bruces con las imágenes románticas que guardaba en mi desmemoria. Mi viaje es también un ejercicio de autocrítica. La mirada del viejo chamán es un desafío, una encuesta permanente sobre mi pasado, mi presente y mi futuro. Saben sus dioses si existirá tal vez un futuro.

Huyo de sus ojos y de su compañía. Me aterra verme en el espejo de sus pupilas enfermas. Sigo mi sendero sin más rumbo que mi instinto, los olores, los sonidos, los recuerdos de otros, me llevarán hacia el sur. Sin saber qué busco encontraré aquello que en mi interior anhelo. Y no desaparecerá del todo. O eso dicen al menos sus antepasados. Aunque no les crea me dan miedo. Huyo de ellos y de mí mismo, busco mi amor imposible más allá de sus montañas, más allá de hasta dónde mis ojos alcancen.

Camino y camino por estos parajes deshabitados y cuando más libre me siento, más solo, más desarraigado, más confortable en mi abandono, más invisible, me doy de bruces de nuevo con otro pequeño poblado imbricado entre la naturaleza, emergido entre la niebla, rodeado de sombras amenazantes en forma de montañas. Y recobro el contacto humano, el olor a gente, a vida. Me hallo en el poblado de Faliarivo sin saberlo, posiblemente sin desearlo. Luego las cosas vienen rodadas, entro y salgo de las chozas de madera, converso con los ancianos, comparto tragos de su imbebible ron local, escupo en el suelo como ellos, degusto su arroz,

su mandioca, sus boniatos; sonrío a sus jóvenes, juego con sus niños, me hago su amigo sin siquiera saberlo, sin pretenderlo tampoco.

La vida depara sorpresas cuando uno viaja. Doy vueltas sobre mí mismo durante días, encerrado entre estos valles insondables, rodeado de pretenciosas montañas, entre la niebla, los bosques espesos y las figuras fantasmagóricas de estos animistas salidos de no sé dónde, llegados hasta mi vida sin saber nunca por qué. Hay miradas que calan hondo. Hay pupilas que narran historias antiguas, hay gestos que formulan preguntas. Y yo, cansado de tanta vuelta sin sentido, me veo en la necesidad de detener por un tiempo mi vida, y permanecer simplemente, que no es poco.



No me siento a disgusto entre estos zafimaniry extraños. Tampoco soy el hombre más feliz de la Tierra. Simplemente estoy, como ellos, en un tránsito dulce entre la vida y la muerte. Todas las grandes desgracias de los zafimaniry vienen dadas con la vida, todos los presentes llegarán después de la muerte. Los descendientes del legendario Maniry transitan por un limbo, en una etapa sencilla que habrá de llevarles hasta esa muerte en la que alcanzarán a encontrarse con sus antepasados, y a permanecer, simplemente. Dejarán de ser visibles para siempre, pero no serán nunca olvidados. No tengo antepasados a los que pueda rezar, si los tengo no me interesan, o no me acuerdo, así que recobro mis maneras prosaicas y sigo caminando, transitando por estos poblados surrealistas, como si todo se tratara simplemente de un sueño. El sueño de un loco nuevamente, de alguien que funciona por los impulsos del alma, alguien que ni tan sólo tiene alma y que regresa de sus propios infiernos para encontrar y perder el amor, y entre medio, se detiene, como si fuera todo simplemente una etapa entre la vida y la muerte, en las montañas de los últimos hombres puros. Recobro mi imagen y vuelvo a perderla, es como un juego perverso que me desquicia. No creo en leyendas ni en espíritus ni en fantasmas, ni en premoniciones. No creo ya más en el amor, pero pese a todo lo abandoné todo por amarla a “ella”, descendí de mi pedestal y me hice humano para encontrarme con una realidad que se me antoja surrealista sin ni siquiera serlo.

Dejé las drogas y el alcohol hace décadas pero me mantengo en un letargo permanente, embrujado ahora por los cánticos de sirena que emanan de la selva a media tarde, antes del crepúsculo. Las mujeres regresan de cargar leña, las niñas traen cubos de agua sobre sus cabezas, hay hombres que apuestan y otros que charlan mansamente ante las chozas de las que escapan humos, los bebés ríen y lloran, las abuelas sufren, las madres callan, y los padres ignoran. Pollos y patos se disputan la arena, se huele la lluvia, el boniato cocido y la mandioca. Toses roncas, ojos enfermos, frío en los huesos y de nuevo una enorme sensación de desasosiego, estoy desapareciendo lentamente, perdiendo mis miembros, volviéndome transparente, tal vez invisible entre la niebla vespertina que amenaza con engullirme para ocultarme durante toda la noche en su manto perverso, hasta que despunte el día y se disipen las brumas y si tengo suerte y el  hechizo se rompe, pueda seguir mi ruta surcando los caminos en búsqueda de las pistas del sur, ese sur del Sur tan buscado, tan deseado, que cuando lo encuentre me parecerá un insignificante premio para tan costosa travesía. Ese extremo sur en el que tal vez se esconda “ella”, en el que quizás me llegarán las voces de los náufragos de siempre mezcladas con los gritos de guerra de los modernos piratas, dónde los silencios tendrán sonido y la soledad será siempre en compañía, ese mundo de quimeras dónde dioses y  hombres se

hermanan en pagano matrimonio, y dónde incluso los nómadas desarraigados tendremos derecho a recobrar por un instante nuestra imagen ya olvidada, y encontrar y perder otra vez el amor.

No me doy la vuelta para mirar atrás cuando doblo la última colina del país de los zafimaniry. No he sido nunca amante de despedidas. Ellos tampoco. Mi paso por sus vidas ha sido estéril, invisible y no he dejado más huella que estas líneas, imágenes amorfas que en mi recuerdo sólo quedarán como retazos de siluetas sin rostro emergiendo entre las últimas nieblas del amanecer.




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