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Singapur, un organizado caos
Por Joan Biosca

Al atestado Voodoo no le falta de nada. Pink Floyd suena en los altavoces, el proyector de vídeo expande colores psicodélicos mientras la vieja banda puntea “Speak to Me”. Miro a mi alrededor y, por fin, compartiendo espacio con la heterodoxa fauna que puebla el local, reconozco Singapur. Expatriados abúlicos digiriendo borrachera; adolescentes chinos embobados con el video-wall; jovencitas vestidas de marca; descaradas camareras parecen ahuyentar a los numerosos turistas que deambulan por los alrededores buscando gambas a la plancha y tiendas de recuerdos. Sigue fluyendo la vieja Pink, como su apellido, por los mares de mi memoria y como ellos se preguntaban en “What do you want from me?”, yo no consigo tampoco respuesta en esta Singapur apocalíptica de neones, restaurantes verbeneros y atmósfera de quirófano.

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Cimbrea, cerca de mi rincón en la barra, una camarera china de orejas perforadas. Se suena su exigua nariz y se echa colirio a chorros en la rendija de los ojos. La catarata de colirio y la segunda jarra de Tiger me catapultan a la tormentosa Orchard Rd., la única calle comercial del mundo en que los paraguas son más baratos cuanto más llueve. No he tenido suerte, no ha llovido y sólo el aire acondicionado de esos emporios comerciales ha aliviado un poco el aplastante calor y la humedad para la que no había paraguas de oferta.

Orchard Rd. es un hervidero de centros comerciales alineados a lo largo de una cosmopolita avenida. Es el lugar por el que salen a pasear locales y foráneos, profusión de adolescentes a la cacería de la última moda italiana o el último estreno de Hollywood en DVD. Deambular por esta avenida sin acarrear media docena de bolsas de compra es casi un sacrilegio. Pateando Orchard Rd. uno pierde la orientación continental, se confunde el norte y el sur. Calle, escaparates y paseantes son un reflejo de país sin fronteras en un paisaje de aséptica arquitectura. Orchard Rd. tiene más de aeropuerto internacional que de calle. No he visto milenarias tradiciones y he oído demasiada música techno . Los escaparates ofrecían la última moda aterrizada de Milán, la electrónica más puntera o las joyas recién inventadas por diseñadores de Nueva York; los puestos de comida china -que parecían salidos del extrarradio de Shangai- se alternaban con terrazas en las que el brillo de las jarras de cerveza entonaba más con la lejana Dusseldorf que con Asia. Marea mirar los perfiles puntiagudos del Centro Económico clavándose en nubes que vienen de China y se dirigen a Indonesia. Aturden las remodelaciones coloristas de los viejos barrios, dónde apenas hace cincuenta años descargaban los sampanes las preciadas mercancías de Oriente y Occidente. Se aturrullan decenas de restaurantes llenos de turistas dispuestos a disfrutar de un menú de pasaporte internacional a precios internacionales.

Al Vodoo no le falta de nada. Una miope camarera cena escondida tras la barra. Extrae noddles en salsa de un tupper de cartón mientras una compañera suya, la que lleva la camiseta con el lema “Mi escuela de Primaria”, intenta seguir el ritmo que brota de la pantalla, donde la vieja banda arranca gemidos de placer a una guitarra artrítica de humedad tropical.

Si en lo arquitectónico esta ciudad es un catálogo que muestra la metamorfosis del adobe hacia el acero y el cristal, en lo humano Singapur es un zoo. Descubro en un parque a un grupo de niños jugando a las adivinanzas étnicas con los paseantes: “Are you from Germany?; Are you from Italy?... “Are you from? Singapur es un zoo representativo de la raza humana. Claro que los únicos animales de esta isla permanecen a buen recaudo en el domesticado escaparate del Jardín zoológico y en las jaulas de pájaros a las que tan aficionados son los chinos. La impenitente afición del ser humano por amaestrar la naturaleza ha hecho que en el zoo de Singapur los osos polares se conviertan en bailarinas, y las focas en pedigüeñas de sardinas. Los leones comen a una hora fija, la de máxima afluencia de visitantes y, por la noche, cuando se abre el zoo nocturno, los búhos parpadean bajo los focos, los murciélagos se envuelven en sus capas y los elefantes buscan un rincón sin iluminar para regurgitar en paz el heno tragado en la merienda. Los animales más salvajes de este país son los mosquitos, que los singapurenses aún no han conseguido erradicar, aunque acabarán por lograrlo.

La ciudad se pierde en todas direcciones, el barrio chino se expande sin control hasta rozar el Centro Económico, traspasa el río de Singapur y penetra lenta e inexorablemente en las calles de otras etnias. Se tropieza de vez en cuando con un barrio de mayoría india, malasia o árabe. Cambian los distritos y el color predominante de sus habitantes, el olor que escapa de los restaurantes y los artículos expuestos en las tiendas, la caligrafía de los rótulos de los restaurantes y la cacofonía de la lengua que hablan sus habitantes. Alfombras de Beluchistán, curry de Madrás, lacas de Shangai y farmacopeas sacadas de las culturas Ming. Pero no se altera la permanente sensación de estar en ningún lugar en concreto, persiste con encono la impalpable aprensión de ser un náufrago en el interior de una botella. He comprado flores para una visita a un templo dedicado a Rama; incienso para un buda gordinflón de una recién pintada pagoda; me he descalzado para atisbar el interior de una mezquita; y he escuchado los cantos en una endomingada iglesia metodista. Singapur es un poco de todo, meticulosamente embutido en una isla que me resulta demasiado pequeña para contener tanta variedad.

El Voodoo es un oasis entre la barahúnda de turistas en busca de restaurante; se abre a los cuatro vientos, como Singapur, en una imitación de cabaña paradisíaca de madera y bambú, y le da la espalda al falso río de Singapur, como Raffles desde su estatua, haciéndose el loco a lo que se cuece tras su chepa: un sarpullido de rascacielos llenos de dinerito fresco. Una maraña de lápices descomunales intentando escribir la historia en un cielo que, me temo, les es ajeno. Raffles haría bien en bajar de la estatua y largarse con viento fresco hacia la barra del Voodoo, pero bien pensado, este local no necesita para nada al viejo inquisidor dando la murga a mis legendarios rockeros.

Pasear un domingo por el Centro Económico de Singapur es una experiencia casi mística. A ratos se tiene la sensación de haberse colado sin permiso en un decorado cinematográfico en el que actores y técnicos han desaparecido. El silencio de las calles vacías y el brillo de tanto cristal, reflejado en los charcos que la lluvia ha dejado sobre el impoluto asfalto, le confieren a este barrio el aire de una ciudad sin patria. Podría ser la city londinense o un recorte de Manhattan, de hecho podría estar en cualquier parte este pedazo de Singapur, en cualquier parte menos en este rincón del sudeste asiático.

Presume Singapur de ser uno de los países más seguros del planeta y debe ser cierto. Apenas se ve policía y jamás se tiene sensación de inseguridad. Pero sus jóvenes cumplen dos años y medio de servicio militar obligatorio, y todos los hombres hacen una semana al año de prácticas en algún acuartelamiento. En este país parece que lo viejo, lo obsoleto, sólo tiene cabida en los museos. Todo parece recién fabricado o recién pintado, incluso los jardines tienes aspecto de haber sido plantados apenas unos días atrás. Singapur se vanagloria de sus leyes restrictivas, hace gala de sus prohibiciones y las vende en decálogos estampados en camisetas.

La legislación obliga a convertir los coches en chatarra al cumplir los diez años de edad. Está prohibido tomar alcohol en la vía pública. La ley vigila que no se encienda un cigarrillo en el lugar inadecuado, controla que no se mastique chicle, amenaza a quienes amaguen orinar en la vía pública y avisa de sanciones a delitos cotidianos con excesiva habitualidad. No, no hay mucha policía en Singapur, pero uno se siente asediado por la ley y el orden. Esta Asia es un paréntesis entre el caos del resto del continente que la circunda y el débil reflejo de un Occidente que, de pronto, se me antoja desorganizado, sucio y peligroso. Singapur es una jaula de cristal encerrada en sí misma y espoleada por la urgencia del futuro. A veces da la sensación de que es un país inventado en un laboratorio experimental. Los singapurenses afrontan la soledad isleña, la animadversión de los países vecinos, la confusión de sus visitantes y la certeza de los inversores, con la decisión y la perseverancia de los chinos, la paciencia de los musulmanes y la filosofía vital de los hindúes, aunque vivan al mismo ritmo que los europeos y el coste de la vivienda les haga hacinarse en barrios satélite.

Los singapurenses presumen de la mejor línea de metro del mundo, del país más seguro del mundo, de la ciudad más limpia del mundo, del mejor zoológico del mundo, del hotel más alto del mundo... Este país desea estar en los primeros puestos de los rankings mundiales, y no escatima esfuerzos en su meta, aunque para ello tenga que reinventarse a sí mismo cada década. Mezquitas, iglesias, pagodas, templos -hindúes o sikh-, sinagogas... Centros comerciales especializados en ropa, en electrónica, en música, en fotografía y, por supuesto, en artículos religiosos o mágicos. Singapur es un popurrí donde todo parece posible, desde saltar en un visto y no visto hasta la cercana Australia, hasta tatuarse una filigrana japonesa en la trastienda de un restaurante coreano. En Singapur todo es posible, todo menos creerse que uno está en Asia.

A las siete de la tarde, en el viejo puerto, el sol ya caía, y la línea del horizonte y sus rascacielos, en contraste con las viejas casitas recicladas en restaurantes, no podían ofrecer una postalita más adecuada. Desde la barra de madera del Voodoo me he reconciliado con esta ciudad. No la he comprendido, y eso es de agradecer. Las cosas o los lugares que se comprenden pierden el no-se-qué que les hace apetecibles o detestables, pierden magia, se quedan casi sin misterios y uno corre el peligro de acabar por no sorprenderse de nada.

He caminado, con los neones reflejándose en el falso río de Singapur, por la rivera de este canal que fue el eje del que surgió este país, y que ahora apenas es un reclamo para turistas de paso y navegantes de tour organizado. He cruzado de orilla a orilla, una y otra vez. He encaminado mis pasos hacia el norte por el Elgin Bridge, hacia el sur por el Puente Cavenagh, hasta darme de narices con el Centro Económico, con su maraña de rascacielos compitiendo en altura y en brillos de acero y cristal. Mis pies, después de todo un día cruzando avenidas y sumergiéndose en las tripas de Centros Comerciales, pedían una tregua. Mis oídos reclamaban el bullicio que les habían robado en los silenciosos mercados tradicionales, mis ojos un respiro y mi cuerpo un lugar neutral.

La música y el charco de oscuridad que pacificaba el centro de la plaza me han guiado hacia el oasis más ruidoso del mundo. La posibilidad de una cerveza fría y el letrero invitándome a disfrutar de la Hora Feliz han convergido para arrastrarme al interior de un bar que sólo tiene exteriores. Miro a mi alrededor y, por fin, compartiendo espacio con la iconoclasta fauna que puebla el local, reconozco Singapur en el vacío del espacio y en el fragor de conversaciones interrumpidas por el sonido que mana de los altavoces.

Al Voodoo no le falta de nada, como a Singapur.




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