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Islas Vesterålen, la soledad del Círculo Polar Ártico
Noruega

Joan Biosca

Extremo norte-oriental de la isla de Langøya

Hacía un par de años que había viajado por las costas noruegas y ya era momento de hacer una nueva incursión, más al norte, en el Círculo Polar Ártico, al prácticamente desconocido archipiélago de las Islas Vesterålen -las vecinas de las archiconocidas Islas Lofoten-, en el condado de Nordland. Como ocurre con todas las regiones costeras de Noruega, viajar por las Vesterålen equivale a toparse con un paisaje irreal en el que cuando se rueda en coche siempre se tiene la sensación de estar navegando, y en el que cuando se navega nunca te abandona la ilusión de estar pisando tierra firme. Así fue como lo percibí, a bordo de un viejo pesquero acompañado por Hendrik, un taimado pescador local ya jubilado que se avino a sacarme de paseo en su barca tradicional. Las frías aguas de aquel litoral -amansadas por el rosario de islotes y fiordos que lo pespuntean-, tienen más aspecto de lago domesticado que de rudo Atlántico Norte.

El mar al atardecer asemeja un lago domesticado abrazado por las cumbres

Mientras navegábamos cansinamente manteniendo siempre a la vista el perfil costero, las montañas que se alzaban en majestuoso silencio, derramándose en el mar, parecían proteger pequeños pueblos recogidos en sí mismos a los que nunca les faltaba un embarcadero. Si uno se entretenía en contar las barcas amarradas en las pequeñas dársenas, siempre resultaba que este número era muy superior al de las casas que se abigarraban alrededor del puerto. Noruega es uno de los países con mayor número de embarcaciones por habitante, y eso se nota por toda su geografía. A babor y estribor el paisaje se adornaba con pequeñas casas solitarias pintadas de rojo, eran las segundas residencias por las que los noruegos sienten verdadera pasión, si no compulsión. Casitas de madera situadas en los lugares más increíbles, muchas veces de complicado acceso, siempre asomadas al mar y generalmente con un pequeño embarcadero en el lugar que, en otras latitudes, estaría ocupado con un garaje para aparcar el coche. De vez en cuando nos cruzábamos con pequeñas lanchas fuera borda ocupadas por aficionados a la pesca, con algún silencioso velero buscando una brizna de viento, o con las tradicionales y panzudas barcas de pesca responsables de que la gastronomía noruega tenga su base fundamental en el pescado. En estas esporádicas visiones de navegantes muchas veces pude constatar rasgos de la peculiar personalidad de los habitantes de las Vesterålen en cuanto a sociabilidad. Ni un gesto de saludo entre quienes se cruzaban flotando sobre el mar, ni una mirada de reconocimiento ante los circunstanciales y temporales vecinos de olas. La normalidad con que los isleños hacen uso del mar es la misma con que en nuestras latitudes utilizamos las carreteras sin sentir, para nada, la necesidad de saludar a cuantos coches nos cruzamos.

Embarcadero particular en Erikstad - Hinnøya

Rinøyvåg - Hinnøya
Una región volcada en el mar

Embarcadero de Offersøy - Hinnøya
Puerto de Nykvåg

Los noruegos aman por encima de todo su independencia y aislamiento. Ello se traduce en su particular filosofía de vida, diametralmente alejada del estilo efervescente del mediterráneo. A lo largo de un viaje por estos litorales uno descubre los diferentes aspectos de esta peculiar filosofía vital: embarcaderos para una sola lancha en lugares en los que cabrían una docena de embarcaciones; mesas de picnic para una sola familia en prados en los que hay espacio para montar un camping multitudinario; casas solitarias en laderas en las que se podría erigir una urbanización; pueblos en los que la mayor parte de los habitantes viven alejados del centro y en los que es literalmente imposible encontrar un bar en el que reposar del viaje y compartir compadreos con la parroquia. Silencio y soledad van de la mano en un país que ha asumido la personalidad de su entorno y la escasa densidad de población como una bendición y una idiosincrasia de la que se sienten orgullosos.

Las pequeñas casas solitarias son una constante en el paisaje de las Islas Vesterålen

Hendrik mantenía un ojo en la sonda y otro en la proa, sorteando los faros que indicaban la buena ruta lejos de los escollos que espumeaban vibrantes. Su exiguo inglés y mi nulo conocimiento del noruego impedían cualquier contacto oral, de manera que uno y otro teníamos que conformarnos intentando adivinar cuales eran nuestras respectivas intenciones a lo largo de aquella jornada y, como suele ocurrir en estos casos, los dos nos equivocamos y la jornada desembocó en lo que ninguno esperaba. Yo pensaba que había quedado claro que tan sólo pretendía navegar unas horas, costeando entre islotes y fiordos; él asumió que mi intención era pescar unas docenas de bacalaos. Yo pensaba que siendo el hombre un jubilado de la pesca habría tenido a lo largo de su vida suficientes escamas en las manos como para que le quedasen ganas de seguir con el juego de la pesca; él asumió que siendo yo un turista mi mayor deseo consistía en arrancarle al mar unos cuantos kilos de pesca. El equívoco nos llevó a simultanearlo todo. Cuando yo le indicaba un faro en la lejanía, él ponía proa a toda máquina hacia el punto, zigzagueando sin aparente lógica, virando bruscamente, deteniendo el motor para arrancar de nuevo unos segundos más tarde hasta que, al fin, deteniéndose en ningún lugar concreto y manteniendo a la vista el faro en el que yo pretendía desembarcar, me colocaba una caña en la mano, cogía otra él mismo, lanzaba el aparejo hacia las aguas mientras me sonreía y susurraba la única palabra que para los dos tenía significado: bacalao.

Hendrik a bordo de su pesquero
Costa de la isla de Skogsøya

La captura de un gran bacalao frente a las costas de Vestbygd - Hinnøya
Faro automático en el fiordo Vesterålsfjorden

Aquel día había pretendido tener la visión contrapuesta del paisaje. Quería ver la tierra desde el mar para enfrentarla a la vista del mar desde la tierra. Me ilusionaba tener los dos ángulos de visión de un territorio que vive a caballo entre las rocas y las olas, y lo había conseguido a pesar de las dificultades de comunicación con mi anfitrión. Además me llevé un par de bacalaos para la cena. Lo que tampoco estaba en el programa es que Ian y su compañera Karine, propietarios de la solitaria cabaña de pescador en la que me alojaba, se empeñasen en enseñarme a destripar, limpiar y filetear el pescado. Descubrí, gracias a sus esfuerzos y a mi poca maña, que el mar es la gran pasión de los noruegos. No importa cuan alejados vivan de él, lo tienen siempre presente hasta el extremo de que no es nada extraño toparse con embarcaciones muy tierra adentro, montadas sobre un remolque ocupando buena parte de un jardín, siempre a punto para ser trajinadas hasta la costa aunque sólo sea por unas horas. Son los descendientes de los vikingos, los herederos de los mayores navegantes de la Europa Medieval. El mar corre por sus venas con tal naturalidad que es imposible que les entre en la cabeza no aprovechar cualquier ocasión para flotar sobre él. Así, Ian, mientras con la paciencia de Job intentaba mostrarme cómo debía colocar el cuchillo entre la espina y el lomo del bacalao para hacer un filete y no un estropicio, iba desgranándome el nombre de las barcas que había poseído y los rincones de las Vesterålen que había navegado mil veces. La verdad es que en aquel momento yo estaba más preocupado por mantener mis dedos alejados del filo del enorme cuchillo que por saber qué costas le parecían más interesantes y que rincones poseían historias más curiosas, pero el hombre le ponía verdadera pasión a las misiones que se había encomendado él sólo: convertirme en pescadero e ilustrarme sobre la región de la que estaba enamorado. De manera que, según el sol se escondía lánguidamente tras las montañas que cerraban el fiordo, y los desperdicios de los pescados iban amontonándose en un cubo que era merodeado ágilmente por el gato de la casa, me desgranó los secretos de algunos de los lugares que los días siguientes tuve oportunidad de recorrer, y aunque insistió con latina perseverancia en que abandonase mi coche junto a la cabaña y partiésemos los dos en su lancha hasta el extremo norte del archipiélago, no me quedó más remedio que acordar este viaje para otro momento. Aunque sin duda me hubiese gustado jugar a vikingo, no disponía, desgraciadamente, del tiempo suficiente para navegar aquel laberinto acuático que me separaba del punto final en mi viaje, en el extremo de la isla de Langøya.

Casa solitaria en la isla de Langøya
Costa del extremo sur de Hinnøya, frente a las Islas Lofoten, en el fiordo de Raftsundot
Barcos pesqueros en Hinnøya

Dos pescadores suecos presumen de sus capturas de bacalao en las costas de Hinnøya

Fiordo de Sortlandsundet - Sigerfjord
Atardecer en el embarcadero de Ringstad
Paisaje de la isla de Langøya

Los siguientes días el espíritu de Ian estuvo tan presente en el interior de mi coche que a veces tenía la sensación de que oía su voz narrándome, de nuevo, cómo Nyksund -el que fuera el segundo puerto pesquero más importante de las Islas Vesterålen-, quedó completamente abandonado tras la llegada de los barcos de gran calado, o por qué la iglesia de Langenes es el único testimonio del viejo emplazamiento de la población. Según paseaba por el parado yermo que ahora rodea la iglesia, podía imaginarme a los antiguos moradores de Langenes, recogiendo sus trastos, desmontando sus casas tabla a tabla y trasladándose a unos kilómetros para levantar, de nuevo, el pueblo, cerca de un mejor puerto natural, al abrigo del mar abierto. La historia del auge, declive y refundación de pueblos era una constante en el viaje. Pueblos que se abandonaban, pero no del todo. Paisajes que se mudaban, pero no definitivamente. El equívoco y la duda están siempre presentes en estas islas. A veces están representados por los arcaicos secaderos de bacalao en las playas de Hovden, que parecen atrapados en tiempos lejanos, y que a escasos metros de donde se levantan, desafiando el viento, esconden modernas factorías punteras en materia de salazón. En este país, cuando uno empieza a convencerse de la radical importancia de las tradiciones, tropieza con el anacronismo de un centro comercial del que no es posible escapar sin engullir unos kilos de fast food. Muchas veces tuve la impresión de que las Vesterålen son islas cerradas en sí mismas, conteniendo a su vez otras islas, a veces culturales, a veces filosóficas.

La carretera serpentea por la costa de Langøya
La iglesia de Langenes es el único recuerdo
de un pueblo desaparecido
Secadero artesanal de bacalao en las playas de Hovden
El perfil costero de las islas Vesterålen esconde pequeñas aldeas solitarias

Nyksund es un claro ejemplo de esta sensación que me acompañaba. Un pueblo atrapado en el extremo de una isla, tan volcado en sí mismo que cuando se empieza a rodar por el último desvío que -resiguiendo los acantilados-, lleva hasta la semidesértica población, la carretera cambia de siglo y de país. Desaparece la pulcritud del asfaltado noruego y te encuentras rodando sobre gravilla por un camino que acaba en el puerto solitario de una población aún más solitaria. Un par de hoteles y unas docenas de casas de madera, la mitad primorosamente restauradas y la otra mitad amenazando derrumbe inminente, se esparcen entre las colosales rocas de este fin del mundo. Este pueblo de pescadores fue abandonado por sus antiguos moradores a principios de los años '70. El duro clima y el aislamiento de Nyksund fueron los motores que lo empujaron hacia un rápido deterioro. A finales de los años '70 algunos hippies alternaban temporadas en la India con peregrinas estancias en esta población; algunos restauraron casas, otros medraron por los alrededores y, como solía ocurrir en la época, la fama de libertad y soledad de la aldea traspasó sus fronteras ejerciendo de reclamo a artistas poco convencionales, que encontraron en esta población un lugar lo suficientemente alejado de los mercados comerciales artísticos como para desarrollar su obra en casi perpetua introspección. El eco mágico de Nyksund se expandió y, tras la estela de los hijos de las flores y los creadores de arte moderno, llegaron los curiosos y el turismo. Hoy Nyksund no acaba de salir de su letargo, ni parece demasiado interesado en hacerlo, por más que algunos emprendedores construyan hoteles o restaurantes de modernidad indiscutible. El espíritu de la población sigue siendo el mismo, su alma atrapa a sus habitantes y les inyecta grandes dosis de melancolía. Nyksund suspira por ver sus calles repletas de ciudadanos y veraneantes, pero lo hace con la boca pequeña. En el fondo es una población con el espíritu del aislamiento incrustado en los cimientos de sus casas, como si las razones que empujaran a sus primigenios habitantes a cambiar de paisaje se hubiesen quedado instaladas en él.

Nyksund, un pueblo casi en el fin del mundo
Embarcadero de Nyksund
Los renos son los únicos habitantes de los grandes bosques del interior

Las Vesterålen son paisaje y más paisaje, carreteras que se pierden volando sobre acantilados y que penetran en bosques umbríos en los que los renos son amos y señores; o que escalan hacia cumbres, domesticadas por los vientos y arañadas por la lluvia. Su costa semeja las piezas de un rompecabezas que un gigante mítico pudo esparcir al azar. Islotes desencajados del litoral, escollos espumeantes y laberínticos fiordos en los que uno nunca sabe a ciencia cierta si se encuentra anclado en la inmensidad del continente europeo o ha saltado, gracias a un par de puentes, hacia un rosario de islotes que quieren jugar a isla grande y dejar la soledad isleña. El confuso desasosiego de Nyksund ejemplariza esta región noruega. Suspira por la llegada de visitantes, pero no lo hace con la ansiedad de otras regiones. El espíritu de la soledad, de la tranquilidad, de los paisajes sin mácula, está tan arraigado en la región como en sus habitantes, y, si bien les gustaría contar con un mayor número de turistas, tampoco les encanta la idea de perder la personalidad que hace de esta región uno de los lugares más peculiares de Noruega, una región que juega a no estar en parte alguna, a caballo del Círculo Polar Ártico y de las rutas turísticas mas trilladas. Vesterålen continúa siendo un espacio en el que es fácil jugar al desencuentro, a sentirse agradablemente perdido en un entorno domesticado a fuerza de normas y éticas.




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