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Madagascar, las islas de la Gran Isla
Texto y fotos de Joan Biosca

Había pasado un par de semanas vagabundeando por el norte de Madagascar, retozando por las playas salvajes del Mar Esmeralda, bizqueando ante la insolencia de la arena blanca y del imposible azul de sus aguas. Saboreé jugosos filetes de cebú en la ecléctica Antsiranana (Diego-Suárez), la ciudad en la que todo parece ocurrir en la trastienda de los sentidos y en la que la puesta del sol marca la inflexión de mundos antagónicos. Tuve tiempo de extraviarme en mercados bullangueros, en los que los puestos de venta se organizan gremialmente y el olfato ejerce de certero guía. En los alrededores de la ecléctica ciudad descubrí antiguos fortines militares en el Cap d'Ambre, con sus cañones apuntando al vacío desde la casi olvidada Gran Guerra, la que se suponía que tenía que acabar con todas las guerras. Había tenido tiempo de enfrentar días en los que no había nada que hacer más que deambular por los senderos del Parque Natural de Ankarana para jugar al escondite con los indolentes y escurridizos lémures o, con la ayuda de un guía, escudriñar entre la hojarasca del Parque Natural de la Montaña d'Ambré en busca del Brookesia, el minúsculo camaleón -el más pequeño del mundo- endémico de Madagascar y que apenas alcanza los 10 cm. en su etapa adulta. Los días habían ido pasando con la lasitud que tiene el tiempo cuando la imaginaria línea que marca el ecuador queda al norte y uno siente a flor de piel que se encuentra penetrando en el sur del sur.

La playa que se estira frente al Hotel Jardin Vanille, en la isla de Nosy Komba, fue la última parada terrestre en el viaje por las costas norteñas de la Gran Isla. Desde la terraza de mi bungalow, el mar había sido -las últimas veinticuatro horas- mi único horizonte. El mar y los sabrosos platos que Farida bajaba hasta la terraza de la habitación desde la cocina del hotel. Paseando por la playa frente al hotel, la misma que los aldeanos utilizaban durante la marea baja como atajo para ir de un extremo al otro de su aldea, del hotel sólo distinguía el bungalow, casi mimetizado entre la exhuberancia salvaje del jardín. Era esta costa y este hotel un refugio al que daba infinita pereza abandonar. Grupos de lémures se dejaban ver por los árboles que sombrean los jardines asilvestrados del hotel, atrevidas lagartijas pretendían compartir desayuno en la terraza que sirve como restaurante mientras algunos pájaros competían en osadía y trinos con la esperanza de pillar un trozo de fruta o un mordisco de croissant.

Si seguía la senda que, en bajamar, paseaban los aldeanos, llegaba en pocos minutos hasta un grupo de casitas de madera y palma en la que los pescadores remendaban sus redes o reparaban sus piraguas, mientras los niños organizaban partidos de atropellado fútbol que terminaban cuando el océano, de nuevo, ocupaba la playa, se comía el improvisado “estadio” y daba por acabado el juego. Entonces, cuando las mansas olas casi lamían las puertas de las chozas, los hombres salían al mar, las mujeres recogían a los niños, y frente a cualquier casa se organizaban tertulias de vecinos amenizadas por el griterío de los más pequeños y el flamear de la colada puesta a secar sobre las ramas de los árboles.

Cuando en el horizonte empecé a distinguir el puntito blanco del “Two of Hearts Two”, más que alegrarme por los días que me esperaban navegando las aguas del canal de Mozambique, sentí una pequeña punzada de desesperación. Se me antojaba que me veía obligado a abandonar el delicioso estado de ánimo conseguido a fuerza de olvidar cuanto había dejado a 8.000 Km. al norte, para meterme un intravenoso de olas en el exiguo espacio de un catamarán del que sólo conocía el nombre. Ni siquiera sabía quién o quienes eran sus tripulantes ni, a ciencia cierta, conocía el rumbo que tomaríamos. “Depende del viento” me habían dicho como si esta frase explicase algo o situase la proa hacia algún norte predecible. Si algo había aprendido en Madagascar era que uno nunca debe preguntarse nada, nunca debe planear nada ni, sobre todo, dar por supuesto nada. Ya me sentía como pez en el agua ante la improvisación de la improvisación y ahora, mi perspectiva más inmediata era la del confinamiento en un barco.


Catamarán “Two of Hearts Two” fondeado frente a la playa del hotel Jardin Vanille en Nosy Komba

Había aprendido a saborear cada minuto de silencio como si fuese un suspiro de aire fresco y a disfrutar cada instante en el que lo que estaba planeado se derrumbaba y, sin más, me imaginaba amontonado en la bañera de un barco escuchando conversaciones que me daban igual y, lo que era peor, teniendo que participar en ellas y aceptando la imposición de un horario y un rumbo. Maldije el momento en que acepté la propuesta de embarcar, y hubiese dado cualquier cosa por continuar defendiendo con uñas y dientes mi solitaria hamaca a la sombra del porche de mi bungalow mientras la brisa pasaba las páginas de un libro que nunca leería.


Vista de la playa desde el bungalow del hotel Jardin Vanille en Nosy Komba

El punto blanco poco a poco fue tomando forma. Según paseaba por la playa, como despidiéndome de la isla y la paz, al punto blanco le creció una gran vela, luego dos afiladas proas, más tarde un mástil que parecía que nunca acababa. Escudriñaba la cubierta esperando ver una multitud holgazaneando al sol. Pero nada, no podía distinguir ni un alma, apenas un par de siluetas quietas en la popa. Recuerdo que, cuando casi se vislumbraba el nombre del barco, pensé: “Con un poco de suerte su nombre es El Holandés Errante y cruza frente a la isla dejando tras de sí una estela de niebla y misterio”. Afortunadamente no acerté. Su nombre era “Two of Hearts Two” y a bordo de él conocería a un par de entrañables personajes que me mostrarían algunos de los rincones más salvajes de la costa norte de Madagascar.

Gracias a la marea baja tuve que alcanzar el barco caminando sobre los afilados y resbaladizos corales y, pasadas las protocolarias presentaciones, después de excusarme media docena de veces por confundir al capitán con el cocinero y a este último con un turista de excursión, mientras bajaba a tragos la segunda cerveza que alguien -no sé si el capitán, el cocinero, o un marinero, que resultó ser un amigo del capitán-, había puesto en mi mano. Recuperé un poco el estado de ánimo adecuado, el mismo que la playa que abandonaba me había inoculado, y me dispuse a asumir que la diosa fortuna me estaba regalando una travesía en la que me sentiría flotando sobre territorio malgache, con todo lo bueno que eso tiene y nada de lo, digamos menos bueno. Michel Linoleger ‘Papá Michel', un parisino afincado y enamorado de Madagascar, ejercía el papel de capitán. Ismael, un malgache taciturno y reservado, el de marinero. Soraya, más taciturna y reservada aún que Ismael, el de cocinera y, al fin, Francis, otro parisino casi recién afincado en Madagascar y que aún no había logrado perder su cerrado acento capitalino, que desarrolló, no sé si voluntariamente o no, un maravilloso instinto de anfitrión. Con esta compañía, y mientras el sofocante calor y la brisa evaporaban el efecto de las dos cervezas que me había tragado, emprendimos viaje. Por más que Papá Michel intentó, una y otra vez, explicarme que si tenía necesidad de ubicar mi persona en algún lugar del Universo, no tenía más que echarle un vistazo a la pantalla del GPS, no quise, no sé si por instinto o por estupidez, aprender a distinguir la diferencia entre los gráficos que indicaban las costas con los que revelaban el mar. Fiel a mi liturgia viajera me perdí irremisiblemente en el paisaje, y creo que conseguí ser convincente todas las veces que simulé prestar atención cuando Michel, paseando el índice sobre una carta marina, me explicaba a donde íbamos y de donde veníamos. Michel, ahora puedo, al fin, confesártelo: me daba igual el rumbo. Yo lo único que quería era flotar sobre aquel mar, dejar vagar la mirada junto al resto de mi persona y abrir cada día con la ilusión de quien recibe un regalo inesperado. Olas, olor a salitre, pájaros marinos revoloteando sobre las velas y, como único reloj, el que marcaba Soraya desde la cocina… La hora del aperitivo. La hora de comer. La hora de fumar un habano. La hora de bajar a dar un paseo por una isla. La hora de perder el tiempo, la mirada o los pensamientos en el horizonte inalcanzable.

Cada atardecer el sol jugaba a pintar colores imposibles sobre el cobalto infinito del cielo. Las nubes se teñían en gamas que iban del amarillo al naranja y, poco a poco, variaban hacia los rojos más y más densos hasta que en un último resplandor, que antecedía a la oscuridad total, todo el firmamento estallaba durante unos segundos en una gama inverosímil de violetas. La lenta mutación cromática la acompañaba el olor del humo de leña o carbón que -a medida que el cielo se iba oscureciendo-, llegaba de las cercanas aldeas frente a las que fondeábamos y, al mismo tiempo que en el firmamento empezaban a chispear las primeras estrellas, la cercana orilla se iba salpicando con las fogatas que en las chozas reunían a los aldeanos alrededor del resplandor de la lumbre y de las parrillas en las que se asaban los peces capturados unas horas antes en un mar antiguo y salvaje. Un mar navegado casi en exclusiva por las arcaicas piraguas de los pescadores que han poblado estas costas a lo largo de generaciones.

Con la llegada de la oscuridad el olor del humo azulado de los fuegos de la aldea se hizo más palpable, perdió el calificativo de tenue para adquirir el de evidente. La brisa marina cesó, parecía haberse evaporado, como si hubiese seguido el último resplandor del sol siguiéndole tras la raya del horizonte. Cuando los últimos destellos de color hubieron desaparecido el ambiente se tornó oleoso, apenas se distinguía entre los tonos con los que se opacaban y fundían mar y cielo. Cuando el tiempo pareció detenerse y de tan calmada que estaba la mar me dio la impresión de que estábamos flotando en el aire, una voz pareció navegar a medio camino entre el “Two of Hearts Two” y las fogatas que marcaban la playa de la aldea. No había forma de saber si aquella voz hablaba a la nada o lo hacía hacia nuestro barco. Era apenas un murmullo que se acercaba hacia nosotros acompañado por el rítmico chapoteo de un remo al clavarse en el mar. Unos segundos más tarde, cuando la voz ya había callado y sólo se escuchaba el siseo del remo, se hizo sólida la silueta de una pequeña piragua pilotada por la sombra de un hombre. Cuando la sombra dejó de serlo al alcanzar el área que iluminaba tenuemente la luz de la cubierta del barco, la voz habló de nuevo. Dejó de ser sonido espectral. El hombre, que flotando a tres o cuatro metros de la popa de nuestro barco sonreía mientras hacía gestos amistosos y repetía de nuevo la frase que me era absolutamente ininteligible, podía tener 60 ó cien años. Una rala barba blanca le tamizaba el rostro. Tres dientes eran toda su sonrisa. Cuando le saludé en francés, hizo un gesto de asentimiento, como si comprendiese las tres o cuatro palabras que le dirigí. Puede que interpretase mi propio gesto, o la sonrisa, pero no mis palabras. En aquella aldea de la que el viejo era jefe, nadie hablaba francés. La aparición, casi simultánea, de un teléfono móvil en la mano del viejo y la de Ismael en cubierta, clarificó la situación. El viejo al ver a un hombre de su color sobre el barco, se dirigió a él disparándole una ráfaga de frases. Soy el jefe de la aldea. Bienvenidos a nuestro pueblo. Pueden quedarse aquí todo el tiempo que quieran. Mañana por la mañana bajen a la playa y conozcan mi gente. ¿Pueden cargar la batería de mi teléfono móvil? ¿Tienen alguna medicina para la diarrea? Ismael, a su vez, le disparó un par de frases, tomó el teléfono y el cargador que el viejo le tendió y el anciano, tras mostrar de nuevo sus tres dientes y despedirse alzando la mano, remó de nuevo hacia la oscuridad y el pespunteo de las fogatas que perfilaban la playa.

Mientras hombre y canoa se difuminaban hasta desaparecer en la oscuridad y el agua sólo traía el siseo de su remo, tuve la impresión de haber sido testigo de una aparición espectral. Sólo las explicaciones de Ismael me sacaron del ensueño. Todas las aldeas de aquellas costas poseían algo tragicómico en común. No tenían electricidad, ni médico, ni ayudas estatales de ningún tipo. Todas ellas estaban ocupadas por uno dos o tres clanes familiares que dependían de la llegada de algún barco cargado de turistas curiosos para abastecerse de unos vatios de energía eléctrica con los que cargar un teléfono móvil que, generalmente, no disponía de cobertura. Los vazaas -nombre que los malgaches dan a los europeos y que en su idioma significa, literalmente, blanco-, eran, para los aldeanos, lo más parecido a un médico, una botica y una central eléctrica.

Aquella noche, durante la cena y la velada que se estiró largas horas, Papá Michel me habló de aquellas aldeas, a veces formadas por cuatro rústicas cabañas, a veces por una docena o dos de chozas y también por una vetusta y maravillosa escuela en la que se amontonaban cincuenta niños de todas las edades, y en las que una sola maestra intentaba transmitir conocimientos simultáneamente a cuatro o cinco cursos académicos. Me habló de todo lo que pude ver en los siguientes días, me transmitió su extraño sentimiento hacia el país que amaba: una mezcla de desesperanza, paternalismo y aceptación de lo inevitable por la forma de vida y el futuro de aquellas gentes que vivían, sin ser conscientes de ello, en una perpetua lucha perdida entre la vida rudimentaria, básica y tremendamente austera de su cotidianeidad ancestral y la llegada del progreso que llegaba a sus costas de la mano de los primeros turistas que recalaban en sus playas. Pueblos que oscilaban entre la pobreza endémica de la única realidad que conocían y el brillo de los oropeles de los navegantes de placer o de los inversores que, en cualquier momento, descubrirían paisajes paradisíacos a los que incrustarles un romántico hotel con un par de docenas de habitaciones. Con ello llegaría dinero fresco del que una pequeña porción, en forma de salarios elementales por trabajos básicos, alcanzaría a los aldeanos.

Con los turistas llegaba dinero, la posibilidad de adquirir productos en lejanas ciudades a un día de navegación en piragua. También llegaban bolígrafos para las escuelas y medicinas que nadie sabía administrar. Llegaba ropa que los turistas dejaban como regalo y también acabaría llegando la prostitución y el alcoholismo. Los pobres sin porvenir se convertirían en mendicantes sin esperanza. Algo que, a fuerza de repetirse en cualquier lugar del tercer mundo, se ha convertido en norma de demencial uso social. El futuro se les venía encima y no había forma de concluir qué era peor para ellos, si continuar viviendo anclados en ninguna parte o aparecer en los mapas y existir en un mundo que, para ellos, seguiría siendo irreal e inalcanzable. Un regusto agridulce se acomodó en mi alma y ya no me abandonó. Me sentí como el espectador entusiasta de una película que hubiese preferido un final diferente, aún sabiendo que no era posible otro fin. Absorbí, como único antídoto para la confusión que se apoderaba de mí, todo el cinismo que pude robarle a Francis y, los siguientes días, sobrellevé mi dualidad de sentimientos con la menor impotencia de la que fui capaz. Los paraísos, si uno los observa demasiado cerca, dejan de ser idílicos. Lo ideal, si uno se sumerge brevemente en la realidad desnuda, se torna antagónico de sí mismo.

Conseguí disfrutar de la navegación por el Canal de Mozanbique y el a rchipiélago de las Mitsio, flotando sobre las aguas de las islas de Nosy Tanikely, Nosy Komba, Nosy Mamoko, Baie d'Ampasindva, Baie de Baramahamai, Nosy Iranka y Nosy Be. Gocé del regalo de dejarme mecer por el mar y el viento y de los paisajes de playas de ensueño, aldeas que se estiraban a lo largo de pequeñas calas recogidas entre el mar y las rocas de los acantilados que les protegían las espaldas. Me recreé saludando a los pescadores que, flotando con sus piraguas en mitad de ninguna parte, pescaban la cena para toda la familia y, con un poco de suerte, algunos excedentes que podrían ser salados, ahumados y cambiados por unos kilos de arroz en algún mercado lejano. Disfruté de cada puesta de sol que se me regaló y de cada cena que se sacó de la manga Soraya, que se ufanaba en la exigua cocina del “Two of Hearts Two” inventando platos dignos de un restaurante con estrella Michelín. Disfruté de los habanos cubanos que Papá Michel sacaba de una caja de madera tras la comida de medio día, y que tras celebrarlos a la poca salud de Fidel, saboreábamos en medio de interminables charlas, hasta que el calor y la brisa nos hacían buscar un lugar solitario en la cubierta del barco en la que evadirnos definitivamente de todo, y arrullarnos con la coral de nuestros ronquidos. Saboreé los gritos, entre salvajes e infantiles, que todos lanzábamos cada vez que un pez picaba en nuestros anzuelos y, por más que insistí, nunca conseguí que Soraya, la cocinera de abordo, transformase aquellos espléndidos lomos de caran en delicioso sashimi. Me embobé viendo el bullir del agua cuando docenas de cormoranes se lanzaban en picado a por su ración de peces, y me enternecí cuando algún sonriente delfín nos acompañó unos minutos en la singladura. Saboreé conversación etílica tras la cena con el intelecto agudo y cínico de Francis, y con el soñador y pragmático devorador de libros Michel. Me sonreí con los infinitos silencios de Ismael, y con su mirada perpetuamente perdida en el horizonte, gesto que sólo alteraba cuando un caran atacaba nuestros señuelos o cuando yo le desconectaba el control del timón y sagazmente buscaba en mi dirección, para reprender mi osadía con una mirada malhumorada y una media sonrisa. Jugué como un niño con un par de tortugas, hastiadas de turistas inmaduros, como yo mismo, que pretenden emular a Jacques Cousteau buceando mares coralinos. Viajé hacia el pasado al visitar escuelas en playas recónditas que me llevaron de excursión por los recovecos de mi memoria hasta mi niñez, cuando en las aulas de mi escuela de barrio las paredes también se vestían con grandes mapas geográficos y carteles de la extraña cartografía del cuerpo humano. Volví a recitar, en silencio por si me equivocaba, la tabla del 7 y la del 3, y mis ojos creo que brillaron por un instante, como los de los niños que se levantaban del pupitre para saludar a coro a los recién llegados que, tal vez tras su visita dejasen algún regalo, algún bolígrafo, acaso unos caramelos. Jugué con los niños en el recreo, la pelota una bola de trapos papeles y cuerdas, las porterías unas piedras. Me embobé con la habilidad de las manos callosas y artríticas de los viejos pescadores remendando sus redes, y me sorprendí por la pulcra e inteligente disposición de las chozas en el trazado urbano de las aldeas. Y, aunque fui invitado, no tuve el coraje de salir a pescar navegando en las piraguas con las que aquellos hombres retan cada día al mar y a la vida.



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