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En algún punto entre Beijing y Hong Kong

Reportaje de Mónica y Galo

De Norte a Sur. Dos puntos de una brújula que para nosotros simbolizan Beijing y Hong Kong, trayecto que hemos vivido en un viaje de tren. Sorprendente, largo, melancólico e inolvidable. A las 13h. salimos de la Estación del Oeste de Beijing, dirección Kowloon, el punto más cercano a la Isla de Hong Kong. Veinticuatro horas, un día entero por delante hasta llegar a nuestro destino. Impacientes al mismo tiempo que aletargados sólo de pensarlo ya que éste iba a convertirse en el viaje más largo de nuestras vidas hasta el momento, pero sabíamos que pronto vendrían más.


Tren veloz

Con todo nuevo viaje, el pasajero despierta en sí una ilusión desconocida. La mochila, el equipo fotográfico y algo de comida se convierten en nuestras principales preocupaciones. Éramos primerizos y los controles de rigor para salir del país nos inquietaban y preocupaban por si la arbitrariedad de lo locales nos fuese a afectar. Todo el mundo sabe que Hong Kong pertenece a China pero no son iguales. Partiendo de la base que está reconocida como una SAR (Special Administative Region), las fronteras están bien marcadas y para un turista es cómo si saliese del país. Sin problemas o, como dirían los locales, mei wen ti. Los controles fueron un mero trámite donde cualquier persona que no sea un Zhongguo ren, a priori, está mejor visto ¿Injusto? Sí. Resulta poco alentador cuando descubres que los ojos rasgados son en algunos casos motivo de sospecha.

Este tren es más estricto que los aviones y veinte minutos antes de su salida las puertas se cierran, así que con cierto tiempo de margen llegamos a la estación. Pensar que sería pequeña y asequible hubiese sido ingenuo por nuestra parte porque, como todo lo que pertenece al gigante asiático, su tamaño se nos escapaba de las manos.

Un vagón detrás de otro formaban una larga cola de dragón que nos permitía intuir cuál sería el último de la fila. A la entrada, un hombre con una carpeta pide los diminutos billetes que cercioraban haber pagado un puñado de yuanes por más de 2.000 kilómetros. Él nos dio el cambio. Un billete de tren por una tarjeta dura que, a decir verdad, no debían haber cambiado desde el día en el que se inauguró el trayecto Beijing-Hong Kong.

Más que un simple aprobado. Siempre las primeras impresiones han sido las que crean los prejuicios y la nuestra no pudo ser más desconcertante. La imaginación jugó con nosotros los últimos días y pensábamos en un vagón más oscuro y sucio, pero no hay nada cómo comprobarlo con nuestros propios ojos y descubrir que estábamos muy equivocados. Un largo pasillo con compartimentos a la derecha. El nuestro tenía seis camas, en literas de tres, todas duras. ¡Qué shock oír a un chino hablar perfectamente el inglés! Y además, ofrecerse a ayudarnos con esa amabilidad a la que acostumbran en Beijing. Thank you o xie xie en HK se entienden por igual y el tren empieza a ser un fiel reflejo de lo que íbamos a encontrarnos. La cama más alta era la nuestra, una meta difícil de alcanzar, pero finalmente la maña ganó a la fuerza. A los chinos el tren les permite hacer aquello que más les gusta, comer y dormir, y ahí en medio estábamos nosotros. En pocos minutos, cada compartimento se había convertido en un hogar.


Pasillos del tren

Interior del tren

Compartimento

El tren comienza su camino hacia el Sur. Paisajes que se abren ante nuestros ojos, algunos esperados, otros nuevos. Pueblos agrícolas que parecen de otro mundo donde los coches, tractores o camiones reflejan que es ahora cuando están empezando a experimentar ese cambio. Y es que también se ven nuevas construcciones de altos edificios que impulsarán esa y las demás ciudades. Entre tanto, campos de cultivo que se pierden en el horizonte, que alimentan a este país de más de 1.300 millones de personas. Fábricas, ríos y grúas son los actores de esta película de veinticuatro horas que sólo acababa de comenzar.

Este tren bilingüe de ojos rasgados avanzaba más rápido que las horas. Vimos otra China diferente a la ciudad que acaba de decirnos adiós. El sol desapareció y no había mucho más que hacer. Sin luz, sin ruido, sólo quedaba una opción: leer hasta que el sueño se apoderase de nosotros.

Pasando las horas

¿Qué hacen más pronto, acostarse o levantarse? Aquí amanece muy temprano y los pasajeros comienzan sus estiramientos diarios mientras nosotros tratábamos de huir de sol con las sábanas de nuestras literas. No había más remedio… ¡arriba! La música mañanera que ponen no pudimos evitarla con un trozo de tela. Qué bien se duerme en esas camas. Al mirar por la ventana, parecía que estábamos en otro país. Los arrozales y una vegetación abundante estaban allí haciendo acto de presencia  una vez nos levantamos. ¿Cómo puede cambiar tanto el paisaje en China?  Las distancias inabarcables hacen que todo eso sea posible. Será difícil olvidar la imagen de un amanecer en un punto cualquiera entre Beijing y Hong Kong.


Arrozales al amanecer

Sí, viajar en tren es romántico, uno tiene la sensación real de estar llegando a otro sitio. Constantemente decimos adiós. Adiós a una ciudad, adiós a los obreros que construyen un país, a los campesinos que labran la tierra… y es que el tren no se detiene. Hong Kong es nuestra Ítaca particular. Llegar,  llegaremos, después de un día entero de trayecto, después de una comida, una merienda, una cena, ocho horas de sueño, de un desayuno… en unos momentos. Viajar y el tren es el matrimonio perfecto. Cada estación es un motivo para ilusionarse.


Afueras

Resulta asombroso que a la parte de China que dejamos atrás le siga el paradigma de la modernidad y del consumo. Este país se está construyendo, aún está por hacer y nosotros tenemos la suerte de intuir en que se convertirá. Desde el vagón 4, compartimiento 13-14, pudimos descubrir lo que hay detrás de este gran escenario. Ni rastro del capitalismo galopante entre Beijing y Hong Kong; hay gente que no conoce la firma Nike y eso que la fábrica está aquí.

El tren tiene clases, pero todos  nos encontrábamos en el baño. Todos nos dirigimos al mismo destino. El inglés y el cantonés se mezclaban confundiendo al extranjero que no sabe muy bien adónde se dirige. La sombra del Imperio Británico es muy alargada… sobre todo cuanto más nos acercamos al puerto perfumado, al skyline de Hong Kong.


Skyline de Hong Kong tras las ventanas del ferry

Ésta ha sido nuestra primera escapada de Beijing.  Más de 2.000 kilómetros de distancia nos separaban del lugar escogido o, tal vez, ¿el destino nos escoge a nosotros? Ir en tren a Hong Kong fue una buena idea, la mejor. El cansancio, la incomodidad, estaban en la cabeza. Viajar es mucho más que llegar. Hay viajes que acaban cuando se llega al destino y éste no fue el caso.

Para conocer todos los secretos del día a día en China visita el blog de nuestros colaboradores Mónica y Galo, una pareja que ha decidido instalarse en el corazón de Beijing y desde su blog narran sus experiencias cotidianas.

http://escribiendoenchina.blogspot.com


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