inicio
sumario
viajes
galeria
miradas
flash-news
info práctica
diarios de viaje
links

Gambia, no pasa nada
Reportaje de Joan Biosca

Vista desde un mapa Gambia semeja, para los románticos, la sonrisa de Senegal; para los pragmáticos, el estómago, también de Senegal; y para los cínicos, el relleno del bocadillo, de, por supuesto, Senegal. Dicen quienes han tenido la entereza de viajar a lo largo del país que existen dos Gambias, la de la costa y la del interior, la que se esparce a lo largo de las playas atlánticas y la que se difunde a orillas del río Gambia, que se estira cruzando el país de este a oeste, encajonado por un mar de manglares hasta derramarse en el océano Atlántico.

La frase “Gambia, no pasa nada”, es una cantilena con la que los gambianos pretenden tranquilizar a los turistas cada vez que se acercan a ellos para ofrecerles algún producto, algún servicio o algún trapicheo. Si la frase de marras la hubiese acuñado un creativo publicitario como eslogan para promocionar el turismo en el pequeño país africano, hubiese percibido una cifra deslumbrante por derechos de autor. Pero este no es el caso. Cada día me pregunté un centenar de veces qué idiota procedente de España esparció la letanía, qué idiota o tal vez qué perspicaz viajero, ya que, efectivamente, en Gambia nunca pasa absolutamente nada. Para quienes conocen otros rincones de África, Gambia es una mala experiencia. Para quienes, desde su desconocimiento del continente y sus gentes, África sigue siendo un lugar cuajado de peligros, Gambia es el paraíso, el lugar perfecto para perderle el miedo a explorar otras áfricas posibles.

Unos días antes de emprender viaje, exploré la telaraña de Internet en busca de información de primera mano sobre Gambia. La dualidad de pasiones que levantaba me entusiasmó. Para unos era un lugar en el que perderse interminables días, rodeado de gente simpática, comida sabrosa y paisajes de ensueño. Para otros era un lugar para el olvido, con gente malencarada que cuando sonreía era con la esperanza de sacar tajada de su muestrario de dientes, con un paisaje monótono y hoteles que lucían 4 estrellas sin merecer el calificativo de pensión. No puedo evitar, llegado a este punto, establecer una comparativa entre lo leído en diversos foros de viajes y lo vivido en primera persona. “Los gambianos son simpáticos y acogedores”. Cierto, pero sólo en el supuesto que quieran obtener algo del turista o se dediquen al lucrativo negocio del turismo, ya sea vendiendo recuerdos, haciendo de taxista o guía, regentando un restaurante para turistas o, en excesivas ocasiones, ejerciendo la prostitución. Oficio alternativo con el que miríadas de jovenzuelos intentan obtener unas divisas, muchas veces para poder comprar un desvencijado coche con el que dedicarse a trasegar turistas y asegurarse una fuente de financiación que les permita subsistir sin tener que acosar a cuantas europeas desembarcan en el país. Sin los aspavientos que los hombres suelen hacer cuando viajan a los mal llamados paraísos sexuales, el turismo sexual -como no podía ser de otra manera-, también afecta al género femenino de la abúlica Europa. Discretamente, cada año aterrizan en Gambia millares de mujeres maduras a la búsqueda y captura de carne joven y musculada, discretamente se dirigen hacia Senegambia y otros puntos turísticos y, discretamente, consiguen aquello que buscan. Lo cierto es que aunque en la mente de muchas de estas mujeres no esté previsto el retoce amoroso, la insistencia con que muchos jóvenes gambianos ofrecen sus servicios de sementales a cuanta europea se les pone a tiro llega a ser extremadamente agobiante.

Las divisas procedentes de los emigrantes, más los ingresos por la pesca y el turismo son los únicos pilares de la depauperada economía gambiana. La pesca va menguando, ya no se obtienen las capturas de antaño en ese Atlántico sobreexplotado, pero el turismo va a más y, aunque las inversiones estatales en este sentido son poco más que simbólicas, la población -al menos la masculina-, ha encontrado una fórmula que les permite continuar sobrellevando la dura vida en uno de los países más pobres de África. Según datos de la ONU en su estudio de 2009 del Índice de Desarrollo Humano, Gambia ocupa el puesto 168 de 182 países auditados. De igual manera que la sobreexplotación del litoral ha mermado las reservas pesqueras, otro tanto puede estar ocurriendo en el sector turístico. Hoteles de nombre rimbombante, con tarifas casi europeas y mantenimiento y atenciones deleznables. Restaurantes sólo aptos para bolsillos europeos. Servicios turísticos inexistentes o en manos de inexpertos “businessmans”. Decrepitud de los transportes públicos y privados. Gambia, en casi todos los sentidos es una muestra de África, de una África amable, si se quiere ver así, pero una África que para los turistas es cara y agobiante en el peor sentido de la palabra.

Afirmaban algunos participantes en foros de viajeros que “Gambia no es caro para un turista español”. Falso,… miserablemente falso si tenemos en cuenta que éste es uno de los países más pobres de África, y que un sueldo medio ronda los 50€ mensuales. Un viaje en taxi cuesta lo mismo que en Barcelona o Madrid, y eso tras un feroz regateo; si se comete el error de pagar la tarifa “oficial” que oferta el taxista, ésta haría palidecer de envidia a los taxistas de París. Si bien hay que aclarar que la gasolina tiene aproximadamente el mismo precio que en España y de paso advertir que, en la mayoría de casos, llamarle coche al artefacto en que nos montamos es un insulto a la definición. Comer en un restaurante sencillo cuesta lo mismo que comer en cualquier restaurante español. Dato estremecedor si tenemos en cuenta que la factura por dos platos de pescado, de excelente calidad por cierto, y un par de cervezas locales -de no menos calidad que el pescado-, cuesta el equivalente de dos semanas de trabajo para un gambiano medio. En opinión de otros foreros: “Las playas de Gambia son bonitas.” Bueno,… si uno nunca ha estado anteriormente en una playa, le parecerá bonita cualquier cosa con arena y agua. Las playas son grandes, enormes, se extienden durante kilómetros. Kilómetros generalmente cuajados de todo tipo de detritos arrastrados por las olas, las mareas y las fuertes corrientes que, provenientes de las profundas y frías aguas atlánticas, llenan las costas de la basura que largan al mar los grandes barcos pesqueros que faenan en la zona. “Gambia es un lugar tranquilo, sin apenas delincuencia” afirman con seguridad la mayoría de participantes en los foros. Absolutamente cierto. Tal vez si hubiese datos fiables sobre el número de policías de paisano que controlan los movimientos de la población comprenderíamos mejor la razón de esa prácticamente nula delincuencia. Ladrones los hay, por supuesto, ¿dónde no?, y no es raro que algún turista embelesado por el color de las verduras en un mercado popular se vea privado de su mochila en un descuido. Pero… ¿En qué lugar del mundo no coinciden en el tiempo y el espacio un turista tonto y un chorizo listo? Son almas gemelas que tarde o temprano acabarán por encontrarse, ya sea en Gambia o en la playa de la Barceloneta.

Gambia no depara grandes sorpresas al viajero, precisamente por ello es un buen lugar para dedicarse a no hacer nada. Un sano deporte que con frecuencia olvidamos en cuanto -armados con nuestro pasaporte- cruzamos una frontera. Los principales atractivos de la costa gambiana pueden verse en un par de días. La lista es tan corta que casi estremece. Ahora bien, si planeamos el viaje como un alto de una semana en la cotidianeidad aburguesada de nuestro día a día, Gambia nos ofrece la oportunidad de simultanear siestas memorables con incursiones a mercados bulliciosos. No es necesario darse empachos de carretera para alcanzar ningún objetivo. El tamaño del país permite salir de excursión por la mañana hacia el sur, sin perder de vista las salvajes playas hasta alcanzar la frontera con Senegal, comer en un restaurancito playero un sabrosísimo pez mantequilla, dar un paseo por las bulliciosas playas de Tanji o Brufut, donde se descarga el pescado y se ahúma para la exportación a los países del área, y estar de regreso en nuestro hotel a media tarde, justo a tiempo para saborear una cerveza al borde de la piscina y rememorar tranquilamente el griterío de los descargadores del pescado, o el susurrar de aquellos que, en la penumbra y el eco del crepitar del fuego, ahúman el pescado durante seis días, ni uno más ni uno menos, hasta que adquiere el tono dorado perfecto que le autoriza a ser puesto en la mesa de cualquier capital cercana. Por supuesto, en una escapada a Gambia es literalmente imposible abstraerse de que este país se desparrama a orillas del río que lleva el mismo nombre, o tal vez sea al revés, que es el país quien ostenta el mismo nombre que el río.


Mercados de Banjul y Serekunda

Las dos principales ciudades de este pequeño rincón de África son su capital administrativa Banjul y su ciudad más populosa, Serekunda. La primera nace y muere encajonada por las lodosas riberas del río Gambia y las playas atlánticas, sin posibilidad alguna de expansión, en una isla a la que se le ha terminado el territorio. Es una pequeña población con aires abúlicos y provincianos, en la que nada hay que sea destacable por más que las guías turísticas afirmen lo contrario. Un suntuoso palacio presidencial cuyos alrededores están tomados por uniformes militares, uniformes policiales y trajes mal cortados de la supuesta policía secreta. Muy cerca de esa corte africana, en la que vive un presidente que ha prometido acabar con la homosexualidad a cualquier precio, se encuentra el bullicioso mercado capitalino. Un mercado que, como todos los mercados africanos, no tiene fronteras delimitadas, ni más orden que el de la gremialidad de sus callejones. Un delicioso mercado, como todos los mercados africanos, en el que extraviar los sentidos, maltratar el olfato, enloquecer los tímpanos y preguntarse ¿por qué? mil veces, a sabiendas de que nunca encontraremos respuestas a una pregunta mal formulada ¿Por qué la ropa que doné a una ONG en España está aquí a la venta, y apenas nadie la puede pagar? ¿Por qué los únicos que están sentados en los cafés sin nada que hacer visten uniforme y calzan lustrosas botas? ¿Por qué los que no visten harapos se apoyan en la esquinas y pretenden alcanzarlo todo con la mirada escondida tras unas gafas de marca de imitación? ¿Por qué entre tanta comida hay tanta hambre? Uno entra en uno de esos mercados y si al cabo de cinco minutos aún permanece en él tiene que, por fuerza, dejar de hacerse preguntas idiotas. Es necesario pasear sin rumbo y dejar que el olfato se haga con el control de nuestros pasos. Permitirnos treguas después de sortear los charcos pestilentes del mercado del pescado. Esquivar los enjambres de moscas en el de la carne. Escabullirnos de las miradas resabiadas en el de las verduras. Sacudirnos el polvo procedente de las montañas de ropa de segunda mano entre las que, tal vez, se encuentra aquel pantalón o aquella camisa que uno mismo donó a una ONG de esas que afirman que ayudan a salir del tercer mundo a países y paisanos que parece que no son de este mundo.

A diferencia de Banjul, a Serekunda no le falta territorio, si acaso le sobra ciudadanía. Nació esta ciudad a expensas de lo que Banjul no tenía. Espacio para acomodar, de una u otra forma, a la ingente masa humana que se desplaza del campo a las ciudades a la búsqueda de una vida mejor. Lo que ocurre es que la vida mejor que buscaban no la encuentran por la sencilla razón de que no existe, y acaban hacinados en ciudades caóticas y polvorientas que, como en el caso de Serekunda, se expanden día a día sin orden ni concierto. Surgen calles en descampados, de las calles nacen barrios que se solapan con otras calles y otros barrios que también nacieron ayer mismo, aunque tengan aspecto de tener mil años de historia, sobre los techos de chapa metálica de sus casas y bajo el polvo que ondulan los baches de sus calles. A veces eso, simples baches, a veces casi agujeros negros capaces de engullir cualquier cosa, animal o persona que se asome a ellos. Serekunda, por no tener, ni siquiera tiene palacio presidencial, ni falta que le hace. Lo que si tiene es el mercado más brutal, en el mejor de los sentidos, de todo el país. Un lugar que merece la pena tomarse tiempo, mucho tiempo, para descubrirlo. Es imprescindible salir de él de vez en cuando, tomarse un respiro, una bebida fría a la rala sombra de un baobab y, una vez repuestas las fuerzas, volver a perderse por sus millares de tenderetes, volver a negar las ofertas de mercancía de los vendedores, volver a preguntar el nombre de cien frutas y verduras que jamás habíamos visto. Volver a espantar las moscas que retozan sobre el pescado ahumado, volver a salir y, de nuevo, volver a penetrar en él. Una y otra vez, hasta que los pies nos pidan tregua, hasta que el olfato nos pida la paz, hasta que los oídos firmen el armisticio. Hasta sentirnos embotados y ahítos de humanidad.

 

• Mercado de artesanía de Brikama

El mercado de Brikama es el contrapunto caribeño y surrealista de esa África grandilocuente que en silencio lo expresa todo. Un par de calles polvorientas forman el mercado, con un par de docenas de casuchas -más polvorientas todavía- amenazando ruina y unas docenas de artesanos que trabajan la madera con mayor o menor fortuna artística, imitando a los rastafaris jamaicanos en sus gorras, en sus rastas, en sus barbas y en sus ademanes. Bob Marley lo preside todo. La bandera jamaicana ondula desde las camisetas de más de uno y sobre los dinteles de las puertas de algún taller. Bob Marley atrona el aire desde radiocasetes antediluvianos. Del fondo de un taller, entre ecos de martillazos, rechina la guitarra de Bob tañendo “One Drop”; desde el taller de al lado el altavoz de otro casete amenaza con derribar las paredes mientras Marley canta “No woman no cry”. Rastas, música, buena artesanía, ambiente afro-caribeño. Brikama es un lugar delicioso en el que pasar una horas charlando de Jamaica, como si todo el mundo allí supiese donde está, admirando rastas con mucha solera, jugando al parchís y, como no podía ser de otra manera, acabar comprando algunas cosas que una semana más tarde, ya de regreso a esa Europa previsible, no sabremos donde meter. No pude reprimir la tentación de comprarme un awale y, aunque el artesano que lo había realizado se empeñó en explicarme sus reglas de juego, no conseguí entrar en la filosofía, si es que la tiene, de ese antiquísimo juego de mesa africano. Desde que volví de esa excursión por Gambia el awale anda por el salón de mi casa, parece que tiene vida propia y va cambiando de lugar una y otra vez. Nunca desaparece de la vista, igual se asoma a mi vida desde un rincón de la sala, que preside la mesa del comedor, que usurpa el espacio vital de cualquier otro objeto traído vete a saber tú de dónde. A mi awale le pasa como a mis recuerdos de Gambia, que parece que están más vivos de lo que yo mismo estaba dispuesto a admitir antes de empezar a escribir estas líneas.


• Bijilo National Park

A pocos metros de la cerca de mi hotel, el Coco Ocean Resort, se encontraba uno de los parques más famosos del país por la profusión de monos que en él viven. El Parque Nacional de Bijilo, con 51,3 hectáreas, se estira a lo largo de la playa. Aunque los abúlicos guías oficiales que bostezan junto a la puerta de entrada al parque, insistirán hasta la desesperación en la conveniencia de contratar sus servicios, ello no es en absoluto necesario. Los senderos que transitan el parque están perfectamente señalizados mediante códigos de colores y es literalmente imposible perderse. Se dice que se han producido algunos asaltos a turistas en el interior del parque, y ésta sería la única razón válida para hacerse con los servicios de un guía que nos permita pasear sin el temor de que algún chorizo nos fastidie el día. Por otro lado, si se pretende la observación de los abundantes monos que pueblan el parque se hace imprescindible tener en cuenta que estos animales bajan de los frondosos árboles por la mañana para buscar comida, muy temprano, y que regresan a la fronda a última hora de la tarde, poco antes de que el Parque cierre las instalaciones. Es en estas horas cuando la visita al tranquilo parque será más gratificante. Docenas de monos, el cercopiteco verde (Cercophitecus aethiops sabaeus), deambulan en numerosos grupos por los senderos escoltados por una gran variedad de aves autóctonas. Familias con animales de todos los tamaños caminan tranquilamente mordisqueando algunas frutas caídas de los árboles, rascándose y despiojándose indolentemente, retozando y haciendo caso omiso de los escasos turistas que pasean por los senderos.


• Ferry de Banjul a Barra

El río Gambia es la arteria que divide el país por la mitad. Para los gambianos se hace con frecuencia imprescindible cruzarlo. Para los turistas, navegar por las oscuras aguas de la desembocadura del Gambia representa una de las actividades más impactantes que se pueden realizar en el país. Embarcar en uno de los vetustos ferrys que vadean el río, y viajar por él sin más objetivo que pasar unas horas a bordo, marca un hito en el viaje. Todo empieza en la Terminal de Banjul, en la inacabable cola que serpenteando entre barrotes de hierro lleva hasta la taquilla de venta de billetes. El sofocante calor y la filosofía con que los gambianos se toman la cola son el primer encuentro con otras de las realidades africanas: la decrepitud de los transportes públicos y la beatitud de los sufridores usuarios de los mismos. El horario de los ferrys, como tantas cosas en África, es teórico. Siempre hay un motivo por el que el barco no zarpa a la hora prevista. El más común es que a la hora prevista el buque aún se encuentra en el puerto de la orilla contraria de Banjul, Barra.


• Coco Island

Coco Island es, más que una isla, una entelequia. Es más, después de haber intentado posicionar su ubicación a través de Google Earth, llego a la conclusión de que jamás estuve allí, puesto que, ni siquiera en las imágenes de satélite aparece la isla, de la que apenas hay unas pocas referencias en todo Internet. Lo más destacable de este lugar es precisamente que no hay nada destacable en él, aparte de lo que se cuenta a media voz al abrigo de unas cervezas en cualquier taberna de Banjul, y de que es una maravillosa excusa para tomar el ferry de Banjul a Barra.

Un incómodo trayecto de 4X4 desde Barra y un delicioso paseo en cayuco desde el continente, me dejaron sobre una playa que sólo era bonita gracias al embrujo de la fotografía. Ya se sabe, en las fotos nunca aparecen las moscas, ni los mosquitos, ni el olor de pescado en putrefacción, ni los insectos desconocidos y casi invisibles que saltan del lodo de la playa a tus pies para beber sangre a manos llenas. Tampoco aparecen en las fotos los tufos de detritus humanos o animales, ni el llanto de algún bebé famélico. Ni puede fotografiarse tras la ventana que se cierra con urgencia, ni la sombra que se oculta tras una puerta tan rápido que uno no está seguro de haberla visto.


Coco island vista desde el embarcadero de la orilla contraria

Cayuco para el transporte de pasajeros a/desde Coco island

Plantación de marihuana

Poblado y playa de Coco Island

Los cocoteros sombrean el único poblado de la isla

La curiosidad de los niños por los extranjeros es lo más interesante y conmovedor de la isla

Coco Island al atardecer

Coco Island existe, sin duda, pero más en la leyenda que en la realidad. Al menos así lo creí después de pasear por su achicharrado territorio durante unas horas y dejarme mirar por algunos aldeanos ociosos durante unas horas más. Los aldeanos que me interesaban, aquellos de los que me habían hablado en susurros en una taberna de Banjul, no existían, o seguramente eran las sombras que desaparecían tras un portazo dejando rastros del acre aroma del humo de la marihuana, que percibí desde el primer momento, y que no me abandonó hasta que, de nuevo a bordo del mismo cayuco que me había cruzado, alcancé de nuevo la playa del continente. Coco Island es una playa sucia, un pueblo triste, una insolación en mitad del río Gambia y un mar de parcelas en las que se cultiva marihuana. Aunque de la marihuana aquí nadie habla. Nadie la planta. Nadie la empaqueta. Nadie la transporta y, por supuesto, nadie la vende. Crece en abigarradas parcelas, a veces sombreadas por un par de ralos árboles que dan refugio a unos agricultores de andar rápido y sigiloso que siempre tienen prisa por desaparecer de la vista de los forasteros. Se riega gracias a profundos pozos excavados en el barro hasta alcanzar los niveles freáticos del río Gambia. Se fuma gracias a un recorte de papel de periódico. Se vende en ninguna parte, ya que no se cultiva en parte alguna. Coco Island existe más en el imaginario popular que en la realidad, sin embargo Coco Island es una realidad en la maravillosa trastienda sin turistas de este pequeño país.

 

• Playas de Tanji

A primera vista la playa de Tanji es el paraíso para cualquiera que le guste tomar fotos. La cosa cambia en cuanto se penetra dos pasos en esta bulliciosa playa en el momento álgido de la descarga de la pesca diaria. Los gambianos, en general, adolecen de una enfermiza fobia hacia cualquier cosa que se parezca a una cámara de fotos. Da igual que uno la lleve despreocupadamente colgada del hombro, guardada en la mochila o que, en un instante de arrebato, se lleve el visor al ojo e intente un encuadre. Un grito desgarrador surgirá de cualquier lado, una mirada desafiante buscará los ojos del fotógrafo, un gesto arrogante saldrá de los brazos de cualquier gambiano que se halle en las cercanías. Da lo mismo si uno pretende una toma amplia del paisaje circundante o un primer plano de un solitario pescado sobre la arena, probablemente un tipo situado a tus espaldas te gritará a la oreja “no photo!!!”, lo que levantará la liebre y, en cuestión de décimas de segundo, una docena de individuos controlarán cada uno de tus movimientos hasta perderte de vista y, aunque hayas guardado la cámara en el rincón más recóndito de tu mochila, cada vez que tu mirada se cruce con cualquiera de ellos escucharás la letanía “no photo!!”. No acostumbro a ejercer de depredador en eso de tomar fotos a la gente, siempre pido permiso, charlo unos minutos con el individuo y, si no quiere que le retrate sigo mi camino y a por otra cosa. El caso es que la playa de Tanji sacó el peor de los depredadores que todo fotógrafo lleva agazapado en su interior. Contravine la fobia de los gambianos hacia la fotografía en una filia, una filia tan enfermiza -sin duda-, como la fobia al retrato que ellos sienten. Así que acabé por tomar más fotos de este colorista, bullicioso y apestoso lugar de Gambia que en el resto del viaje. Disparé por deporte, por despecho, por mala leche. Disparé por los mismos motivos que ellos querían impedir que disparase. Porque sí. Practiqué el, para mí, innoble arte de la depredación fotográfica con verdadera pasión, y me relamí cada vez que mientras uno me ahuyentaba con cara de mala leche, fotografiaba al tipo que se encontraba a su lado sin que nadie se apercibiese. Me desahogué de cada insulto musitado en cada mercado, de cada desaire recibido por ser portador de una cámara, y me resarcí de las pocas ocasiones en que alguien me pedía que le hiciese una foto. Tomé como norma preguntar la nacionalidad de aquellos que pedían ser retratados. Ni uno solo era gambiano. Las razones de esa visceral alergia ellos las sabrán, a mí no me interesa conocer sus motivos. Me basta haber paseado hasta el agotamiento por esa singular y espectacular playa, y haberme metido en las tripas del mercadeo hasta que me cansé de ruido y olor de pescado y ellos se hartaron de que, aparentemente, yo les ignorase.


Vista general de la playa deTanji

Lo primero que te asalta en cuanto te bajas del taxi en las inmediaciones de Tanji es el olor. Una mezcla de pescado fresco, pescado ahumado, pescado podrido y humo de leña te penetra en la pituitaria hasta el dolor. Unos segundos más tarde, cuando ya has aventurado los primeros pasos por la larga playa, y cuando aún no has salido de tu asombro por el bullicioso y colorista gentío que llena la arena, te funden con las primeras miradas resabiadas. Ociosos malencarados siguen tus movimientos con el aspecto de quien reprime las ganas de correrte a patadas. Tanji es lugar de visita “obligatoria” en un viaje a Gambia, pero pocos turistas se aventuran a caminar más que unas docenas de metros de allá donde les deposite su servicial taxista. La animadversión se siente a flor de piel, en cada mirada. Tanji es uno de los lugares más importantes de Gambia para la descarga, el comercio y el ahumado de la cuantiosa flota artesanal que faena en las aguas gambianas. Flotas de cayucos procedentes de Guinea Bissau, de Senegal y hasta de Sierra Leona, recalan en estas costas. Comerciantes y exportadores de pescado ahumado de los países cercanos llegan hasta esta playa para comprar y cargar en desvencijados camiones toneladas de pescado. Al atardecer, cuando las barcas llegan a la playa cargadas con sus capturas, son descargadas por docenas de jóvenes que, formando cuadrillas organizadas, se afanan en un trabajo urgente y extremadamente duro por el que cobrarán dos peces por cada barreño de pescado que descarguen. Ése será su salario. Unas docenas de peces que uno a uno irán entregando a una mujer de la cuadrilla para que lo ponga a la venta sobre la misma arena de la playa.


Descargadores de pescado

Vendedora de pescado

Una de las pocas mujeres que descarga la pesca

Jefa de una cuadrilla de descargadores de pescado

El trabajo es frenético, el ambiente aún lo es más. Las barcas, por su calado y el oleaje, no pueden ser varadas sobre la arena y esos hombres deben penetrar en el mar, con el agua hasta la cintura, para que los pescadores les descarguen, sobre el cubo que llevan en la cabeza, unas paletadas de pescado. Con esa carga cruzan a la carrera la playa para depositarla a los pies de los subastadores que intercambian gritos y billetes con los compradores. Otros tipos se afanan en llevar la mercancía hacia los ahumaderos o hacia las camionetas que aguardan en la cercana carretera. La escena se repite una y otra vez. Calcada, sin intermedio. Las camisetas del Barça o del Inter de Milán son -mayoritariamente- los uniformes escogidos por esas cuadrillas de descargadores de pescado. En las espaldas de las harapientas camisetas los nombres de millonarios jugadores. Docenas de Messi descargan un cubo de pescado tras otro. Docenas de Ronaldinho hacen lo propio entre los que visten los colores del Milán. Alguno hay del Real Madrid, pero no le presté demasiada atención. Hasta en este rincón de África el fútbol marca fronteras.

 

• Río Gambia

Lodoso, adormilado y monótono, el Río Gambia llega a Banjul, en la costa atlántica gambiana, para derramarse en el océano en un delta de más de 10 Km. de amplitud, después de haber recorrido 1.130 Km. desde el norte de Guinea. Se le siente cansado a este río que, sin quererlo, fue pieza fundamental para la vergonzante historia de África y el comercio de esclavos. Su navegabilidad permitió que durante siglos esclavistas europeos se enseñoreasen de sus riveras, atacando poblados para tomar esclavos que serían exportados a las plantaciones de caña caribeñas o algodoneras de Norteamérica. Cálculos optimistas afirman que unos tres millones de seres humanos surcaron -encadenados- las aguas del Gambia para ser trasladados al Nuevo Mundo desde la Isla James, junto a la desembocadura. James Island fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003.

Aquella mañana no tenía el cuerpo para “saborear” más historias sobre el tráfico de esclavos. Lo último que deseaba era navegar hasta James Island rodeado de turistas y seguir escuchando historias sobre esclavos. Harto estaba de oír hablar de Kunta Kinte por todos lados. Bastante tenía con la lectura alternada de “El corazón de las Tinieblas” y “El Rey Leopoldo” que me habían acompañado las últimas semanas. Necesitaba despejar la mente, olvidarme del océano, del bullicio de los mercados, de los turistas con cara de beatitud que retrataban niños y les regalaban bolígrafos. Necesitaba empacharme de soledad y silencio, y dejar que mis ojos y mi mente navegaran a su antojo sin nada en qué pensar, sin nada qué hacer. A veces la diosa Fortuna se apiada de los viajeros y les premia, o castiga, con un favor. Este fue el caso el día que decidí pasarme la jornada navegando río arriba por el Gambia. El barco elegido por un contacto en Banjul no tenía nombre. Lo que sí tenía era un patrón hermético y un ayudante-cocinero-camarero tan taciturno y parco en palabras como el tipo que, en popa, patroneaba aquella embarcación de madera que, sólo la Divina Providencia mantenía a flote bajo capas y más capas de pintura.


Garza en los manglares del río

Recolectoras de ostras

Árbol de los deseos

Manglares con las raíces repletas de ostras

Viejo barco de vapor hundido en el lodo del río Gambia

El esqueleto del Lamin Lodge

Niños jugando en el embarcadero del Lamin Lodge

Un río cansado. Un barco sin nombre. Un camarero que respondía con gestos a mis demandas de comida o cerveza y un patrón que respondía con monosílabos a mis preguntas, eran el entorno y la compañía de la que andaba necesitado. Me derrengué sobre una hamaca a la sombra, y dejé transcurrir la jornada flotando en las enfangadas aguas de un río con demasiadas historias tristes a sus espaldas. De vez en cuando el graznido de una garza acicalándose las plumas sobre las ramas de los manglares rompía el asmático toser del motor. De vez en cuando un grupo de pescadoras de ostras rompía el monótono paisaje. De vez en cuando el camarero me rompía los esquemas ofreciéndome una nueva cerveza antes de que yo se la reclamase. El punto final del recorrido lo constituía una parada en el Lamin Lodge, un hotelito del que todo el mundo en Gambia y, también en las guías de viajes, hablan maravillas, y que pude constatar que hoy sólo es una leyenda. Parece que el hotel lleva años cerrado, amenazando ruina y ocupado por familias gambianas que se dedican a la pesca, desecación y comercio de las ostras de los manglares. Realmente, las noticias que llegan de río arriba tardan tanto en legar a oídos de los que viven en la costa que, cuando a mi regreso a Banjul comenté que el hotel estaba abandonado, pocos fueron los que dieron crédito a mis palabras. En Gambia nunca pasa nada. Y cuando pasa nadie cree lo que ha ocurrido. Puede que esta sea la moraleja de mi viaje por esa África domesticada y previsible, en la que dicen que nunca pasa nada.



info@fronterasdepapel.com