inicio
sumario
viajes
galeria
miradas
flash-news
info práctica
diarios de viaje
links

Tahití y sus islas, paseando en el Edén

Joan Biosca / Mercè Criado

Buscar la Polinesia Francesa en un mapa mundi requiere la ayuda de una lupa. En medio de una masa de color azul, con los nombres de las islas colgadas del mar, descubrimos una miríada de manchitas representando territorios que existen más en la imaginación de paisajes ideales que como realidad física. Tahití y sus islas forman parte de esos lugares en que en el imaginario infantil la gente camina boca abajo, y en el ideal adulto representan la reproducción perfecta del Edén; el lugar en el que nos gustaría perdernos y escapar de las urgencias de eso que se entiende como vida moderna.

Playa de Tahití al atardecer

Si seguimos jugando con el atlas y vamos a una página más concreta, empezamos a ver coronas de islas e islotes solitarios, pero aún así los nombres de estos lugares siguen siendo mayores que el territorio que ocupan. Sólo si contraponemos el mapa de Europa al de la Polinesia Francesa descubrimos el error geográfico en el que el atlas nos ha hecho caer, y dimensionamos este territorio acuático en su justa medida. El norte de la Polinesia Francesa podríamos situarlo a la altura de Oslo, el sur en Roma, el este en Moscú y el oeste en Lisboa. Entre un extremo y otro, entre un punto cardinal y otro, 118 islas nos invitan a pensar que en este apartado rincón del mundo cabe mucho más que mar, atolones y playas paradisíacas.

Atolón de Rangiroa visto desde el avión
Bungalows del Hotel Le Merdidien

Tuve curiosidad -en el mismo momento en que salía por la puerta de mi casa- por contabilizar cuantas horas reales me separaban de mi destino en Papeete. Sabía que desde Barcelona tenía que volar a París, desde allí saltar el Atlántico, cruzar los EE.UU. y aterrizar en Los Ángeles; allí sufrir los controles de seguridad de la policía de fronteras norteamericana y sus obsesiones con el terrorismo internacional, cambiar de avión y cruzar la mitad del océano Pacífico. Un total de 29 horas separaban el portal de mi casa con la puerta de mi habitación en el hotel Le Meridien de Papeete. Lo que no sospechaba es que, a las pocas horas de mi llegada, las 11 horas de diferencia horaria se me antojarían poca cosa en comparación con la gratificación del húmedo calor, del aire cargado de olores dulzones de flores, de la indescriptible gama de azules con que se vestía el mar, ni del conmovedor silencio que se respiraba en la cercana playa del hotel. Pero esto sólo era el principio. Había ido en busca de un paisaje y lo empezaba a disfrutar. Para lo que no estaba preparado era para descubrir que por encima de ese paisaje perfecto que me llevaba de viaje a mares de cine, a motines a bordo de galeones de nombre emblemático, a olas navegadas por piratas y profundidades habitadas por tiburones, existía una realidad cultural e histórica que, una vez pisadas las playas coralinas y disfrutado de los paisajes obvios, me descubriría un mundo del que lo desconocía todo.  

Playa de Tahití
Playa del Hotel Intercontinental

Playa de Tahití

Tahití, Hotel Le Meridien

Tahití, Hotel Le Meridien

 

El lenguaje de los descubridores

Cuando en 1595 Álvaro de Mendaña, después de una larga espera de 10 años, consiguió librarse de sus enemigos en la Corte de España y con ello lograr la autorización de García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete y Virrey del Perú, para navegar el Pacífico en busca de su El Dorado particular, en las lejanas costas de Filipinas, poco imaginaba que por el camino tropezaría con unas islas que no existían en las cartas marinas ni en la imaginación de los navegantes de la época. A Mendaña le faltó tiempo para bautizar las islas como Las Marquesas, en honor de la esposa de su valedor el Marqués de Cañete. Lo que no tuvo en cuenta era que las islas ya tenían nombre y legítimos propietarios. Los habitantes resultaron ser, además, uno de los grupos étnicos más feroces y celosos de su identidad de todo el Pacífico. Mendaña, que para entonces se encontraba moribundo a causa de las fiebres que apestaban su barco, intentó, sin conseguirlo, pacificar a los “salvajes”. Los sacerdotes que viajaban a bordo también probaron a rendirles en nombre del Altísimo y, finalmente, sólo fue gracias a los arcabuces y la artillería que los españoles pudieron abandonar las islas, no sin antes haber propagado por el archipiélago las enfermedades que apestaban la flota comercial española.

Álvaro de Mendaña
James Cook, retrato de Nathaniel Dance

Grabado de 1790 representando la muerte de James Cook en la isla Kealakekua de Hawaii

Pasaron algo más de 250 años hasta que Cook dejó su vida en una playa de las Hawaii y su cuerpo en el estómago de los caníbales que le masacraron. Antes Cook había tenido tiempo de plantar la Union Jack en Tahití y Moorea y, al igual que hiciera Mendaña dos siglos y medio antes, distribuyó por el recién descubierto paraíso una sarta de enfermedades que agilizarían la irrupción de los pobladores europeos que le siguieron. Con la llegada masiva de balleneros, colonos y predicadores las islas, que habían sido respetadas de la debacle de la llegada española, sucumbieron ante la apisonadora de su Graciosa Majestad que, fiel a los principios que imperaban en la Inglaterra victoriana, procedieron a salvar almas y dejaron que de los cuerpos se ocupasen los dioses paganos. La sífilis, la disentería, el sarampión y la tuberculosis se expandieron a toda velocidad y diezmaron en pocos años a una población que no tenía ninguna defensa ante las nuevas enfermedades, ni hacia los hábitos económicos, religiosos y sociales de los nuevos amos.

Paul Gauguin, Mujeres de Tahití
Paul Gauguin, autorretrato
Robert Louis Steevenson
Pierre Loti, pintado por Henri Rousseau
Herman Melville

El mito del paraíso encontrado en el Pacífico, aquel en el que -según narraban quienes regresaban al viejo mundo- imperaba el amor libre y la comida se encontraba estirando la mano hacia un árbol o hundiendo un brazo en el mar, se expandió por Europa y, con su fama, el ansia de poseerlo por parte de las cancillerías europeas que no escatimaron esfuerzos por hacerse con una parcela del estratégico Edén. Eran costas por las que debían recalar los galeones españoles en la ruta entre las Filipinas y el Perú. Las tres potencias europeas disputaron sus diferencias en aquellas aguas y el océano Pacífico se convirtió en campo de batalla y terreno abonado para piratas y corsarios. Con los indígenas diezmados y convertidos en mano de obra barata, los reyes tahitianos se transformaron en peleles en manos de franceses y británicos, que compraban y vendían territorios, colgaban banderas y construían iglesias desde las que propagar la palabra de un Dios obsesionado con rematar la cultura local. Fue prohibido el idioma y las costumbres ancestrales. El baile proscrito, la música anatemizada, el tatuaje castigado con la cárcel, la desnudez erradicada. El paraíso que muchos años después aún tendría fuerza para llamar a Paul Gauguin, Pierre Loti, Herman Melville o Robert Louis Stevenson, entre otros ilustres intelectuales, estaba rendido, derrotado, domesticado. Los “salvajes felices” de los que se hablaba en toda Europa eran esclavos o difuntos. El Edén era, al fin, una copia del infierno europeo. Los historiadores menos dramáticos calculan que en el periodo de máxima expansión europea en la zona, la población autóctona pasó de 250.000 habitantes a poco más de 6.500.

El capitán Wallis encontrándose con la Reina Oberea en Tahití en 1772

Tahití, marae arahurahu

 

Paseando por Tahití

La naturaleza tiene lugares en los que juega a inventarse cada día; otros que parece que están en proceso de diseño y aún no acaban de tener un perfil claro; otros ostentosamente acabados, listos para ser admirados con facilidad; y aún otros que ya descansan con serenidad del trajín de su pasado. Tahití pertenece a estos últimos. Ante tan abrumador escenario es imposible no dejarse llevar por las ansias de ir a la descubierta de horizontes. Cada montaña parece esconder un secreto y cada uno de los sonoros nombres de los atolones un sortilegio.

Bosque tropical del interior de Tahití

Tahití, la mayor de todas las islas polinesias, es una montaña en mitad del océano. El espíritu montañoso de Tahití se advierte desde la costa, cuando percibimos las casi perpetuas nubes que cubren los picos de las cumbres del interior de la isla. Desde mar adentro, el algodón que flota sobre el mar nos indica la presencia de tierra mucho antes de que los primeros cormoranes sobrevuelen la cubierta invitándonos a navegar hacia las espesas nubes que, en la temporada húmeda, descargan con intensidad cataratas de lluvia sobre la cumbre de los extintos volcanes que coronan Tahití. Su interior está alfombrado por una vegetación en perpetuo estallido cromático y continuamente regado por las cascadas que surgen de la roca volcánica desplomándose desde lo alto hasta los ríos que serpentean por la jungla virgen. Es en medio de esta explosión de vida donde se comprende la formación geológica de todo el archipiélago. Todo el interior de Tahití evidencia la naturaleza que la creó desde las entrañas de la tierra. Ante tal demostración de vitalidad, al viajero no le sorprende recorrer sus montañas teniendo que cambiar de ruta ante un río desbordado, ni tropezar con el cráter del que surgió la isla entera. Este es un territorio abrupto y escasamente habitado que regala la visión de bosques en los que crecen árboles cubiertos de flores y helechos gigantes que parecen recién salidos del decorado de Parque Jurásico. Las montañas que se enseñorean del interior de Tahití son la representación perfecta de la tierra primitiva y salvaje, aquella que existía antes de que el hombre poblase la tierra y que, con suerte, sobrevivirá cuando el ser humano ya no camine sobre el planeta.


Cascada en los bosques del interior de Tahití
La niebla, durante la estación húmeda en los bosques tropicales del interior de Tahití, crea una atmósfera mágica
Variedades de flores de hibiscus salvaje
En esta amplia zona de Tahití es imprescindible viajar en coche todo terreno

 

Rangiroa, donde las islas se sumergen en el mar

En el extremo occidental del archipiélago de las Tuamotu, a unos 300 Km. al noroeste de Tahití, encontramos Rangiroa, el arquetipo paisajístico y geológico de la Polinesia Francesa. Desde el aire, la miríada de motus (islotes) que componen el atolón de Rangiroa tienen el aspecto de un collar engarzado por el mar. Al contrario de Tahití, nos hayamos en una isla vieja, desgastada por los vientos y el oleaje en medio de un paisaje idealizado de playas coralinas y horizontes en los que perderse. Éste es el atolón más grande de Tahití y sus Islas, y el 5º del mundo. Sus 90 Km . de este a oeste y los 40 Km . de norte a sur imponen bastante respeto vistos desde el aire, según el pequeño avión que nos acerca maniobra hacia la pista de aterrizaje. Acostumbrado a ver el atolón en el insípido papel de un mapa mundi, como una motita en mitad de la nada, Rangiroa, cuando se asoma a las ventanillas del avión deja sin aliento. Un óvalo abrazado por una franja de verde y acunado por un mar de tonos azules que rayan lo imposible. Mientras se sobrevuela, estremece pensar que estamos ante la bella visión del canto del cisne de un ecosistema. Hace millones de años Rangiroa era una isla muy similar a Tahití. Cumbres, bosques, acantilados y ríos caudalosos han ido desapareciendo tragados por el mismo lecho marino desde el que surgió con la explosión de un volcán. El atolón de Rangiroa, y con él todo su hábitat, se hunde a razón de 1 cm . al año. La evolución natural del atolón, ayudada por las urgencias del cambio climático, con la lenta pero implacable subida del nivel del mar, harán que antes de 70 años el arrecife coralino se haya hundido definitivamente en el fondo oceánico. Cuesta asimilar, mientras se pisan los restos negros de la cumbre del volcán y se mantienen los pies en el mar y sobre arena coralina, que uno esté caminando sobre el canto del cisne de una isla, de una montaña que parió una explosión volcánica desde las entrañas de la tierra.


Playa en un motu del atolón de Rangiroa
Gustave, un entrañable rangiroano, con su inseparable guitarra, nadando en “el aquario”
y con el producto de su
pesca
Tatuaje polinesio
Nadando entre tiburones de puntas blancas

Playa en un motu desierto del atolón de Rangiroa

Afortunadamente, en aquellas latitudes, la filosofía de estar por casa se desvanece a toda velocidad ahuyentada por el salobre olor del mar o el brillo de un millón de estrellas que intentan iluminar una noche sin luna. En los días que pasé navegando Rangiroa a bordo del catamarán Haumana tuve oportunidad de atisbar cómo debió ser la vida en aquellos atolones antes de la llegada de los europeos, en los tiempos en que aún no se había acuñado la desgraciada frase “salvajes felices”. A bordo del Haumana el tiempo parecía detenerse en un espacio atemporal; la cocina francesa, la comodidad de los camarotes, las motos de agua o el yacuzzi sobre la cubierta de proa, te trasladaban a un lugar que no flotaba sobre ninguna geografía concreta. Cuando abandonaba el barco en compañía de Gustave y François, oriundos el uno de Rangiroa y el otro de Las Marquesas, y salía de exploración o de pesca por los motus que salpicaban el horizonte, la cosa cambiaba radicalmente y podía, durante horas, contemplar en directo una porción del famoso paraíso y de las costumbres ancestrales de quienes lo habitan viviendo al margen de las grandes cadenas hoteleras de lujo y los tour operadores que navegan aquellas aguas en grandes trasatlánticos. Fue maravilloso ver cómo cambiaba el brillo de los ojos de estos dos hombres en cuanto perdíamos de vista el pulido casco del Haumana y saltábamos sobre la arena coralina de un motu solitario, apenas sombreado por un tupido bosque de cocoteros. En la quietud del aire se respiraba una paz imposible de describir, un silencio que no podía dimensionar con palabras y que sentía a flor de piel mientras los polinesios se sumergían en las transparentes aguas para pescar, con los mismos métodos que utilizaran sus antepasados, una pequeña colección de peces de los arrecifes que un par de horas más tarde asarían sobre las brasas de cáscaras de coco. Con ellos aprendí a distinguir los frutos verdes que contenían la reconfortante agua de coco, me enseñaron a nadar entre tiburones de punta blanca con la parsimonia de quien está de paseo con media docena de caniches y, aunque lo intentaron, no logré aprender a atarme el pareo con la elegancia de un tahitiano ni a darle a mi cuerpo la soltura necesaria para cabriolar sobre la arena siguiendo el visceral ritmo de las canciones populares que rasgaban con el ukelele que siempre acompañaba a Gustave. Los días nos pertenecían como antesala de las largas noches en que, después de la cena, nos buscábamos en la playa de popa del catamarán, y con la compañía de una guitarra, unas cervezas y un par de cañas de pescar, nos dedicábamos a contarnos historias y a pescar la comida con que, sin querer, alimentaríamos a otros turistas que viajaban en el barco y que no supieron ver la oportunidad única de sentirse, por unas horas, náufragos en el paraíso.


Escenas cotidianas de un crucero por el atolón de Rangiroa

Un cielo insultantemente brillante. Un mar tan transparente que se tiene la impresión de estar navegando sobre el cristal de un acuario gigantesco. Una continua brisa perfumada de mar y sosiego. Rangiroa es el arquetipo cultural del Edén que todos llevamos incrustado en los genes. Un paisaje sereno en un lugar equilibrado. Navegando estas solitarias costas o paseando por las silenciosas playas sombreadas de cocoteros, es muy fácil abstraerse de lo cotidiano, de aquello que hemos dejado miles de kilómetros atrás, en otras costas y en otras realidades y caer en el ensueño de sentirse como un náufrago feliz inmerso en la naturaleza, sin urgencias ni necesidades, únicamente hambriento de brisa y olor a mar.




info@fronterasdepapel.com